Inocencia robada

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Un antiguo vecino de Hvolsvöllur, que había preferido mantenerse en el anonimato, había contactado con los periodistas para comunicarles que, cuando Halldór había trabajado allí como profesor, había abusado de algunos niños del colegio. La gente, al enterarse, lo había expulsado del pueblo.

Sentado en la cocina, Pálmi releyó el comienzo de la noticia.

Numerosos indicios apuntan a que el profesor de educación infantil Halldór Svavarsson, asesinado en su domicilio de Reikiavik la tarde del 16 del pasado mes de enero, había cometido abusos sexuales a menores. Según las informaciones recibidas por nuestro periódico, abusó de algunos alumnos del colegio de Hvolsvöllur en los años sesenta y su comportamiento inmoral le costó la expulsión del pueblo. No obstante, queda pendiente confirmar la veracidad de los hechos. Erlendur Sveinsson, miembro de la Policía Judicial al cargo de la investigación del homicidio, no ha querido ni confirmar ni desmentir estas informaciones.

Según nuestra fuente, que prefiere permanecer en el anonimato, el fallecido cometió repetidos actos reprobables mientras ejercía como profesor en el colegio de Hvolsvöllur. En lugar de denunciarlo cuando lo descubrieron, los vecinos de la pequeña localidad sureña lo expulsaron del pueblo y silenciaron el caso. El anterior director del centro no quiso hacer declaraciones cuando nuestros periodistas le preguntaron al respecto ayer por la tarde. El actual director, procedente de otra población, desconoce lo sucedido.

Los expertos consultados ayer por este periódico consideran probable que Halldór hubiera mantenido su conducta al trasladarse a Reikiavik para dar clases en el colegio de Víðigerði. En una entrevista concedida a nuestro diario, la doctora Norma J. Andrésdóttir, del Centro de Asistencia para Víctimas del Abuso Sexual Stígamót, afirma que una vez que un pederasta desata sus impulsos, existen elevadas probabilidades de que reincida a no ser que recurra a la ayuda de un especialista.

La Policía Judicial convocó ayer por la tarde una rueda de prensa en la que…

Llamaron levemente a la puerta y Pálmi invitó a pasar a Dagný. Acababan de dar las ocho y sus hijos se habían ido al colegio. Ella no empezaba a trabajar hasta las nueve.

—¿Qué quería ese hombre de Daníel? —preguntó nada más entrar.

—Solo Dios lo sabe —respondió Pálmi.

—Me parece increíble que puedan escribir noticias así. Basta con que cualquier cretino difunda cuatro infamias sobre ese hombre para que se convierta en un pederasta a ojos de todo el país.

—Ayer me reuní con la Policía Judicial. La noticia es cierta. Fueron a Hvolsvöllur para investigar y el antiguo director se lo contó todo. Halldór abusó de los alumnos. Puede que continuara haciéndolo en el colegio de Víðigerði y que algunas de las víctimas fueran compañeros de clase de Daníel. Incluso el propio Danni.

—¡Joder! —exclamó Dagný—. Bastante tienes ya con todo lo de tu hermano como para ahora añadir esta monstruosidad.

Pálmi le pasó una taza, le sirvió uno de sus cafés bien cargados y le añadió, como de costumbre, un poco de espuma de leche que había preparado él mismo. Dagný apenas bebía café, pero el suyo le gustaba tanto que era casi adicta. Permanecieron unos instantes en silencio. A Dagný le daba la impresión de que Pálmi le quería contar algo. Esperó con paciencia hasta que su vecino rompió el silencio.

—Es muy extraño lo que me pasa con Daníel —comenzó a explicar—. Por mucho que me empeñe, no consigo evocar recuerdos suyos anteriores a su enfermedad. Da igual cuánto me esfuerce. Solo me vienen imágenes sueltas que no me ayudan nada. ¿Sabes lo que quiero decir?

Dagný guardó silencio.

