Inocencia robada

Inocencia robada


23

Página 25 de 51

23

El fotógrafo lo tenía todo listo. En un extremo de la sala estaba el trípode preparado, y en el otro había distribuido a los alumnos en filas. La enorme cámara era un modelo antiguo y a los alumnos les hacía gracia ver al fotógrafo asomar la cabeza por debajo de la tela negra para pedirles que dijeran «patata». «Paaa-taaa-taaa», repetía un grupo tras otro al tiempo que el flash iluminaba el aula y centelleaba en la oscuridad del cielo.

Le había explicado a Pálmi que ese día le tocaba hacer una ronda por varios colegios. Las fotos de clase todavía le daban algún beneficio además de los clásicos bautizos, comuniones, bodas y graduaciones. Le había preguntado si no le importaba ir al colegio Hagaskóli. Era lo que más le convenía.

Pálmi lo observaba trabajar. Los grupos pasaban y los alumnos se alineaban frente a la cámara. El fotógrafo recurría a bromas viejas para hacerlos sonreír. Se movía con la rapidez y la seguridad propias de alguien que había hecho ese tipo de fotos durante más de tres décadas. Cuando se tomó un descanso, Pálmi se acercó a él. Se presentó y le mostró la foto de clase de Daníel mientras le decía que habían hablado antes por teléfono.

—Sí, es el colegio de Víðigerði —confirmó el fotógrafo, un hombre delgado y ágil de unos sesenta años, que llevaba un fino bigote en cuyo cuidado invertía sin duda una buena cantidad de tiempo—. Todavía trabajo para ellos. Esta es bastante vieja, y no de las mejores. La hice con mi primera cámara. Era principiante y cometía errores. Fíjate en cómo sonríen los niños cuando miran a la cámara. Hace mucho que no veo ese brillo en sus caras. Hoy hacerse una foto no es tan emocionante como ir al cine, jugar a los videojuegos o ver un DVD o los miles de canales de televisión por satélite. El mundo era más sencillo entonces. La fotografía tenía un significado: el valor de conservar un momento. Ahora nadie quiere conservar nada. Si se guarda algo, se vuelve una cursilada. Si un objeto deja de tener utilidad, te cansas de él y lo tiras para comprarte otro, si puede ser ese mismo día. ¿Para qué guardarlo si no lo vas a usar? En los viejos tiempos, a los niños les ilusionaba hacerse la foto de clase. Ahora les da pereza. Les estás quitando tiempo de jugar a la consola.

—¿Te acuerdas de esta foto en concreto? —se atrevió a preguntar Pálmi, a sabiendas de que era improbable.

—No, obviamente no. Pero sí me acuerdo de Halldór, el profesor al que han quemado vivo hace unos días. Sospechan que han sido los niños. Qué absurdo. Ahora bien, el hombre era para darle de comer aparte. La foto de clase le hacía la misma ilusión que a los niños. Venía emocionado al estudio para que le diera unas copias antes de que las llevara al colegio. Nunca me había topado con nadie igual, y reconozco que me ponía de los nervios. No me gusta que me atosiguen. A veces venía antes de que hubiera revelado los negativos y se quedaba esperando todo el tiempo que hiciera falta hasta llevarse los ejemplares. Siempre hago varias fotos de cada grupo porque los niños se mueven continuamente, se tocan la nariz, miran para otro lado, se ríen… Vamos, que no sirven como modelos. Hay que tener material donde elegir. Halldór escogía las mejores y luego se marchaba corriendo sin darme las gracias ni decirme adiós. Se iba y punto. Ya te digo, un tipo rarísimo. Se quejaba de que ni yo ni los otros fotógrafos colocábamos a los alumnos en el mismo orden cada año. Quería que cada chico ocupara siempre el mismo sitio.

—Yo no lo conocía apenas.

—¿Por qué preguntas por Halldór?

—Mi hermano, Daníel, era alumno suyo. Es el que está ahí, en el suelo, levantando la vista hacia él. Murió hace poco. A Halldór le gustaba esta foto y la guardaba en su casa. Los chicos de esa clase eran muy amigos. Escribieron sus nombres en el dorso. Han muerto todos, menos uno.

—¡Que han muerto! ¡Todos! Pero ¿qué estás diciendo? ¿Toda la clase?

—Salvo las tres chicas.

Mientras la Policía Judicial indagaba para averiguar qué había sido de los antiguos alumnos de Halldór, Pálmi trataba de descifrar los nombres borrosos de las chicas que figuraban en el dorso de la foto. Una se llamaba Sólveig Þrastardóttir. Otra parecía llamarse Bára Kristjónsdóttir o Kristjánsdóttir. La tercera se llamaba Sara, pero no había escrito su patronímico. Pálmi encontró a Sólveig en la guía telefónica y la llamó. Al oírlo hablar de Daníel y de su clase, la mujer le preguntó si era de la policía. Él le respondió que no y le explicó que Daníel, su hermano, había fallecido recientemente y quería saber algunas cosas sobre él. Ella lo invitó a su casa, que era también su lugar de trabajo. A Pálmi le sonaba su nombre y luego supo que subtitulaba películas y teleseries extranjeras.

