Inocencia robada

Inocencia robada


47

Página 50 de 51

47

Erlendur y Sigurður Óli se detuvieron frente a la verja automática. Al no ver a nadie, Sigurður Óli bajó del coche y trató de abrirla. Erlendur probó a tocar el claxon, pero no sirvió para nada. No habían vuelto a hablar desde que el atasco se había disuelto. Su pelea había quedado sin resolver.

—¿Crees que vamos a tener que saltarla? —gritó Erlendur desde la ventanilla.

—No lo conseguiremos —respondió Sigurður Óli. Tanto la imponente verja como los enormes muros de alrededor eran infranqueables.

—Necesitamos refuerzos —dictaminó Erlendur mientras sacaba su móvil.

No habían avisado a Sævar Kreutz de su llegada. Querían pillarlo desprevenido. En el momento en que Erlendur marcaba el número, escucharon el ruido de un coche al otro lado de la verja, que comenzó a abrirse sola. Unos faros que se alejaban de la casa a toda velocidad se acercaban hacia ellos. El vehículo, un enorme todoterreno que circulaba sin problema por la gruesa capa de nieve, cruzó la verja e invadió levemente el arcén para adelantar el coche de Erlendur. Este distinguió entre la nevada que el conductor llevaba puesta una camisa azul de vigilante, y también percibió la silueta de un pasajero en el asiento trasero. De pronto se asustó al ver aparecer la cara blanca de un niño en la ventanilla. Atónito, siguió al vehículo en silencio con la mirada hasta que lo vio desaparecer en la oscuridad. A Erlendur le sonaba haber visto ese rostro en alguna parte. En lugar de dar la vuelta y perseguirlo, Erlendur marcó otro número para ordenar que cerraran y mantuvieran vigiladas todas las puertas de entrada y salida del país. Debían detener a un hombre llamado Sævar Kreutz. Y también a Erik Faxen. Erlendur nunca le daría alcance a un todoterreno estando la carretera en esas condiciones. También dio un aviso a la guardia de tráfico para que buscaran un todoterreno Mitsubishi verde cuya matrícula les facilitó.

Sigurður Óli se subió de nuevo al coche y atravesaron la verja.

—¿Crees que era él? —preguntó Sigurður Óli mientras se acercaban a la mansión.

—No lo he visto bien.

Aparcaron frente a la puerta principal, que estaba entreabierta. Quienes hubieran pasado por delante de ellos a toda velocidad habían abandonado el lugar con prisas. Junto a la puerta vieron aparcado un jeep negro Dodge Ram de la gama más cara. Entraron en la casa. Parecía estar completamente vacía. Se adentraron en el enorme salón y Sigurður Óli se fijó en una pared donde claramente faltaba un cuadro.

—Si encuentras también los ascensores, podremos bajar al sótano —dijo Erlendur.

Caminaron hasta el final de la sala, donde accedieron a un amplio pasillo iluminado que parecía circular y tenía una leve pendiente hacia abajo. Titubeantes, comenzaron a bajar y frenaron el ritmo al escuchar el rumor de una conversación ininteligible y unos pasos que se acercaban. Prácticamente se habían parado cuando vieron que cuatro hombres de procedencia asiática caminaban hacia ellos. Tal vez no avanzaban todo lo rápido que querían porque uno de ellos, vestido con una especie de traje tradicional oriental, era muy mayor y ralentizaba a todo el grupo. Los otros tres parecían sus guardaespaldas. Los hombres se detuvieron al ver a los policías y se intercambiaron una mirada, como a la espera de que alguien reaccionara. Erlendur miró a Sigurður Óli.

—¿Quiénes son estos?

—Ni idea, pero no hablan islandés.

—Háblales tú. Diles quiénes somos y pídeles que esperen un momento —le indicó Erlendur.

We are from the Icelandic police. We will have to ask you to stay in the house. One of us will stay with you. We are not armed and would be grateful for your cooperation.

Apenas terminó de hablar, uno de los coreanos sacó una pistola y la apuntó hacia los agentes. Dieron a entender que solo querían pasar por delante de ellos y comenzaron a caminar, pero el anciano dijo algo en su idioma y se detuvieron de inmediato. El hombre que había sacado la pistola la guardó en el bolsillo.

—Quédate con ellos —le ordenó Erlendur a Sigurður Óli— y pide refuerzos.