—Solo lo recuerdo en el manicomio, encorvado y envejecido. Esa es la imagen que guardo de Daníel. Se portaba mejor que nadie conmigo. A veces no decía nada. Otras, hablaba sin cesar de sí mismo, del hospital, de los empleados y de aquellos disparates suyos sobre astrología. Fumaba como un carretero. Sin embargo, yo nunca lo escuchaba. Procuraba evitar su cercanía. Me limitaba a hacer lo que me parecía correcto, ni más ni menos. Lo iba a ver al hospital, hablaba con los médicos, permitía que pasara unos días conmigo, estaba pendiente de su evolución… Pero él para mí no significaba más que cualquier otro objeto material de mi entorno. Lo veía como una tarea más de la que tenía que hacerme cargo. Una faena que me dejó mamá cuando murió. ¿Cómo pude volverme así? Muchas veces deseaba que todo terminara y, ahora que ha llegado a su fin, tengo una incomprensible sensación de vacío que me consume por dentro. Apenas lo pude mirar en el ataúd. Cuando vi a su viejo amigo inclinarse hacia él, darle un beso y hacer lo que se supone que yo debería haber hecho, me invadió un profundo sentimiento de culpabilidad. Sentía como si alguien me estuviera gritando: «Pero ¿qué te pasa, Pálmi? ¡Es tu único hermano!». Aparte de mí, ya no quedaba nadie más de la familia, y lo dejé morir antes de esforzarme en conocerlo mejor y permitirme quererlo. Lo más triste es pensar que nunca lo habría hecho, aunque hubiera llegado a cumplir cien años. Nunca habría comprendido la situación. ¡Lo egoístas que podemos ser y lo ciegos que podemos estar! Ahora entiendo que no era Daníel quien me necesitaba a mí, sino al contrario. No me he dado cuenta hasta que lo he perdido. Siempre me he visto como un buen samaritano que cumplía con sus obligaciones, e incluso más que eso. ¡Sus obligaciones! Como si hubiera sido una obligación que cumplir. Solo esperaba que llegara el momento de su muerte.

—No sirve de nada que te tortures —lo consoló Dagný.

—Tienes razón. El caso es que me alegré al verlo saltar. ¿Te lo puedes creer? Me alegré. ¿Quién soy? ¿En qué tipo de monstruo nos podemos convertir solo por no haber hecho nada en la vida? «Ya me he librado de él», pensé. ¿Te lo puedes creer?

—No pensaste eso en ningún momento.

—Tenía que reprimir ese pensamiento continuamente. A veces se quería colar en mi cabeza y yo lo permitía. Ya sabes cómo surgen esas ideas cuando ocurre algo doloroso. Te enteras del caso de una muerte prematura y te da un vuelco el corazón: te alegras de que no te haya tocado a ti o a alguien de tu familia. Como es evidente, son pensamientos estúpidos e instintivos. No sé. El caso es que a mí todavía me asaltan.

—No sé adónde quieres ir a parar. Solo sé que no estabas precisamente alegre cuando murió tu hermano.

—Puede, no lo sé. Pero ese sentimiento me acompañaba allí donde fuera. Todo ha terminado. Ya no habrá más visitas al hospital. Ni más problemas relacionados con Daníel. Pero no ha resultado un alivio, sino todo lo contrario: se ha convertido en un enorme peso. Después de todos estos años, he empezado a pensar en Daníel como en un ser humano y a sincerarme conmigo mismo. Ojalá pudiera acordarme de cuando éramos pequeños. Nunca he tratado de hacerlo tanto como ahora, pero no me viene nada a la cabeza. He expulsado a Daníel de mi vida. ¿No te parece extraño? ¡Es mi hermano!

Dagný guardó silencio. No era la primera vez que Pálmi compartía con ella esas reflexiones.

