Inocencia robada

Inocencia robada


27

Página 29 de 51

27

—Tienes que saber que Sigmar se suicidó anoche —anunció Erlendur al teléfono. Era muy temprano por la mañana y la llamada había despertado a Pálmi—. Por negligencia y falta de sentido común, no le retiraron el cinturón cuando ingresó en prisión preventiva. Supongo que ya no necesitamos más tu ayuda. Quería agradecerte tu colaboración y no dudes en ponerte en contacto con nosotros si descubres algo que nos pueda ser de utilidad.

—Pobre hombre —respondió Pálmi, afectado por la noticia—. Entonces ya no queda ninguno, si es que decía la verdad.

—Eso parece. Ahora nuestra hipótesis es que Sigmar asesinó a Halldór y que ha preferido suicidarse antes de que lo acribilláramos a preguntas. Todavía desconocemos el móvil del crimen, pero barajamos la posibilidad de que se haya vengado de Halldór por lo que hizo en el pasado. Está claro que ayer nos contó solo la mitad de la historia.

—¿Has hablado con Helena? —preguntó Pálmi.

—No. Acabo de leer sus declaraciones y no aportan mucho.

—¿Menciona las cintas?

—¿Qué cintas?

—Fui a verla ayer y, por lo que entendí, el hombre que la agredió pensaba que guardaba unas cintas en su casa.

—¿Cómo que unas cintas?

—Unas cintas de audio, unas grabaciones. Por lo visto, el hombre creía que Helena tenía unas cintas y se las quería llevar. La agresión tiene que guardar alguna relación con el homicidio de Halldór. Puede que ese hombre sea el asesino y que ahora esté buscando unas grabaciones.

—¿Qué puede haber grabado en esas cintas? —preguntó Erlendur.

—No tengo ni idea.

Siguieron hablando un momento hasta que se despidieron. Pálmi entró en la cocina para hacerse un café. El homicidio de Halldór Svavarsson seguía acaparando todas las portadas. Se sabía que habían detenido a un sospechoso, pero la prensa no contaba con mucha más información. Según un diario, el detenido se llamaba Þormar. El foco se había alejado de la supuesta implicación de los niños del colegio para centrarse en una serie de entrevistas con especialistas en casos de pederastia. Los periodistas habían investigado el pasado de Halldór, pero no sabían mucho más aparte de lo ocurrido en Hvolsvöllur unas décadas atrás.

El exdirector aún vivía cerca del colegio de Víðigerði, en un elegante chalé adosado. Se dedicaba a viajar, a jugar al golf y a disfrutar de su jubilación. Tenía una mujer muy autoritaria que lo obligaba a acompañarla a la piscina cada día, salían a comer con frecuencia, invitaban a sus hijos a casa y ellos también los visitaban. La pareja tenía setenta y cinco años. La vida les había sonreído, estaban en plena forma y eran unos esnobs redomados. Rútur estaba esperando la llegada de los policías y los invitó a pasar al salón. Su mujer se sentó con ellos, dispuesta a no perderse ni un detalle de la conversación. Erlendur tuvo la impresión de que no recibían muchas visitas, a excepción de los seres más cercanos.

—Como te dije por teléfono… —comenzó a explicar Sigurður Óli mirando al director, pero no pudo continuar porque lo interrumpieron nada más empezar.

—¿No os parece una pena que se haya perdido el trato de usted? —intervino la mujer, alternando la mirada entre Erlendur y Sigurður Óli—. Tenía algo de delicioso. ¿Recuerdas, Rútur, cuando al final compramos el enorme cuadro de nuestro amigo Gunnlaugur Schvenig que tenemos aquí detrás? —le preguntó a su marido volviéndose levemente hacia el lienzo—. Tenía tan buenas formas, y nos trataba siempre de usted, con educación. Ay, me parecía tan bonito. Ahora ya no lo hace nadie.

—Yo hice el esfuerzo de mantenerlo en el colegio, ya lo sabes —le recordó Rútur a su esposa, dirigiendo una mirada ufana a Erlendur y a Sigurður Óli.

