Inocencia robada
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—Nos criamos en las viviendas sociales que llamaban «las chabolas» —continuó Sólveig, sentada con Pálmi en el salón—. Los de clase éramos una piña. Vivíamos todos en la misma zona y nos conocíamos desde la infancia. Nuestros padres venían del campo, no tenían estudios y ganaban una miseria. «Las chabolas» estaban llenas de familias así. Algunos acababan de llegar a Reikiavik y el Ayuntamiento los habían ayudado a procurarse un techo. Muchos hogares tenían problemas, como era el caso de la mayoría de mis compañeros. Aunque no el de Danni.
—Nuestra madre nos crio sola —explicó Pálmi—. Era pobre, pero trabajaba como una mula para sacarnos adelante. Nunca volvió a estar con un hombre después de la muerte de nuestro padre. Recuerdo que el director siempre la amenazaba con llamar a Protección de Menores. Creo que usaba ese recurso para atemorizarla. Pensaba que, si la tenía asustada, tendría mejor controlado a mi hermano. Cuando Daníel iba a su despacho por haber quemado los contenedores del colegio o haber armado bulla en los pasillos, llamaba a mi madre por teléfono y la hacía ir hasta allí, aunque la sacara de su puesto de trabajo, para sermonearla. Un día me dijo que había vivido mucho tiempo con miedo a perdernos. Una vez, mi hermano corría por los pasillos haciendo el gamberro y tiró al suelo al director, que salía en ese momento de su despacho. Casi lo dejó inconsciente. Lo expulsaron una semana y mamá le suplicó llorando que no llamara a Protección de Menores. Tratándola de usted, como siempre, le dijo que Daníel era uno de los niños más difíciles del colegio. Pasado el tiempo, mamá se reía recordando la anécdota de aquel hombre que le daba gritos en su despacho, con un chichón enorme en la cabeza.
Sólveig se echó a reír imaginándose la escena.
—Tuvimos que ser un grupo muy difícil —admitió—. Las situaciones familiares eran muy distintas, pero siempre disfuncionales. A menudo solo trabajaban las madres. Los padres se habían ido de casa. El alcoholismo era un grave problema y los niños tenían el brennivín al alcance de la mano. Después de clase pasábamos solos el resto del día y no volvíamos a casa hasta las tantas de la noche. El sistema de clases de tontos se había creado para nosotros. No para ese centro en concreto, sino para todos los niños en nuestra misma situación. Nuestra educación era lo de menos. Lo importante era no echar a perder la de los demás. Halldór trataba de cubrir todos los contenidos, pero el colegio tampoco esperaba mucho de él. Nuestros padres no se tomaban los estudios en serio. Yo no era mala estudiante, pero vivía en «las chabolas» y con eso bastaba. Estábamos marginados y desfavorecidos. En aquel entonces no había psicólogos ni trabajadores sociales, ni orientadores, ni profesores de apoyo. Los grupos de torpes les salían baratos. Lo triste era que, a la hora de decidir si te metían con los tontos, tus capacidades no importaban tanto como tu procedencia. Estoy convencida. A todo el mundo se le llenaba la boca diciendo que en Islandia no había clases sociales, pero el clasismo quedaba perfectamente reflejado en el sistema de grupos por niveles.
—¿Recuerdas alguna peculiaridad en relación con las cápsulas de aceite de hígado de bacalao que os daban? —preguntó Pálmi—. Sigmar le contó a la policía una historia bastante rocambolesca. Según él, drogaban en secreto a los niños de tu clase. En lugar de aceite de hígado de bacalao, las cápsulas contenían alguna sustancia adictiva que hizo que más tarde se convirtieron en alcohólicos o drogadictos, o que desarrollaran enfermedades mentales, como le pasó a mi hermano. El caso es que Halldór fue a ver a Daníel al hospital poco antes de que ambos fallecieran y a uno de los empleados le pareció oírlos hablar de esas cápsulas. Una cosa muy absurda.
—Pobre Sigmar. ¿Qué tal le va? A veces lo veo deambulando por el centro, en compañía de vagabundos. ¿Es un sintecho?