—Tengo la sensación de haber estado huyendo todo el tiempo. Mamá siempre decía que me haría alguien de provecho. Creía en mí, como cualquier madre, pero también lo hacía porque yo era su única esperanza. A lo mejor no esperanza, pero sí lo único que le quedaba íntegro, por decirlo de algún modo. Y no es que yo sea el mejor ejemplo de persona normal —añadió Pálmi sonriendo—. Mamá había vivido tiempos difíciles y me deseaba un futuro mejor que la vida que ella había conocido. Y me iba muy bien en el colegio, ese no era el problema. La cosa es que siempre he escogido el camino más sencillo. Nunca me he enfrentado a ella. En el instituto pasaba de curso porque elegía las asignaturas más sencillas. Vagueaba, ya sabes. No me planteaba esforzarme porque no veía la necesidad de hacerlo. El sistema de créditos me lo ponía en bandeja. Y lo mismo me pasó en la universidad. Mis amigos se metieron en Medicina y yo, en Historia. Me interesa mucho la historia, pero, si lo piensas bien, no implica ninguna responsabilidad. Los trabajos que realicé en la carrera no van a suscitar ningún tipo de controversia. Evito el conflicto. No quiero alterar a nadie. Que Dios me libre de entrar en polémica. Alguien podría poner en duda mis conocimientos. No tengo iniciativa. Tengo treinta y pico años y soy dueño de una librería de segunda mano. ¿A qué retos crees que me enfrento en mi trabajo? A no tener cambios. Vendo los libros por encima de su valor para obtener beneficios. Esto no es vida. Es como estar muerto. Me he enterrado vivo. Eso también se reflejaba en mi interacción con Daníel. ¿Has visto?, he usado la palabra «interacción» al referirme a mi hermano. Pero era más de lo mismo. Seguí el camino más sencillo. ¡No hice nada! Trataba de obviar su existencia. Me negaba a enfrentarme a él, a su enfermedad y a lo que me había hecho de niño. Me cerré a él. Eso era más fácil que preocuparse por él y cuidar de él como una persona y no como un pobre desgraciado. No me he esforzado nunca en nada.

No habían tocado el café y se les había enfriado. Dagný observaba a Pálmi en silencio, pero su vecino tenía la mirada perdida en la pared, como si en ella pudiera ver proyectados todos sus errores.

—Y yo que te consideraba una persona segura de sí misma y con una gran autoestima —dijo Dagný al final—. Siempre subes las escaleras del edificio con la cabeza alta, como si fueras alguien importante —añadió riéndose con cierto decoro.

—Con la cabeza alta —farfulló Pálmi.

—Creo que eres demasiado duro contigo mismo. No te olvides de que Churchill era historiador —señaló Dagný con una sonrisa—. Daníel y tú os llevabais muchos años y eso complicaba vuestra relación. La diferencia de edad no facilita las cosas. Estaba enfermo y en ocasiones era una persona de trato difícil. Tú eres el único que cargaba con la responsabilidad. Creo que tienes el corazón en su sitio y, siendo realistas, me parece que las cosas no podrían haber ocurrido de otra manera. Mi hermana me saca cinco años y prácticamente no nos vemos nunca, salvo en las fechas importantes. Así es la vida. Y entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos quedamos parados lamentándonos o seguimos adelante con lo que tenemos, sin pensar en lo que nunca tuvimos y nunca tendremos? Si tuviera que arrepentirme de todo lo que he hecho o no he hecho en la vida, me volvería loca.

—Esto es algo más que puro arrepentimiento. Es una especie de debilidad. De insensibilidad. Algo que hace que todo el mundo y todas las cosas me den igual.

El teléfono atronó en el salón. Pálmi se levantó despacio y respondió. Dijo que sí varias veces y luego añadió que estaba ocupado.

—Era Sigurður Óli, de la Judicial. Han encontrado a Sigmar, pero no consiguen sacarle ni una palabra. Ha solicitado hablar conmigo. Tengo que irme.

Pálmi se organizó para no tener que ir a la librería hasta la tarde. Lo pasaron a buscar por su casa y lo llevaron hasta el cuartel general de la Policía Judicial, en Kópavogur, donde Sigmar lo esperaba en una pequeña sala de interrogatorios acompañado de Erlendur y de Sigurður Óli. Erlendur salió al pasillo con Pálmi para explicarle cómo lo habían localizado. No había resultado difícil: Sigmar era un asiduo de la comisaría. Lo encarcelaban cada cierto tiempo por delitos menores: falsedad documental, robos de cheques o asaltos a tiendas. Hasta en el ámbito del crimen era un desdichado. Era un conocido vagabundo de la ciudad; siempre se lo veía deambular por el centro en distintos estados de embriaguez y acompañado de otros sintecho. La policía lo había encontrado después de que el colegio le hubiera dado su nombre completo. Lo habían ido a buscar a la casa de ayuda a la reinserción de presos, donde había pasado varias semanas antes de que lo pusieran en libertad tras una breve estancia en prisión.

