Inocencia robada
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Pálmi estaba sentado junto a Erlendur y sus colaboradores más cercanos en el cuartel general de la Policía Judicial. Era última hora de la tarde. Erlendur le había presentado a sus compañeros. El elegante de pelo castaño era Sigurður Óli. Einar, el rellenito de mediana edad, el más veterano de todos. Después estaba Elínborg, una licenciada en Geología que nunca había ejercido como geóloga. El más joven del grupo era Þórólfur, un joven que era radical en la época del instituto pero que se había vuelto un ultraconservador desde el momento en que había tenido que trabajar para ganarse el pan. Erlendur los había seleccionado personalmente y depositaba en ellos toda su confianza.
Sentados en el despacho, fumaban y tomaban café. El tabaco estaba prohibido en todos los edificios públicos, excepto en el despacho de Erlendur, donde siempre eran bienvenidos los fumadores de otros departamentos, incluso de los situados en la otra punta del cuartel. Los agentes escuchaban a Pálmi, que hablaba en voz baja y con parsimonia, como si sopesara cada palabra que decía. Les explicó cómo había progresado la enfermedad de su hermano y que Daníel había recibido las visitas de Halldór durante las semanas anteriores a su suicidio. Pálmi les mostró la foto de clase. «Aquí tendría unos diez años —dijo—. Yo aún no había nacido». Les habló del hombre que había asistido al entierro y que después se había ido corriendo. Prefirió omitir la cuestión de las cápsulas de aceite de hígado de bacalao hasta tener más confianza con los policías. Les contó que Helena le había dicho que Halldór había sido asesinado y que había tenido una infancia difícil, por decirlo delicadamente. Había sufrido duros abusos sexuales y luego había abusado él de algunos alumnos. Por lo visto, alguien había localizado después a Halldór y había hecho que trabajara para él, es probable que dando clases. O, en todo caso, eso pensaba Pálmi.
—Los habitantes de Hvolsvöllur echaron a Halldór del pueblo cuando descubrieron que había abusado de algunos alumnos —explicó Sigurður Óli—. Después obtuvo un nuevo puesto de profesor en el colegio de Víðigerði, donde, al parecer, siguió cometiendo abusos.
—¿Y los padres no se enteraron? —preguntó Einar—. ¿O la dirección del colegio?
—El caso ha cobrado ahora una nueva dimensión. Tenemos que hablar de nuevo con el exdirector —indicó Erlendur.
—Una de las razones por las que he venido a hablar con vosotros es para saber si me podíais ayudar a encontrar a este hombre —dijo Pálmi, señalando a uno de los niños de la foto. En el extremo derecho de la última fila, un chico de pelo largo con un jersey de rayas sonreía a la cámara de oreja a oreja.
—¿Quién es?
—Vino al funeral de mi hermano. Lo he visto en alguna parte, pero no recuerdo dónde. Ha cambiado mucho con el tiempo, como todos los de la foto, supongo. Pero creo que era este de aquí. Era muy amigo de Daníel y seguro que sabe algo de todo lo que ocurrió.
—¿Sabes cómo se llama? —preguntó Einar.
—Sigmar, me parece. Lo he buscado en el listín telefónico, es lo único que se me ocurrió para intentar dar con él. Todos los niños de la foto escribieron su nombre por detrás.
Einar le dio la vuelta y vio los nombres de los alumnos escritos con caligrafía infantil en tinta roja o azul.
Pálmi dudó un momento antes de continuar.
—Creo que todo esto tiene que ver con unas cápsulas de aceite de hígado de bacalao. Tanto el suicidio de Daníel como el asesinato de Halldór y la agresión a Helena.
—¿Cómo que con unas cápsulas de aceite de hígado de bacalao? —preguntó Erlendur dirigiéndole una mirada de asombro.
—Sé que suena extraño, pero esas cápsulas desempeñan algún tipo de papel en esta historia. En los tiempos en que Daníel iba a primaria, se las daban a todos los niños. No sé si os acordáis. Dejaron de hacerlo cuando yo empecé a ir al colegio. Era una especie de iniciativa de protección sanitaria planteada por el gobierno, ya que en Reikiavik todavía se conocían casos de desnutrición. Un día, a un empleado del psiquiátrico le pareció que Halldór y Daníel decían algo sobre unas cápsulas de aceite de hígado de bacalao. Pero no oyó nada más. No escuchó el resto de la conversación; al fin y al cabo, no tenía razones para hacerlo. Cuando, en el entierro, quise hablar con Sigmar, cuyo nombre no se lee bien en la foto, se zafó de mí y salió corriendo entre la nieve mientras gritaba que no era aceite lo que llevaban las cápsulas. «No contenían aceite de hígado de bacalao», dijo exactamente. No tengo ni idea de a qué se refería, pero eso es lo que dijo. Por muy incomprensible que parezca, esas cápsulas tienen algo que ver con todo esto.
