Inocencia robada
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El teléfono de Erlendur sonó a las cuatro de la madrugada. Era Sigurður Óli, fuera de sí.
—No le habían quitado el cinturón. ¿Te lo puedes creer? Los muy gilipollas lo metieron en la celda sin haberle quitado el cinturón y se ha colgado. ¡Su puta madre!
—¡¿Que Sigmar está muerto?! —preguntó Erlendur incorporándose en la cama—. De todas formas, se lo veía muy inestable.
—Como no me podía dormir, he llamado para pedirles que le echaran un vistazo y, ahí estaba, colgado de los barrotes.
—Te veo allí —dijo Erlendur, furioso, antes de colgar.
Las diez pequeñas celdas del centro de detención preventiva tenían las paredes pintadas de verde claro y el suelo cubierto de una espesa capa de pintura gris. Todas tenían una cama de cemento en un rincón y un ventanuco con tres barrotes frente a la puerta. Sigmar ocupaba la tercera celda. Había atado su grueso cinturón de cuero al barrote del medio, después se lo había anudado alrededor del cuello y había saltado de la cama. Todavía colgaba de la ventana cuando llegaron Erlendur y Sigurður Óli. Un grupo de carceleros y agentes de policía observaban la escena.
—¿Quién lo metió en la celda sin haberle quitado el cinturón? —preguntó Erlendur con voz atronadora nada más entrar en el edificio—. ¡Quiero verle la cara a ese inútil ahora mismo!
Dos jóvenes con uniformes de carcelero dieron un paso al frente. Ambos eran relativamente nuevos y esa noche estaban de guardia, encargados del preso. Antes habían trabajado como vigilantes en una empresa privada.
—¿Sois vosotros? —bramó Erlendur mientras caminaba hacia ellos con firmeza, como dispuesto a darles un puñetazo—. ¿Os dais cuenta de que habéis matado a este hombre? Y no se trata de un hombre cualquiera, sino del testigo principal de un caso de homicidio. ¿Sois conscientes de que seguramente habéis impedido que este caso llegue a resolverse alguna vez? ¡Que no os vuelva a ver nunca más por aquí! ¡Nunca!
Los hombres se marcharon sin protestar, muertos de vergüenza. Mientras tanto, Sigurður Óli había entrado en la celda para examinarla.
—No tenía ningún efecto personal cuando entró en comisaría esta mañana, o sea, ayer —señaló Erlendur al unirse a su compañero.
—Lo registraron, siguiendo el procedimiento oficial, y le pidieron que vaciara los bolsillos, pero no llevaba nada. Sin embargo, mira esto —dijo Sigurður Óli mientras levantaba la mano derecha de Sigmar—. Presenta un corte en la punta del dedo índice.
Erlendur se acercó, cogió la mano y la observó con detenimiento.
—¿Cómo puede haberse hecho una herida aquí dentro? —murmuró mientras paseaba la mirada en busca de un objeto punzante, pero lo único que vio fue una pastilla de jabón sobre el diminuto lavabo y un rollo de papel higiénico.
Sigurður Óli señaló los barrotes y distinguieron unas gotas de sangre en la pieza de metal que cerraba la hebilla del cinturón. Sigmar la había utilizado para hacerse la herida.
—¿Por qué demonios haría algo así? —preguntó Sigurður Óli, desconcertado. Después de casi veinticuatro horas sin dormir, estaba exhausto e incluso de peor humor que Erlendur.
—A lo mejor quería dejar algún mensaje —respondió Erlendur, mirando a su alrededor—. Quizás estaba buscando un instrumento con el que escribir. Pero ¿y el papel? ¿Dónde podrías haber escrito algo, Sigmar?
Examinaron las paredes, los alrededores de la cama, el lavabo y el inodoro. Se tumbaron en el suelo, pero no encontraron nada. Después se enderezaron y observaron el cadáver.
—Solo queda un lugar —dijo Sigurður Óli.
—Bajadlo —ordenó Erlendur a los dos agentes que se hallaban junto a la puerta. Mientras uno alzaba a Sigmar, el otro retiraba el cinturón, subido a la cama. Dejaron el cuerpo sobre el colchón. Llevaba unos pantalones vaqueros desgastados y una camiseta gris sin mangas. Erlendur se inclinó sobre él, le levantó la camiseta y vieron que tenía el vientre cubierto de sangre.
—Pero ¿qué es esto? —preguntó Erlendur mirando a Sigmar.
—Espera un momento —respondió Sigurður Óli—. Primero hay trazo ilegible, luego una E, creo, después otro garabato incomprensible y luego una A. Eso es todo lo que leo.
—EA —dijo Erlendur rascándose la cabeza—. ¿Y eso qué quiere decir?
—Ahora ya no queda ninguno —observó Sigurður Óli poniéndose en pie—. Los ocho han desaparecido y lo único que tenemos son estas dos letras.