Inocencia robada

Inocencia robada


28

Página 30 de 51

28

El teléfono sonó en la enorme mansión y el hombre respondió en su fastuoso despacho. Entre obras de arte y elegantes muebles, unos ordenadores mostraban los índices de las bolsas de Nueva York, Londres y Tokio. Contaba con todos los dispositivos necesarios para ponerse en contacto con cualquier lugar del mundo e incluso convocar reuniones internacionales, algo que hacía a menudo. Apenas pasaba por Islandia y prácticamente había dejado de viajar al extranjero. Su sede se hallaba en Alemania.

Estaba cansado de recibir tantas llamadas a su teléfono privado. Solo sus colaboradores más cercanos conocían ese número y sabían que no debían abusar de él.

—¿Qué ocurre ahora? —preguntó, irritado.

—Exigen que vayas a Corea con el niño —respondieron al otro lado de la línea.

—Ya sabes que eso no puede ser.

—Está en juego nuestro acuerdo con ellos. Ese hombre quiere verte. Y quiere que le lleves una muestra.

—¿Me estás echando algo en cara?

—¿Yo? En absoluto.

—¿De qué lado estás? ¿Del mío o del de los coreanos?

—Sabes que no tienes ni que preguntármelo, pero es que me están atosigando y no me van a dejar en paz. Y no solo ellos. Los alemanes también quieren que vayas en persona a hablar con ellos.

—Diles que no pienso moverme de Islandia. Ya hablaré con mis colaboradores alemanes. Si los coreanos quieren ver al chico, tendrán que venir ellos. Y sin llamar la atención, ya sabes. Nada de apariciones en los puñeteros medios de comunicación. Es lo último que necesitamos.

—Se lo haré saber.

—¿Algo más?

—Luego está lo de las cintas. Me estoy empezando a preocupar.

—¿Crees que Guðrún se va a ir de la lengua, ahora que la prensa habla tanto del asesinato de Halldór?

—Rannveig y ella siempre nos han sido fieles y son conscientes de la relevancia de nuestro trabajo. Al morir Rannveig, Guðrún no se mostró arrepentida cuando habló con nosotros. Tampoco tendría razones para estarlo. Nuestra labor es ingente. Me costaría creer que Guðrún nos fallase ahora. Además, la hemos recompensado con generosidad y me extrañaría que quisiera renunciar a lo que tiene.

—¿Crees que la policía podría dar con ella?

—Me parece bastante improbable. Nuestra policía no es la más brillante del mundo.

—Improbable no es imposible. Hazte con esas cintas, si es que existen. No me basta simplemente con suponer que las amenazas de Halldór eran meras palabras vacías.

Ambos colgaron sus respectivos teléfonos.

Más allá del muro que rodeaba la mansión se hallaba una arboleda que quedaba fuera del alcance de las cámaras de seguridad, instaladas para tener observado el perímetro más cercano. En el interior del recinto, cada centímetro cuadrado estaba vigilado por tres guardias de seguridad que se turnaban las veinticuatro horas del día y se alojaban en una caseta del jardín. La arboleda era tierra de nadie. En ella, un hombre contemplaba la casa y el enorme muro que delimitaba el extenso terreno mientras murmuraba que detrás de toda esa opulencia se escondía un monstruo. El hombre, vestido con una chaqueta verde militar, vaqueros azules y zapatillas, se moría por un cigarrillo, pero no podía encenderse ninguno. No en ese momento.

Permaneció un largo rato observando la mansión mientas recitaba en voz baja unos versos que se sabía desde hacía mucho tiempo: «Y tus días de mayor gloria iluminarán como un relámpago la noche de los tiempos». De pronto, guardó silencio y aguzó el oído. No lo distinguía bien, podría ser el sonido de un pájaro en la orilla, pero le pareció escuchar el llanto de unos niños procedente del edificio.

Ir a la siguiente página

Report Page