Inocencia robada

Inocencia robada


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Por la tarde, Erlendur y Sigurður Óli se sentaron de nuevo frente a Sigmar en la sala de interrogatorios. Al principio se resistía a declarar, pero poco a poco cedió a su necesidad de hablar de su niñez y de sus compañeros de clase. Les contó el día en que Kiddi Cuervo había perdido el ojo. Mucho más calmado que por la mañana, les habló del barrio donde vivía, de sus amigos y de una época que echaba de menos, la época anterior a la tragedia.

—Ocurrió el mismo año en que nos envenenaron. Danni y los chicos me preguntaron si me iba con ellos a dar una vuelta por el barrio. Pálmi también estaba. Danni cuidaba de él por las tardes y se lo llevaba a todas partes en un cochecito viejo. Iban Kiddi Cuervo, Aggi y Skari Caramelo. Y Gísli. Aggi era muy gracioso y tenía una cara muy cómica con sus dientes de conejo. Óskar era su mejor amigo. Venía del campo y nadie conocía el origen de su mote. Me uní a ellos y caminamos sin rumbo, pero con cierta idea de acabar en nuestro escondite. De hecho, lo llamábamos así: «el escondite». Estaba en los bajos de la casa parroquial y era nuestro lugar secreto. A veces robábamos cosas de las tiendas. Una vez, Kiddi Cuervo, Skari y yo le quitamos el monedero a una señora en el barrio de Hlíðar. Dentro no había más que doscientas coronas. Íbamos a la clase de los torpes y teníamos que estar a la altura de nuestra reputación.

»El sótano estaba recién cementado y sobresalían las barras oxidadas de la armadura de acero —continuó—. El suelo era irregular y estaba frío. Era un lugar desapacible, pero a nosotros nos daba igual porque estábamos a gusto. Encendíamos velas para tener algo de luz y, de paso, calentarnos un poco. Dejábamos a Pálmi en la pared, metido en su saco, y pasábamos el rato hablando como buenos amigos.

Sigmar hizo una pausa.

—Ahora el barrio está muerto comparado con entonces. A veces me doy una vuelta por allí y no se ve ni un solo niño. En nuestros tiempos, las calles rebosaban de vida. Habría decenas de niños, aunque, en mis recuerdos, parecen cientos.

Sigmar les contó que se divertían librando batallas encarnizadas que duraban hasta la noche. Les explicó las rivalidades que había entre distintas zonas del barrio. Por lo visto, los de «las chabolas», en la calle Grenivegur, eran los más salvajes. Los niños de las otras calles les tenían miedo y evitaban provocarlos. A veces se disputaban el control de un parque, un campo de fútbol o una pendiente para lanzarse con el trineo. Todo valía y llegaban a confeccionar armas realmente peligrosas con los restos de basura que encontraban en las zonas de obras. Construían arcos y flechas con tubos de plástico y palos de fuegos artificiales. Fabricaban ingeniosas espadas, escudos y lanzas. En muchas ocasiones, a falta de otra cosa, las peleas terminaban a pedradas y se causaban heridas graves. A veces, cuando los padres veían que sus hijos llegaban a casa ensangrentados, tenía que intervenir la policía. Si llegaba un clan de otro barrio, los niños de «las chabolas» se congregaban para echarlo de su territorio. Después seguían peleándose entre ellos, tanto en verano como en invierno, entonando cantos de guerra.

—Kiddi Cuervo, Danni y yo nos juntábamos con otros de clase para pelear y nos lo pasábamos en grande. Nos encantaba prepararnos para el ataque —prosiguió Sigmar mientras miraba a Erlendur y a Sigurður Óli—. Teníamos un arsenal de armas e imitábamos las escenas que veíamos en el cine, en la sesión de las tres. Oíamos historias terroríficas de unos jóvenes que capturaban a los niños para torturarlos y hacerles daño. Por nuestro barrio corrían rumores parecidos, pero no eran más que mentiras. Aunque la historia de Kiddi Cuervo no fue ninguna mentira. Ocurrió de verdad, y los niños la recordaban cada vez que se contaban historias crueles y despiadadas. Con el tiempo la exageraron y se hizo más espantosa, pero nunca perdió su veracidad. A fecha de hoy sigue corriendo por ahí.

»A veces nos reíamos de las desgracias de Kiddi Cuervo. Lo apodaron así porque había matado un cuervo en el jardín de su casa. Kiddi Cuervo. Qué mala suerte tenía el pobre. Una vez lo atropelló un coche y se rompió el brazo. Otra vez, mientras patinábamos por el hielo en medio del campo, se cayó y se rompió la clavícula. Cuando robábamos en las tiendas, solo lo veían a él. Un día estábamos lanzando barro a una casa recién pintada y el dueño salió de pronto por la puerta. Se lanzó a por nosotros, pero solo pilló a Kiddi, que se había quedado atascado en el barro. Lo peor fue que sus botas de goma se le quedaron allí y nunca las recuperó, así que también le pegaron al llegar a casa. Kiddi tenía algo. Estaba gafado.