—Bien —dijo Erlendur bruscamente—. Veníamos a hablar contigo de Halldór Svavarsson. Ya sabrás —dijo recalcando el uso de la segunda persona— lo que le ha ocurrido.

—Sí, ¡Virgen del amor hermoso! —exclamó la mujer—. Hay que ser inhumano para quemar vivo a alguien. Nosotros apenas lo conocíamos. Rútur me decía que era un tanto peculiar. Con los años que pasó dando clase en el colegio, nunca llegó a entablar amistad con nadie. A la gente así le pasa algo.

—Halldór era un poco raro, la verdad —corroboró Rútur.

—¿Vivía en esta zona? —preguntó la mujer—. Este es un barrio refinado. Bueno, lo era más antes que ahora, no sé. Da la sensación de que la gente de bien se ha ido. Ya le he dicho a Rúti que nos tendríamos que mudar nosotros también, quizás a Fossvogur. Es una zona preciosa, ¿no os parece? Pero no me hace caso.

—Quizá nos podrías decir, Rútur, si en todos los años que trabajaste en el colegio recibiste alguna queja sobre Halldór o bien por parte de los alumnos, o bien de los profesores —preguntó Sigurður Óli.

—¡Dios mío, entonces fue un pederasta toda su vida! —exclamó la mujer.

Erlendur vio que así no podrían avanzar nunca.

—Discúlpeme usted —le dijo fulminándola con la mirada—, pero ¿tendría la amabilidad de permitirnos hablar con su esposo sin interrumpirnos continuamente?

—¡Pero bueno! —murmuró la mujer—. Esto es el colmo de los malos modales. ¡Que la propia policía te trate de esta manera! —exclamó poniéndose de pie y observó a su marido, que miraba al frente sin decir una palabra—. Aquí os dejo a mi esposo, todo para vosotros. ¡Habrase visto!

—Os ruego que la disculpéis —les pidió Rútur, ya en ausencia de su mujer—, es que Bergþóra se siente un poco sola.

—Volvamos a Halldór —dijo Erlendur, retomando el hilo.

—Eso. No, no se me informó ni una sola vez de ninguna irregularidad. En todo caso, si cometió algún abuso en mi colegio, nunca se supo. De hecho, considero imposible que lo hiciera. Es difícil ocultar algo así.

—De acuerdo con el testimonio de un hombre fallecido recientemente, había mucho que ocultar en tu colegio —señaló Sigurður Óli—. El hombre en cuestión había sido alumno de 6.º L en 1967 junto con siete niños más. El 6.º L era el grupo de los torpes que obtuvo unos resultados excepcionales aquel año.

—Me acuerdo perfectamente. No entendíamos qué había pasado. Halldór nunca había obtenido esos resultados con ningún otro grupo. Estábamos seguros de que había gato encerrado, así que creé un comité especial para examinar los conocimientos de los chicos, pero, en efecto, eran excelentes.

—¿Recuerdas si cada dos meses iban unas enfermeras a extraerles sangre a los chicos de la clase de Halldór?

—¿Perdón?

—¿Sabes si aquel año Halldór les dio a sus alumnos unas cápsulas que parecían de aceite de hígado de bacalao pero que contenían otra sustancia que podía tener efectos nocivos en su salud?

—Un momento, me estoy perdiendo.

—¿No te percataste en ningún momento de la presencia de más enfermeras de lo habitual?

—Seguíamos un protocolo muy estricto. Teníamos nuestro propio equipo sanitario, formado por una enfermera, un médico y un dentista. Venían con regularidad para examinar a los chicos y, en mi opinión, las revisiones funcionaban a la perfección. Les ponían las vacunas obligatorias y se hacía un buen seguimiento de su salud, si es eso por lo que preguntas.

—¿Quién suministraba al colegio las cápsulas de hígado de bacalao?

