Inocencia robada

Inocencia robada


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El testimonio de Sigmar le había dado un giro de ciento ochenta grados al rumbo de la investigación. Erlendur repartió entre los miembros de su equipo los nombres de los antiguos compañeros de clase de Daníel. Los agentes debían averiguar qué había sido de cada alumno para tratar de verificar las declaraciones de Sigmar. La policía había consultado el registro de matrículas del colegio de Víðigerði e intentaba contactar con los familiares. Enseguida localizaron a la madre de Agnar Baldursson, el niño que, según Sigmar, había fallecido a los trece años. Erlendur y Sigurður Óli se dirigieron a Hrafnista, la residencia donde la mujer, ya septuagenaria, había conseguido una plaza en fechas recientes.

—¿Qué opinión te merece ese tal Pálmi? —preguntó Sigurður Óli mientras aparcaban.

—Ni buena ni mala —respondió Erlendur—. Un poco misterioso para lo joven que es. En mis tiempos lo habrían apodado el Catedrático. Igual que a ti te habrían llamado Zanahorio o algo así.

—Ese era justo mi mote —confesó Sigurður Óli acariciándose su cabello castaño rojizo—. Lo que quiero decir es si crees que podría formar parte de la lista de sospechosos.

—La verdad es que no me lo imagino actuando como un incendiario peligroso. ¿Qué insinúas exactamente?

—Me refiero a que no deberíamos descartarlo. Halldór atormentó a su hermano de pequeño. Lo iba a ver al psiquiátrico y puede que sus visitas guarden relación con su suicidio.

—Te olvidas de que Pálmi estaba en el hospital cuando Halldór murió quemado.

—Puede que le pidiera a alguien que incendiara su casa.

—Eso es demasiado rebuscado, Zanahorio. Además, Pálmi me cae bien. Parece un hombre honesto. Tiene pinta de no haber tenido una vida fácil. Sus padres están muertos y su hermano era un enfermo mental ingresado en un manicomio. Se ha quedado solo, velando por las ruinas de un pasado trágico y doloroso. Me da pena. No es un asesino.

—Es difícil pensar que podría ser un asesino, con la poca cosa que parece.

—Sí, está hecho un alfeñique, pero se le ve perseverante.

—¿Un alfeñique?

—Significa «debilucho». Sale en el diccionario. ¡Y es mucho mejor que decir so what!

—Y está blanco como la leche, el pobre.

—Que Pálmi no vaya a rayos uva y no se machaque en un gimnasio no quiere decir que sea un pobre hombre.

—No veo ningún problema en que los hombres y las mujeres vayan a rayos uva, sobre todo ahora, en pleno invierno. Coger color no solo es bueno para la piel, sino también para la mente.

—Pareces de la teletienda cuando sales con esas chorradas.

—Deberías probarlo alguna vez.

—Tengo otras cosas que hacer antes que tumbarme como un tonto encima de una lámpara mientras espero a que se me broncee el culo.

—Es el presente, Erlendur. El presente.

—Prefiero dormir en una cama con piojos y vivir en un chamizo de turba.

—Lo sé. Vives en los tiempos de tu abuelo.

So what?

Al entrar en la residencia, les indicaron dónde encontrar la habitación de la madre de Agnar. La compartía con otras dos personas, pero, cuando entraron, estaba sola. Se presentaron y le preguntaron si podían molestarla para hacerle algunas preguntas sobre su hijo, Agnar. La mujer, de nombre Stefanía, aparentaba mucha más edad de la que tenía. Parecía haber sido anciana desde hacía mucho tiempo. Apenas tenía objetos personales en su habitación. Erlendur se fijó en la fotografía de la mesilla de noche. Era de dos chicos jóvenes que sonreían a la cámara agarrados del hombro. Stefanía se la acercó.

—Aquí podéis ver a mi Aggi, bendito sea. Es el de la izquierda, el otro es su amigo. Pobre Aggi. Acababa de cumplir trece años cuando murió. Se marchó de repente, un buen día de verano. Había estado jugando al fútbol con sus compañeros y Aggi se desplomó delante de ellos, muerto. Los médicos me dijeron que le había fallado el corazón, pero yo nunca he podido entender cómo le pudo dar un infarto a un niño de trece años. No me cabe en la cabeza.

—¿No se investigó su fallecimiento? —le preguntó Erlendur mientras le devolvía la fotografía, después de haberle echado un rápido vistazo.

—Le realizaron una autopsia, qué horror recordarlo, pero la conclusión fue la misma: le había dado un infarto.

—¿Se había quejado antes de algún problema cardiaco? —preguntó Sigurður Óli.

—Puede que yo no fuera la mejor madre del mundo —explicó mientras retorcía un trapo que sujetaba entre las manos—. Estaba soltera y trabajaba el día entero. Me gustaban los hombres y el brennivín. Cuando Aggi murió, lo dejé todo. Por completo. Se podría decir que me salvó de la perdición, el pobre. Lo tuve tarde, por accidente, pero era un niño monísimo.

—Entonces, ¿no te fijaste en si se comportó de forma anormal o extraña unos días, semanas o incluso meses antes de que muriera? —preguntó Erlendur.