Sentado en la sala, fumaba un cigarrillo que le habían dado y había solicitado hablar a solas con Pálmi. Erlendur le había dicho que no era posible.

—¿Se encuentra bajo sospecha? —preguntó Pálmi.

—No le hemos podido sacar nada —respondió Erlendur—. Se niega a decirnos ni una sola palabra.

—¿Grabáis todo lo que se dice en esta sala?

—Lo podemos hacer.

—¿Habría algún problema en que hable conmigo a solas, ya que eso es lo que quiere, si lo grabáis todo en una cinta?

Erlendur reflexionó.

—Que sepas que es un procedimiento muy inusual —reparó—, pero voy a hacer una excepción.

Dicho esto, los dejó a solas y Pálmi se sentó frente a Sigmar.

—Me olvidé de darte las gracias por haber asistido al funeral de Daníel —le dijo Pálmi.

—No hay nada que agradecer. Danni era amigo mío.

—¿Cómo estás?

—No hagas como que te importa cómo estoy.

—La policía me ha dicho que querías hablar conmigo. ¿Es por algo relacionado con Daníel?

—Sí. Daníel. Danni y yo éramos buenos amigos.

—El otro día, cuando hablamos delante de la iglesia, me pareció oírte decir algo sobre unas cápsulas de aceite de hígado de bacalao. ¿Puede ser?

—Las cápsulas. Qué gran idea. Nos encantaban. Solo que no había aceite en las que nos daban en el colegio.

—¿No os daban cápsulas normales y corrientes?

—No. Nos daban no sé qué veneno de mierda que nos volvía locos. Locos de remate.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Pálmi sin saber cómo interpretar las palabras de Sigmar. Vestido con la misma ropa harapienta que en el entierro de Daníel, el vagabundo miraba a su alrededor con inquietud, evitando los ojos de Pálmi. En el aire flotaba un fuerte olor a orina.

—Locos. Igual que Daníel. Nos enganchamos a las drogas y al alcohol. Desarrollamos enfermedades mentales. No se libró nadie. Daníel no fue el único. ¿No te has enterado de cómo acabó el resto de nuestra clase? ¿Sabes cuántos de nosotros se suicidaron o ingresaron en un manicomio?

Pálmi miraba a Sigmar fijamente sin poderse creer lo que estaba oyendo. Recordaba que Daníel le había hablado de «los demás». Le había preguntado que, si él venía del paraíso, de dónde venían «los demás», o algo parecido. Pálmi negó con la cabeza. Al otro lado del espejo, Erlendur y Sigurður Óli escuchaban con atención.

—¿Estás insinuando que os daban alguna sustancia tóxica que os hacía adictos a las drogas? ¿Cómo se te ha podido ocurrir algo así? ¿Qué pretendes?

—Porque era un desviado. Por eso lo escogieron. Él hacía lo que le mandaban. Nos administraba las cápsulas. Se paseaba entre las mesas y nos las metía en la boca, día tras día, con su asquerosa sonrisa.

—¿De quién estás hablando? ¿De Halldór?