—Si no recuerdo mal, un repartidor del fabricante nos traía el pedido en furgoneta cada dos meses. Guardábamos los tarros en el armario de la sala de profesores y estaban a disposición de todo el mundo. Me parece que la dosis era de una cápsula al día y había que recargar las existencias continuamente. A la mayoría de los niños les encantaban. Antes el aceite se daba con cuchara y costaba más que se lo tomaran. Les daba náuseas y algunos lo vomitaban. Pero las cápsulas estaban recubiertas de azúcar y tenían buen sabor. ¿Qué has dicho de unas extracciones de sangre?

—Según un testigo, Halldór dirigía un experimento en el colegio consistente en administrar unos medicamentos a los niños y hacerles unos análisis de sangre.

—¿Experimento? ¿En mi colegio? ¿Halldór? Eso es una solemne tontería. No sabéis cómo era. No habría hecho nunca algo así. Era una mosquita muerta, una persona huraña y, sí, un bicho raro.

—Consiguió que esa clase sacara buenas notas.

—Sí, pero fue un caso aislado. Era un profesor mediocre, sin carácter.

—Puede que esos medicamentos hubieran potenciado su rendimiento. ¿No podría explicar eso el asombroso progreso de la clase? No pareces tener ninguna teoría.

—Cierto, pero lo que insinúas es ciencia ficción. Les dan a los niños una medicina milagrosa y de pronto se vuelven superdotados. Puede que eso ocurra en la literatura, pero estamos en la vida real, y la vida real del colegio de Víðigerði era bastante mundana. Nos gustaban la disciplina, las normas y el silencio. Los niños hacían filas. Procurábamos que se portaran bien y tuvieran buenos hábitos de estudio. El alcalde venía cada año a ver la función de Navidad. Éramos un colegio ejemplar. ¿Os habéis dejado caer últimamente por algún colegio de primaria? ¿Habéis visto el barullo que arman los niños en los pasillos y en las aulas? No entiendo cómo se puede dar clase con semejante jaleo.

—En aquel entonces lo teníais más fácil. Podíais aislar a los alumnos problemáticos en grupos especiales de torpes —observó Erlendur.

—En mi opinión, todo se fue a pique cuando esos malditos trabajadores sociales y psicólogos se hicieron con el control de los colegios y eliminaron las clases para torpes. Esos grupos cumplían una función y habría que recuperarlos. Los niños que tienen menores capacidades y que peor se portan no deben echar a perder la educación de quienes tienen un mayor grado de inteligencia. Optimizábamos sus resultados.

—A costa de los torpes.

—Pero por el bien de todos los demás.

—Yo iba a una clase de torpes —replicó Erlendur—. Puede que no sea muy listo y que no me comporte como es debido, pero venía de una familia pobre y creo que ese factor tenía cierto peso a la hora de definir esos grupos. Dejé los estudios después del examen final de la primaria. Suspendí. Nunca tuve ningún interés en aprender nada durante todos los años que pasé en el colegio y los profesores nunca tuvieron ningún interés en enseñarme nada. Mi futuro estaba sentenciado desde el primer día de clase y nunca se me dio una oportunidad. Ese es el efecto que causan los grupos de torpes, aunque tú pareces sostener que eran una fuente de estímulos para los alumnos.

—En definitiva, no te suena que Halldór administrara medicamentos a sus alumnos ni sabes qué pudo estar tramando —preguntó Sigurður Óli en un intento de diluir la hostilidad que se había desatado entre su compañero y el exdirector.

—No sé quién os ha contado ese bulo. Pero lo que acabo de oír aquí es una soberana estupidez y me asombra que hayáis podido tomaros en serio una historia semejante. Os ruego que me disculpéis —anunció Rútur poniéndose en pie—, pero tengo que llevar a mi mujer al centro.

Erlendur y Sigurður Óli se levantaron, se despidieron y se subieron al coche.

—¡Qué bueno lo de que habías ido a un grupo de torpes! —dijo Sigurður Óli—. Hay que pegarles esos cortes a los esnobs. Estoy seguro de que se lo ha creído.

—No es mentira —aclaró Erlendur.

Ir a la siguiente página

Report Page