—Creo que no ha tenido una vida muy fácil. Asistió al entierro de mi hermano y daba pena verlo. Alguna vez le había hecho alguna visita a Daníel, pero dejó de hacerlo. Decía que no soportaba ver su declive.
—He leído en el periódico lo de la muerte de Danni. Te acompaño en el sentimiento. De vez en cuando aparecen noticias en la prensa relacionadas con mis compañeros de clase. Kiddi Cuervo desapareció. Literalmente. Skari murió en la calle, sin hogar. Me temo que no puedo decirte gran cosa sobre esas cápsulas, pero me acuerdo de que, aquel año, los chicos de clase sacaron unas notas excelentes. Aprendían con una facilidad pasmosa y, sí, cualquiera habría dicho que los habían estimulado de alguna manera. Sin embargo, su comportamiento empeoró. Se volvieron muy irascibles. ¿Quieres decir que a las chicas nos seguían dando cápsulas normales y que solo drogaban a los chicos?
—Eso insinúa Sigmar.
—No sabría decirte. Empezaron a beber a los doce o trece años. No eran los únicos del barrio, pero ellos lo hacían sin medida y la gente decía que también consumían drogas duras, las que consideraran duras en aquel momento. El caso es que no hacía falta que nadie les administrara ninguna sustancia. El ambiente propiciaba que se las tomaran ellos solos. Decían que la madre de Kiddi Cuervo se prostituía. ¿Lo sabías? Era un mundo cruel.
—Con el tiempo desaparecieron todos.
—Yo estaba en el campo de fútbol cuando Aggi murió. De repente se cayó muerto en medio de una charca. Decían que se le había parado el corazón.
—¿Te mantienes en contacto con las otras dos chicas de tu clase?
—¿Con Bára y Sara? La verdad es que no éramos muy amigas. Creo que se fueron de Reikiavik. Apenas las he visto desde que acabó el colegio. Me suena que alguien me dijo que se mudaron al campo. De todos modos, esta ciudad ha crecido tanto que la gente se diluye en la masa y ya no la vuelves a ver.
—Si es cierto lo que dice Sigmar, ¿por qué no os darían esas cápsulas a las chicas?
—Puede que sí nos las dieran. No tengo ni idea. Pero, vamos, a mí no me hicieron ningún efecto.
En ese momento se abrió la puerta de la entrada y apareció una mujer de aspecto robusto. Pálmi se puso en pie, dispuesto a despedirse. No quería molestar y le parecía que su presencia sobraba.
—Mira, Hulda, ha venido un hombre que iba conmigo al colegio. Se acaba de poner un poco nervioso y quiere marcharse.
Hulda, imponente con el distintivo uniforme rojo de Landsbankinn, entró en el salón y le dio a Sólveig un beso con lengua.
—¿Le dan miedo las bolleras? —dijo Hulda.
Pálmi se preguntó si se le notaba mucho.
—¿Te acuerdas, Pálmi, de cuando los chicos te gastaban bromas? No se cansaban nunca de hacértelo repetir, se partían de risa. Tenías problemas de dicción, muchos más que ahora. Perdona mi atrevimiento, pero seguro que ahora te hace gracia.
—Sería demasiado pequeño —señaló Pálmi.
—Tendrías unos cuatro años. Se lo he contado a Hulda un millón de veces. En todo caso, ya hablabas. Te hacían decir que te gustaban los chuchos. Y lo decías todo sonriente.
—¿Los chuchos? —dijo Pálmi.
—«¿Qué le gusta más a Pálmi?», te preguntaban. «¿Qué le gusta más a Pálmi?». Me acuerdo de cómo se reían.
—¿Los chuchos?
—Sí, pero no lo decías así cuando eras pequeño.
—¿Cómo lo decía, entonces?
Sólveig miró a Hulda y se echaron a reír.
—¿Qué decía? —preguntó Pálmi.
—Los chochos.
Sus carcajadas cesaron al ver que a Pálmi no le hacía ninguna gracia.