—Siempre nos estaban recordando que éramos la peor clase de todas. Y no solo de aquel año, sino de toda la historia del colegio. La peor con diferencia. Unos auténticos zoquetes. Una cosa inaceptable. Nos repetían una y otra vez que no llegaríamos a nada en la vida. Los profesores nos decían que seríamos unos desgraciados y que nunca podríamos optar a nada de lo que la vida nos pudiera ofrecer. ¡Nada! Sin embargo, aquel año sacamos unas notas excelentes. Fuimos los primeros de todo el colegio. Nadie conseguía entenderlo. Pero después caímos todos en desgracia. Muchos murieron. Danni tuvo una enfermedad mental; Kiddi Cuervo desapareció un buen día, como si se lo hubiera tragado la tierra; Skari cayó en una fuerte adicción, y Aggi se desplomó de repente en una charca, muerto. Con solo trece años. Imagínate, a los trece años se cayó al suelo delante de nuestras narices, sin vida. Gísli murió ese mismo año trabajando en una granja. Se han ido todos. Ágúst se cortó las venas. Óttar desapareció. Se lanzó a nadar en el mar; era muy buen nadador. Encontraron sus zapatillas en la orilla. Las había dejado allí con sumo cuidado. Nuestras vidas se echaron a perder y nos volvimos unos drogadictos. No se salvó nadie. Nos encantaban aquellas cápsulas. Eso sí, había al menos una cosa buena: no necesitaban chicas, así que solo nos las daban a los chicos. Nos usaron como putos conejillos de Indias. De vez en cuando acudían al colegio unas enfermeras para sacarnos sangre. Obviamente, nunca relacionamos sus visitas con aquellas cápsulas y las enfermeras nunca nos dirigieron la palabra. Eran dos y acudían por turnos. Cada dos meses, creo.

Pálmi miraba fijamente a Sigmar mientras hablaba sin orden ni concierto. Al otro lado de la sala, Erlendur y Sigurður Óli intercambiaron una mirada antes de volverse de nuevo hacia Sigmar y seguir observando la escena a través del cristal.

—¿Estás diciendo que os hicieron tomar una sustancia que os volvió enfermos? ¿Pero qué cuento es ese?

—¡Ahí está! ¡Un cuento! Cada vez que intentábamos contarlo, la gente se reía de nosotros. Pero lo sabíamos. Ahora soy el único que queda. Os invito a que investiguéis qué ha sido de los otros chicos de mi clase. Si os parece normal, entonces no hay problema.

Erlendur los interrumpió.

—¿Mataste tú a Halldór? —preguntó bruscamente, fulminando a Sigmar con la mirada.

—Si lo hubiera matado, yo también le habría prendido fuego. Y luego habría disfrutado viéndolo arder, aullar, retorcerse de dolor y sufrir sin siquiera tener el detalle de mearme encima para aliviarlo.

Erlendur y Pálmi intercambiaron una mirada antes de volverse hacia Sigmar. Sigurður Óli entró en la sala.

—¿Quiénes escogieron a Halldór para ese trabajo? —le preguntó Erlendur, pero Sigmar no contestó.

—¿Cómo sabes todo eso de Halldór? —le preguntó Pálmi, que tampoco obtuvo respuesta.

Sentado en la sala de interrogatorios con Erlendur, Sigurður Óli y Pálmi, Sigmar miraba al frente con obstinación.

—¿Cómo sabes que las cápsulas no eran de aceite? —preguntó Erlendur—. ¿De dónde has sacado esa información?

Sigmar guardó silencio.

—¿Cómo sabes lo de las cápsulas? —insistió Sigurður Óli.

Sigmar seguía sin dar respuesta.

—¿Es que no nos lo piensas decir? —repitió Erlendur—. O sea, que nos sueltas un rollo sobre cápsulas y drogadictos, y después vas y cierras el pico como si nos estuvieras tomando el pelo. ¿Hay alguien que te prohíba contar más cosas?

Los agentes se volvieron hacia a Pálmi, que miraba a Sigmar, callado en su asiento.

—¿Nos puedes decir cómo sabes lo de las cápsulas, Sigmar? —preguntó Pálmi—. ¿Sabes, por ejemplo, qué contenían, si no era aceite de hígado de bacalao?

Sigmar miró a Pálmi en silencio.

—¿Estás diciendo que los niños se convirtieron en drogadictos, alcohólicos o psicópatas debido a esas cápsulas? —continuó Pálmi—. ¿Sabes quién se ocultaba detrás de ese experimento? ¿Te lo has inventado todo? A lo mejor es que has leído en el periódico que tu antiguo profesor abusó de unos niños y ahora te sacas historias de unas cápsulas envenenadas que guardan relación con una serie de muertes. No será todo esto una invención tuya, ¿verdad?

