Inocencia robada

Inocencia robada


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Los agentes de la Judicial no daban abasto para responder a la avalancha de padres preocupados cuyos hijos iban, o habían ido en fechas recientes, al colegio de Víðigerði. Unos furiosos, otros desesperados, todos querían saber si existía alguna posibilidad de que Halldór hubiera abusado de sus niños. La policía les informó de que era altamente improbable. Desde que Halldór había comenzado a trabajar en el colegio, no se había dado ningún caso. Ningún alumno presentaba marcas o se había quejado. Al parecer, Halldór no había hecho nada reprobable en todo el tiempo que había ejercido allí como profesor. Las respuestas eran claras; aun así, no ayudaban a calmar los ánimos. Demasiados «por lo visto» y «no parece probable» para despejar toda sombra de duda.

De camino a casa, Pálmi decidió pasar por el hospital municipal para ver a Helena. Habían encerrado a Sigmar en un calabozo del antiguo centro de detención preventiva de la calle Síðumúli. Erlendur estaba convencido de que sabía más de lo que decía y esperaba que por la tarde se mostrara más dispuesto a colaborar.

Helena estaba ingresada en la unidad de cuidados intensivos. Había recuperado la conciencia y la policía le había tomado declaraciones. Cuando Pálmi llegó, se presentó como pariente suyo y esperó un largo rato junto a su cama. La anciana dormía con gesto sereno, a pesar de estar conectada a todo tipo de máquinas y rodeada de goteros. Pálmi estaba a punto de irse cuando, de pronto, abrió los ojos. Lo reconoció enseguida.

—¿Qué está ocurriendo, Pálmi? —preguntó con voz débil.

—No tengo ni idea, Helena —respondió Pálmi.

—Me golpeó en la cabeza y ya no recuerdo nada más. Me desperté aquí, en el hospital. La policía me preguntó por la agresión, pero no les he podido dar ningún dato que les sirva.

—¿Sabes quién es el hombre que te golpeó?

—No lo había visto en mi vida. Pensé que era el guardia de seguridad. Me dijo que era el nuevo vigilante y me puse tan contenta que lo dejé pasar tan tranquila. De pronto sentí que se me caía el techo encima y me desplomé.

—Te entiendo —dijo Pálmi para consolarla.

—Se puso como un energúmeno y empezó a tirarlo todo al suelo. Creo que ha destrozado mi retrato de Kjarval. Luego me preguntó si escuchaba música, o algo así.

—¿Cómo que si escuchabas música?

—Igual no era música. En todo caso, me preguntó si escuchaba casetes.

—¿Casetes?

—Cintas de audio. Cintas magnéticas. Supongo que se refería a eso. De todos modos, no entendí a qué venía la pregunta.

—¿Pensaba que tenías unas cintas?

—Algo así.

—¿Y era eso lo que estaba buscando? ¿Quería llevarse unas cintas tuyas?

—Pálmi —respondió Helena con voz cansada mientras cerraba los ojos y dejaba pasar unos segundos antes de retomar el hilo—, no tengo ni idea de lo que quería ese hombre tan violento. Pensé que me iba a matar, que había llegado mi hora.

—Tuvo que ser terrible —concluyó Pálmi.

Permanecieron un rato callados. Pálmi pensó que Helena se había quedado dormida hasta que la anciana comenzó de repente a hablarle de Halldór.

—Halldór era alcohólico. Seguro que era por culpa de esas traumáticas experiencias que vivió en su infancia. Bebía para mitigar los recuerdos. Se bebía dos botellas cada fin de semana. Me lo contaba él mismo. La primera, los viernes, nada más llegar a casa, y, la otra, los sábados. A veces se guardaba un poco para los domingos; por si tenía resaca, ya sabes. Solo bebía brennivín y no pasaba nunca de esas dos botellas. Ni siquiera llamaba a los taxistas para que le llevaran otra. Halldór no tenía compañeros de borrachera, ni amigos, en general. No buscaba compañía. La única persona con la que tenía contacto era yo. Y también conocía a mi marido, claro. A veces nos venía a ver a Hafnarfjörður y pasábamos juntos un rato agradable. No era muy hablador. Mi marido y yo nunca tuvimos hijos y estábamos solos, pero teníamos dos perros que llenaban el vacío. A los pobres no les caía muy bien Halldór. Le gruñían cuando pensaban que no los veíamos.

En ese momento entró una enfermera para comprobar que todo iba bien. Dijo algo en tono amable, Pálmi respondió con educación y la mujer se fue. Helena volvió a cerrar los ojos y guardó un prolongado silencio antes de proseguir.

—Nadie sabía que era alcohólico. No faltó al trabajo ni un solo día. Creo que habría dejado de beber si el alcohol hubiera influido en su profesión. ¿Quedó algo de su colección de fotos de clase después del incendio?

—Me temo que todo quedó reducido a cenizas —respondió Pálmi.

—Podía pasarse horas hablando de ellas. Le hacía ilusión recibirlas y las colgaba con mucha ceremonia. Mientras bebía, le gustaba pasearse por el salón y mirar a todos esos niños que había conocido y que luego ya no había vuelto a ver, salvo ya de adultos, si se los encontraba de casualidad. Conservaba su imagen tal y como habían sido en otro tiempo. Nunca invitaba a nadie a casa. Yo fui alguna vez y siempre notaba que se ponía nervioso. Tenía la casa hecha una pocilga, pero cuidaba muy bien las fotos. Las guardaba como oro en paño. Una vez por semana, como mínimo, les quitaba el polvo con un trapo amarillo que tenía tirado entre la basura. Así era el pobre Halldór. Daba lástima. Tan solo. Rodeado de todos esos niños.

Las palabras de Helena se desvanecieron.

—Perdóname, Helena —susurró Pálmi—. Tienes que descansar. ¿Te hace falta algo? ¿Algo que te pueda traer?

—Si pudieras recuperar el dibujo, me harías la mujer más feliz del mundo —respondió antes de quedarse dormida de nuevo.

Cuando Pálmi llegó a casa por la tarde, cogió del buzón un par de facturas y tres avisos de envíos certificados que debía recoger en la oficina postal. Recibía varios al mes. La gente de los pueblos le enviaba libros para que los vendiera en su tienda o se los comprara él, por lo general a un precio disparatado.

Subió el correo y lo dejó en la mesilla del teléfono, junto a la puerta. Cogió del escritorio la vieja foto de clase de Daníel y la observó con detenimiento. Al darle la vuelta, se fijó en el sello medio borrado del fotógrafo: ESTUDIO BALDUR. Buscó en el listín telefónico y vio que todavía seguía abierto, en la calle Vesturgata.

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