Erlendur pasó por delante de los asiáticos y continuó bajando por el pasillo. Le hizo una leve reverencia al anciano mirándolo a los ojos y el asiático le respondió con un gesto de asentimiento. Erlendur llegó al ascensor y se dio cuenta de que estaba atascado en el sótano. Sabía que había otro. En los planos no había visto ninguna escalera. Trató de recordar dónde estaba el segundo y terminó de recorrer el pasillo hasta llegar de nuevo a la entrada de la casa. Atravesó de nuevo la enorme sala ceremonial y al fondo encontró una puerta por la que accedió a un gran despacho, en teoría el de Sævar Kreutz. Al no ver ningún ascensor, recorrió las paredes en busca de una puerta secreta, que al final encontró detrás de una gruesa cortina de terciopelo. Apretó un botón y la puerta se abrió sin hacer ruido. Entró en el ascensor y este bajó despacio hasta una enorme sala iluminada llena de aparatos y utensilios que Erlendur no había visto nunca. Recorrió la estancia con cautela y preguntó en voz alta si había alguien, pero no obtuvo respuesta. Avanzó hasta llegar al fondo, donde vio dos puertas cerradas y una tercera que parecía haber sido forzada. Al entrar vio cuatro enormes columnas de cristal apoyadas sobre unos pequeños soportes. Contenían un líquido turbio que no le permitía ver bien lo que había en su interior, pero creyó distinguir un objeto que parecía un pie y otro que parecía una mano. Se acercó a una de las columnas y se encontró con la cara de un niño mirándolo a los ojos.

Aterrorizado, Erlendur dio un salto hacia atrás y se cayó, tirando consigo una mesa metálica con ruedas sobre la que había unas bandejas de acero. La mesa se estrelló contra el suelo y las bandejas se desperdigaron a su alrededor haciendo un ruido ensordecedor. Entonces vio a un desconocido acercarse hacia él. El hombre caminaba despacio, con la mano tendida, en señal de que quería ayudarlo a levantarse.

—¿Quién eres? —le preguntó mientras se ponía en pie, todavía recomponiéndose de lo que había visto al otro lado del cristal.

—Me llamo Kristján —respondió el hombre—. Soy el que está metido en el cuarto recipiente. ¿Quieres saber cómo era de pequeño?

Erlendur acompañó al hombre hasta la última columna.

—Esto fueron capaces de hacernos, los muy cabrones. Pensábamos que estaban probando medicamentos, pero nos estaban clonando —explicó Kiddi Cuervo.

—¿Clonando? —preguntó Erlendur, confundido—. ¿Cómo que clonando? ¿Sævar Kreutz se dedica a clonar personas?

—Él y los alemanes. El grupo Kreutz creó un laboratorio de clonación y Sævar Kreutz le enviaba la sangre que nos extraía. Ahora pretende venderle un clon a un millonario coreano que quiere vivir eternamente. El mercado manda, ya sabes. Todo se puede comprar con dinero. Hasta la vida eterna.

—Un momento. ¿Kristján? —preguntó Erlendur—. ¿Tú eres ese al que apodaban Kiddi Cuervo?

—Y tú debes de ser el policía. Erlendur o algo así, ¿no? Pálmi y yo hemos llegado hace un rato y Sævar Kreutz nos ha dado toda una conferencia sobres sus proezas.

—¿Dónde está Pálmi?

—Ha entrado en la sala de al lado. Está buscando a Danni, su hermano mayor.

—¿A Daníel? —preguntó Erlendur, sin salir de su asombro. Todavía no había terminado de entender lo que estaba ocurriendo—. ¿Y es que aquí no trabaja nadie? —preguntó mientras echaba un vistazo a su alrededor.

—Solo hemos visto a un guardia de seguridad y al anciano coreano. Erik Faxen, con quien deberías hablar, nos contó que Sævar recibió visitas regulares del grupo Kreutz durante muchos años. Los que venían pasaban aquí temporadas de distinta duración. Según Erik, los enviaban con fines farmacéuticos, pero sin duda lo que hacían era participar en los experimentos de clonación.

Salieron de la habitación y entraron en la sala contigua, mucho más grande. En su interior parecían haber querido recrear la naturaleza y el mundo exterior, aunque el resultado dejaba mucho que desear. En una pared se veía una fotografía de un paisaje montañoso a cuyos pies habían distribuido unas piedras y un poco de arena. En el techo, una bombilla que hacía las veces de sol iluminaba la estancia desde un cielo azul salpicado de bonitas nubes algodonosas. En otra pared, la imagen de un bosque estaba acompañada de plantas, árboles y arbustos reales. En algunas partes del suelo habían pintado calles y aceras, mientras que en otras habían dispuesto materiales naturales, como lava y musgo. Desde algún lugar de la sala se proyectaban imágenes de animales en la pared del fondo.

Erlendur y Kiddi Cuervo salieron de la habitación para entrar en una tercera que tenía todos los elementos propios de una guardería: mesitas, sillas diminutas, paredes pintadas con colores brillantes, dibujos de niños, colchonetas y barras para trepar. Kiddi llamó a Pálmi, pero no obtuvo respuesta. Se adentraron y continuaron llamándolo hasta que oyeron una voz débil. Se guiaron por el sonido y lo encontraron en una esquina, detrás de un biombo, con un bebé sobre sus rodillas. El niño tenía unos dos años y una rubia cabellera rizada que le caía hasta los hombros.

—Está entero —anunció Pálmi alternando la mirada entre Erlendur y Kiddi—. No le falta ningún dedo, ni en las manos ni en los pies. Tiene los dos brazos, las dos piernas, los ojos, las orejas, la nariz y la lengua. Es Daníel, mi hermano mayor. Danni.

Ir a la siguiente página

Report Page