—No me estoy inventando nada —respondió Sigmar mientras miraba a Pálmi—. Pensaba que me creerías porque eres el hermano de Daníel, pero está claro que me equivocaba.

—Lo que quiero decir —replicó Pálmi— es que nos estás contando una historia bastante increíble y, sin embargo, no pareces muy dispuesto a ayudarnos a entenderlo. Sabes más de lo que dices y tenemos que escucharlo todo. No solo una parte: todo.

Sigmar guardó silencio.

—¿Fuiste alguna vez a ver a Daníel al hospital? —preguntó Pálmi, cambiando bruscamente de conversación.

—Fui unas cuantas veces hace mucho tiempo —respondió Sigmar—, pero dejé de hacerlo. No veía el motivo. Apenas podía comunicarme con él y me horrorizaba verlo consumirse en aquel lugar. ¡Malditos envenenadores! Se han marchado todos mis amigos. Solo quedo yo.

—Por eso te recuerdo. Desde que yo tenía siete años, mi madre me llevaba al hospital cada semana para ver a Daníel. En aquella época también recibía la visita de otras personas, y tú eras una de ellas.

—Danni era mi mejor amigo. Lo hacíamos todo juntos. Los chicos de clase estábamos muy unidos, pero Danni y yo éramos uña y carne. No teníamos secretos. Tal vez lo mejor habría sido suicidarse, como los demás. Nos volvimos unos drogadictos. Nos metíamos todo lo que caía en nuestras manos. Parecía como si nos hubiera poseído el demonio. Supongo que yo he sido el que más suerte ha tenido. Al fin y al cabo, sigo vivo. Si es que a esto se le puede llamar vida. Puede que la teoría de Halldór sobre las casualidades fuera correcta.

—¿La teoría de Halldór sobre las casualidades? ¿Qué quieres decir? —preguntó Erlendur, pero no obtuvo respuesta.

—¿Qué nos puedes decir de esas enfermeras? —preguntó Sigurður Óli—. ¿Quiénes eran? ¿Podemos hablar con ellas?

—Las enfermeras. ¿Quién las habría convencido para sacarles sangre a unos niños en secreto? —respondió Sigmar—. Eso es lo que me parece más asombroso de todo: que dos mujeres pudieran venir al colegio a sacarnos sangre sin que nadie se enterara. Nunca más las volví a ver. Ni a ellas ni a sus jeringuillas. No tendrían más de treinta y cinco años.

—¿Sabes quién mató a Halldór? —le preguntó Sigurður Óli.

Sigmar no respondió.

—¿Cómo sabías que alguien presionaba a Halldór para que les diera esas cápsulas a los niños? —preguntó Erlendur.

Sigmar guardó silencio.

—¿Hablaste con él antes de que lo mataran?

Silencio.

—Insisto: ¿hablaste con él antes de su muerte?

Silencio de nuevo.

—¿Quién presionaba a Halldór?

Se dieron cuenta de que Sigmar había dicho su última palabra. Al menos, de momento.

Erlendur les indicó a Sigurður Óli y a Pálmi que salieran al pasillo.

—Creo que lo mejor será dejarlo por hoy. Lo mantendremos detenido. Sigurður Óli, solicita una orden judicial de prisión preventiva. Veremos si está dispuesto a seguir declarando por la tarde.

—Se me ocurre la posibilidad de que hablara hace poco con Daníel —dijo Pálmi—. Halldór le había hecho algunas visitas a mi hermano y lo habían visto charlar con él. Puede que de sus conversaciones saliera todo lo que Sigmar sabe sobre su antiguo profesor.

—Tenemos que averiguar qué fue de aquellos alumnos —dijo Sigurður Óli—.

Así sabremos qué hay de cierto en lo que nos ha contado. Debemos interrogar a sus familias y preguntarle al exdirector del colegio de Víðigerði. También habrá que averiguar quiénes eran esas enfermeras.

—Me alegro de que el asesinato no parezca guardar relación con los alumnos —admitió Pálmi—. Si las surrealistas declaraciones de Sigmar son ciertas, el asesinato de Halldór es la culminación de una larga historia. No lo cometieron unos niños de primaria.

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