»Habíamos robado una caja de cereales y nos los estábamos comiendo en nuestro escondite, a la luz de las velas. Gísli se quejó de la extracción de sangre del día anterior. Se arremangó y nos enseñó un enorme moratón en el codo. “¡Menudo daño me hizo ayer la enfermera! La próxima vez le pegaré un puñetazo”, dijo. “¿Le arrearás un gancho en la mandíbula?”, preguntó Aggi con la boca llena. Kiddi Cuervo dijo que las jeringuillas le daban mucho asco y Danni, que las enfermeras no decían nunca nada. “Vienen, nos pinchan y se van”. Aggi pensaba que se bebían la sangre que nos sacaban, que eran vampiras. Entonces oímos unos pasos encima de nosotros que se dirigían hacia el hueco de la escalera. De pronto vimos aparecer en la penumbra a un grupo de unos seis o siete adolescentes. Entraron lentamente, al contraluz de las velas. Era la primera vez que los veíamos. Debían de ser de un barrio muy lejano. El cabecilla iba vestido con unos pantalones negros y una cazadora de cuero también negra. Tendrían unos quince o dieciséis años. Nos dieron miedo nada más verlos. La chica del grupo bajó la última. La miramos fijamente. Sujetaba un gato muerto por la cola y lo hacía girar mientras caminaba. Era negro y tenía la cabeza abierta, ensangrentada.

La mente de Sigmar salió de la sala de interrogatorios y se sumergió en el sótano.

—Vaya, vaya —dijo el cabecilla—. ¿Qué tenemos aquí? ¿Una reunión del club de costura? Y habéis mangado una caja de cereales. ¡Qué pasada!

Sus compañeros se rieron a carcajadas mientras se inclinaba sobre el grupo de niños.

—Y qué velas más monas —añadió—. No será esto la fiesta de una panda de maricas, ¿verdad?

Los recién llegados se partían de la risa.

—Este sitio es nuestro —respondió Kiddi Cuervo al tiempo que sus amigos se levantaban—. Ya os estáis marchando de aquí —añadió. No apartaban la mirada de la chica, que parecía especialmente amenazante. Agarraba el gato muerto como si fuera un vulgar objeto.

—Y si no, ¿qué? ¿Nos vais a lanzar cereales? —preguntó el cabecilla.

—Conque este sitio es vuestro —apuntó otro, ofendido—. ¿Qué pasa? ¿Que sois millonarios?

La diferencia entre ambos bandos era abismal. Los intrusos les sacaban una cabeza y eran mucho más fuertes. Además, iban armados con arcos, flechas y bates. Los arcos estaban hechos con los tubos de plástico blancos que se usaban en las instalaciones eléctricas de los nuevos edificios. Las flechas eran astillas muy finas, afiladas como cuchillos. Eran armas rudimentarias, pero muy peligrosas.

—¿Y tú por qué no te pones también de pie? —le preguntó la chica a Aggi, que seguía sentado. Se abalanzó sobre él y le dio una patada en la cara. El chico se cayó hacia atrás y golpeó el suelo con la cabeza. Le manaba sangre de la boca a borbotones. Uno de sus incisivos había salido volando.

—¡Largo de aquí! —les gritó Skari. Daníel abrazaba a Pálmi con fuerza. Los adolescentes no se movieron.

—Justo andábamos buscando un buen campo donde hacer maniobras —comentó el cabecilla—. Pero también nos hace falta un blanco. El gato era divertido, pero no se ha muerto como nosotros queríamos.

La chica sonrió. El cabecilla se acercó con decisión hasta Kiddi Cuervo, que no se movía de su sitio.

—¿Y si colgamos a este adefesio de la pared, a ver si le damos en el jeto? —dijo agarrando al chico con ayuda de dos compañeros.

El resto de la banda impedía que sus amigos lo ayudaran. Kiddi forcejeaba con todas sus fuerzas, pero le ataron las manos al techo, le separaron las piernas y le ataron los pies a unas barras oxidadas de acero que salían de las paredes. La chica se acercó hasta él y balanceó el gato en sus narices. Después se colocaron todos delante y apuntaron hacia él. Iban a usarlo como diana.

—¿Ya habéis empezado a follar, chavales? —preguntó el cabecilla, apuntando hacia las ingles de Kiddi Cuervo. La flecha le rozó el muslo y se rompió al golpear la pared.

—¡Parad ya, gilipollas! —gritó Daníel.

Pálmi se había echado a llorar.

—¡Dejadnos en paz! ¡Lo vais a matar! —gritaron los chicos de Víðigerði.

Seguían forcejeando, pero no tenían nada que hacer ante el grupo de invasores. Aggi todavía estaba en el suelo con la cara ensangrentada. Un segundo chico se colocó delante y tensó el arco. La flecha voló por el aire y se estrelló contra la pared, por encima del hombro de Kiddi, que seguía atado, gritando a sus enemigos.

Un tercero tomó posición. Cambió varias veces la orientación del arco para no dejar claro hacia dónde apuntaba. La punta de la flecha le asomaba por el puño y trazaba círculos en el aire, movía el brazo de arriba abajo, de izquierda a derecha. Kiddi lo miró fijamente. Había dejado de gritar. Las muñecas le sangraban. Sus amigos también guardaban silencio. El chico dejó de mover el arco y fijó el punto de mira. Se escuchó el silbido de la flecha en el aire antes de clavarse en Kiddi Cuervo.

El tabique nasal recibió el impacto. Al ver que se dirigía hacia él, había levantado instintivamente la cabeza. La flecha le había atravesado la nariz y le había alcanzado el ojo derecho, donde se había quedado clavada. Sus aullidos de dolor hicieron reaccionar a los integrantes de la banda. Sobresaltados, se miraron unos a otros y salieron por patas. La chica dejó caer el gato. En un abrir y cerrar de ojos, habían desaparecido todos del sótano, dejando a Kiddi Cuervo inconsciente en la pared. Cuando lo desataron, la cabeza se le desplomó hacia su pecho, la flecha se soltó y cayó al suelo.

—Así fue como perdió el ojo —concluyó Sigmar en voz baja, mirándose el regazo—. Se lo sacaron sin que pudiéramos hacer nada por evitarlo.

Erlendur y Sigurður Óli lo miraron fijamente sin saber qué decir.

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