Los cinco policías lo miraron, pensativos.
—¿Cómo demonios pueden guardar relación esas cápsulas con el homicidio de Halldór y la agresión a Helena? —preguntó finalmente Erlendur.
—Creo que deberíamos interrogar a los antiguos alumnos de Halldór —sugirió Elínborg—. Quizás así podamos aclarar lo que ocurrió y saber cuáles eran sus intenciones. Puede que alguien más mencione… unas cápsulas de aceite de hígado de bacalao.
—Pero si no contenían aceite, entonces ¿qué contenían? —preguntó Þórólfur.
—Eso mismo me pregunto yo —respondió Pálmi—, ¿qué podría ser?
—¿Estás pensando en algún tipo de droga? —preguntó Elínborg.
—¿Quizá somníferos? —planteó Sigurður Óli—. Puede que Halldór durmiera a los niños para tocarlos. Por lo visto, el hombre era un degenerado.
Los agentes observaron la fotografía e intercambiaron una mirada.
—Degenerado —repitió Einar—. ¡Qué atrocidad!
—Puede que alguno de aquellos alumnos, incluso ese tal Sigmar, haya decidido ahora, después de todos estos años, vengarse de Halldór por lo que les hizo —postuló Erlendur—. Pero eso no son más que especulaciones. No tenemos nada que lo confirme. Aunque hubiera cometido algún acto en Hvolsvöllur que luego le confesara a Helena, no sabemos lo que pudo ser, ni si esas alegaciones son fiables. Tenemos que averiguarlo.
—El exdirector de Hvolsvöllur me advirtió de la rabia que invadió a los padres de los niños que Halldór había sometido a abusos. Si cometió abusos en el colegio de Víðigerði, tendríamos que hablar con los padres de los niños —sugirió Sigurður Óli—. Lo raro es que sea ahora cuando aflore todo esto a la superficie. Sería extraño que aquellos niños hayan podido guardar silencio durante todos estos años. ¿A ti te lo contó Daníel alguna vez? —le preguntó a Pálmi.
—Nunca. Pero no teníamos muy buena relación y solo lo recuerdo enfermo.
—Tenía pendiente deciros —interrumpió Einar— que el equipo encargado de recorrer las gasolineras habló con un dependiente de la Ólis de Klöpp, en la calle Skúlagata, que recordaba haberle vendido a un hombre muy parecido a Halldór diez litros de gasolina en un bidón de plástico. Fue hace más de un mes. Estaba bastante seguro de que era él.
—Así que Halldór habría guardado el bidón en su casa y el asesino se limitó a usarlo —supuso Sigurður Óli.
—¿Para qué querría Halldór comprar gasolina? —preguntó Elínborg—. No tenía coche. Y raro sería que necesitara diez litros para rellenar el mechero.
—Este caso se vuelve más extraño con cada día que pasa —comentó Þórólfur rascándose la cabeza.
—Vamos por el buen camino —reparó Erlendur—. Tenemos algunas pistas. Aunque sus alumnos más recientes siguen bajo sospecha, tenemos que fijarnos también en las promociones anteriores, con especial atención en la clase de Daníel. Tenemos que hablar con los padres. Como es evidente, no hay forma de hacerlo sin que salga a la luz todo este asunto, así que os rogaría que extreméis las precauciones al hacer acusaciones y, sobre todo, que no habléis con los medios. Lo mismo deben hacer los padres. Es de capital importancia en la fase en que nos encontramos.
Nada más terminar de hablar, le sonó el móvil en el bolsillo de su chaqueta. Respondió y escuchó en silencio un largo rato. Todas las miradas se clavaron en él. Le aclaró a su interlocutor que no podía ni confirmar ni desmentir lo que le decía, negó con determinación unas cuantas veces, agradeció la llamada y colgó el teléfono.
—Mañana saldrá en la prensa —anunció.
—¿El qué? —preguntó Sigurður Óli.
—Que Halldór era un pederasta.