Sólveig vivía en una vieja casa adosada del barrio de Fossvogur. Convivía con otra mujer y, al ver la cara de sorpresa de su invitado, le pidió que no se escandalizara. Sin embargo, a Pálmi le parecía que no era asunto suyo. Se sentaron en el salón y Sólveig le sacó el tema sin que él le preguntara nada.

—Mi novia se llama Hulda —le explicó—. ¿No te parece un nombre muy nuestro? Ya sabes que significa «elfa». Le va que ni pintado.

Sólveig era una mujer alta y delgada que aún no había cumplido los cincuenta años. De pelo liso y rubio, nariz grande y ojos enormes, tenía el aire decidido de quien no soporta la pedantería ni el hablar por hablar. El tipo de persona que no se anda con tonterías.

—Me acuerdo de cuando eras pequeño. Danni siempre te llevaba por ahí en el carrito. Tú no tendrías más que dos años, así que no te acordarás.

—No recuerdo mucho a los amigos de Daníel, no.

—Me temo que no tengo gran cosa que decir sobre tu hermano —le anunció mirándolo a los ojos—. Era uno de los peores estudiantes. Los chicos de clase daban muchísima guerra, siempre pegándose en el patio, robando a la gente, e incluso agrediéndola, pero creo que Daníel no hacía esas cosas. Más bien eran Kristján, Agnar y Óskar, ese al que llamaban Skari Caramelo. ¿Te acuerdas de ellos?

—La verdad es que no. Pero sí conozco la historia de Kiddi Cuervo y su ojo.

—Y Halldór, nuestro profesor. Dicen que lo han matado sus alumnos. ¡Qué insensatez! Lo recuerdo como un hombre inexpresivo. Nunca levantaba el tono, nos hablaba en voz baja, con complicidad, como si fuera uno de nosotros y quisiera convertirse en nuestro mejor amigo. Nunca nos gritaba, ni aunque tuviera razones para hacerlo. Nunca se alteraba. Tampoco usaba la vara para pegarnos ni para golpear la mesa, como hacían otros profesores. No le hacía falta. Se dirigía a nosotros de igual a igual. Su frase favorita era: «Escuchad el silencio». La repetía una y otra vez. «Escuchad el silencio». Y nosotros lo intentábamos escuchar como tontos, pero no oíamos nada. ¿Te apetece un café?

—No, gracias —respondió Pálmi—. Yo también fui a ese colegio y en mis tiempos seguían muy aferrados a la disciplina. Recuerdo al estirado de Rútur, el antiguo director.

—Rútur nos causaba terror y era conocido por burlarse de los niños, sobre todo de los más débiles. Por ejemplo, si un alumno gordo llevaba salchichas para almorzar, le ponía el mote de Don Salchichas y ya no se lo quitaba. Y ese constante trato de usted, que era insoportable. No me extrañaría nada que hubiera sido el último profesor del país en dejar de tratar a sus alumnos de usted. Qué arrogante, por Dios.

—Eso sí, sabía hacer cumplir la disciplina.

—Sí, en aquella época se insistía mucho en la disciplina. No sé cómo será ahora, pero tengo entendido que los colegios han perdido el control de los niños. En nuestros tiempos nos poníamos en fila india antes de entrar y no se movía nadie hasta que todo el mundo estaba callado. Daba igual que cayeran chuzos de punta, no entrábamos hasta que la fila estuviera bien hecha. Hasta en los días de invierno más desapacibles esperábamos fuera a que el profesor nos diera permiso. ¿Piensas que hoy se podría hacer algo así? Después de la última clase, volvíamos a hacer una fila dentro del aula, recorríamos el pasillo y salíamos del colegio. Hasta llegar al patio no nos atrevíamos a dispersarnos. A veces teníamos que esperar para entrar en clase hasta que los chicos dejaban de hacer el gamberro. Halldór, siempre con su traje, aguantaba con paciencia y nos decía que escucháramos el silencio.

Permanecieron unos instantes en silencio, ensimismados.

—Me acuerdo de cuánto me gustaba la hora del almuerzo. Halldór se sentaba en la mesa y nos leía un cuento mientras nos comíamos el bocadillo y nos bebíamos la leche, o el batido de chocolate, en botellas usadas de kétchup. Llegaba a leernos tres libros al año. Los hijos del capitán Grant, Los viajes de Gulliver, Ivanhoe. Era gangoso y leía con voz monótona, pero siempre lo escuchábamos con atención. Puede que no se metiera mucho en la historia, pero, desde luego, nosotros sí. Y luego, al terminar, nos daba una cápsula de aceite de hígado de bacalao.

—¿Os las daba después de comeros el almuerzo?

—Guardaba el libro en el cajón, sacaba dos tarros y nos daba unas pastillas amarillas. Se paseaba entre los pupitres y nos las ponía en la palma de la mano, aunque, a menudo, a los chicos les decía que abrieran la boca y se las metía él mismo acariciándoles los labios con la punta de los dedos. Se le ponía una cara rara cuando lo hacía. Las chicas de clase lo comentábamos. Con nosotras no le pasaba.

Ir a la siguiente página

Report Page