—A veces me parecía verlo un poco débil y vomitaba con frecuencia. Se lo dije a los médicos. Llevaba siempre las manos y los pies helados. Me acuerdo. Yo siempre le decía que se pusiera los guantes, el gorro y los calcetines de lana, pero nunca me hacía caso. Por lo demás, era un chico muy risueño y muy espabilado. Era bastante impulsivo y no podía esperar para hacer las cosas. Lo único que me pareció extraño es que, aquel año, la clase de torpes en la que lo habían metido sacó las mejores notas del colegio. Nadie podía entender que los niños más revoltosos y más zopencos se hubieran convertido, de repente, en unos genios.

—¿Te acuerdas de Halldór Svavarsson, uno de los profesores de Agnar? —preguntó Sigurður Óli.

—No mucho. Les dio clase a los torpes durante muchos años, y supongo que hablé con él alguna vez, pero no me acuerdo bien. Creo que era un hombre bastante amable. Mi Aggi nunca se quejó de él. No llevaréis un cigarrillo, majos, ¿verdad? Me muero por fumarme uno, pero aquí no hay tabaco y no puedo ir a comprar porque estoy fatal de los remos. Total, para qué, si luego nos lo requisan todo.

—Aquí tienes —dijo Erlendur ofreciéndole un paquete de Camel arrugado—. ¿Recuerdas algo inusual o peculiar que nos pudieras contar sobre Agnar o sus amigos?

—Una vez le pegaron y le dieron patadas —respondió Stefanía bajando la mirada con tristeza—. Aggi tenía los dientes muy salidos y se peleó con unos niños. No sé bien lo que pasó. Le salió volando una de las palas de una patada en la cara y la otra se la clavó en el labio.

—¿Te mencionó Agnar alguna vez las cápsulas de aceite de hígado de bacalao que les daban a los niños en aquella época? —preguntó Erlendur.

—No me suena. ¿Les daban cápsulas?

Erlendur prefirió no entrar en ese tema. Si las declaraciones de Sigmar eran ciertas, la madre de Agnar podría llegar a saber la verdad sobre la muerte de su hijo. Pero Erlendur todavía no disponía de toda la información que necesitaba y no quería darle falsas esperanzas.

—¿Por qué venís a preguntar ahora por mi Aggi, después de tantos años? —preguntó alternando la mirada entre los dos agentes.

—A lo mejor no estás al tanto de las noticias —respondió Erlendur—, pero asesinaron a Halldór hace unos días y el homicidio parece guardar relación con la clase de los torpes a la que iba tu hijo, Agnar. Debo pedirte que guardes esto solo para ti y no se lo cuentes a nadie. Es muy importante.

—¡No me lo puedo creer! —exclamó Stefanía, sorprendida.

—¿Sabes algo de los antiguos compañeros de Agnar? ¿Qué fue de ellos y dónde están ahora? —preguntó Sigurður Óli.

—Vivíamos todos en las viviendas sociales de la calle Grenivegur. Nos conocíamos y nuestros hijos pasaban el día juntos. Había familias de todo tipo. Unas estaban hechas pedazos, como la mía. Me parece que todos aquellos chicos se echaron a perder. Comenzaron a beber después de la muerte de Aggi, luego se metieron en las drogas y nunca hicieron nada en la vida, que yo sepa. Me acuerdo de que Þóra, la madre de Óskar, vino a verme hace unos años. Su hijo había muerto de sobredosis. Vengo oyendo historias como esa toda mi vida. Pobres chicos. Danni por poco le prendió fuego a su edificio tratando de quemar vivo a su hermano. Había enloquecido. Les costaba estudiar, excepto aquel año en que la clase de los torpes sacó las mejores notas del colegio. Eso es lo que pasa cuando metes a la gente en bloques de pisos, como en un redil, y la segregas del resto de la población. Los colegios discriminaban a nuestros hijos. De ahí no puede salir nada bueno.

—Muchas gracias, Stefanía. Nos has sido de gran ayuda —dijo Erlendur antes de ponerse en pie. Sigurður Óli lo imitó y ambos se despidieron de la anciana, que seguía sentada en la cama, con la fotografía en las manos. Cuando estaban a punto de salir por la puerta, Erlendur se volvió hacia ella.

—¿Quién es el que sale en la foto con tu hijo?

—Uno de los compañeros de Aggi. Era una clase muy unida. Jugaban juntos todos los días del año. Esa foto la hice yo misma con una pequeña cámara que tenía, unas semanas antes de su muerte. Era un chico divertidísimo. Aquellos granujas que les pegaron a Aggi y a sus amigos le dejaron heridas muy graves. Creo que se llamaba Siddi o Fiddi. Y tenía un mote.

Le dio la foto a Erlendur, que la miró con más atención y se fijó en que al amigo de Agnar le faltaba un ojo. La órbita estaba hueca y parecía sujetar un parche en una mano.

—¿Puede que fuera Kiddi? —preguntó Erlendur—. ¿Uno al que llamaban Cuervo?

—Sí, eso. Kiddi Cuervo. Siempre lo llamaban así, Kiddi Cuervo. Nunca Kiddi a secas. Perdió el ojo peleando contra esos canallas que le pegaron patadas a mi Aggi.

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