Inocencia robada
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Al mediodía, Pálmi fue a la oficina postal con los tres avisos de envío que había recibido el día anterior. Como ya se había imaginado, le esperaban unos libros dentro de unos enormes sobres marrones. Sin embargo, uno de los tres pesaba mucho menos que los otros y era bastante dudoso que contuviera un libro. No reconocía la letra del remitente, pero tampoco le llamó particularmente la atención. La gente le enviaba todo tipo de cosas, desde manuscritos hasta cartas íntimas de sus antepasados, con la débil esperanza de que los papeles viejos que habían encontrado en el trastero o en la buhardilla de sus casas tuvieran un mínimo valor.
Pálmi tuvo un día muy ajetreado en la librería. La tienda tenía sus asiduos, pero ese día había un número inusual de nuevos clientes paseando entre las cajas y examinando las estanterías en busca del ejemplar deseado. Pálmi estaba especializado en libros y no vendía otra cosa. Por eso, su clientela era muy selecta y quienes compraban allí se conocían entre sí. Preguntaban mucho sobre libros antiguos y siempre obtenían una clara y rápida respuesta. La lectura era su placer y su razón de vivir.
Justo antes de cerrar, cuando todo estaba en calma, entraron dos hombres de la Policía Judicial para interrogarlo. No los conocía, pero le dijeron que estaban reuniendo información sobre los antiguos alumnos de la clase de 6.º L. Les habían informado de que él podía contarles algo. Pálmi asintió y les explicó por encima la historia de Daníel.
Se llevó los sobres sin abrir y, al llegar a casa, se preparó una cena frugal. Dagný y los niños se pasaron a saludarlo por la noche y lo invitaron a ver una película americana en la televisión. Cuando volvió ya era casi medianoche y, en lugar de meterse en la cama, decidió echar un vistazo a lo que había recibido.
El primer sobre contenía la novela Upp við fossa, de Þorgils gjallandi, publicada por primera vez en Akureyri por Oddur Björnsson en 1902 y más tarde reimpresa en aquel volumen junto con tres relatos breves de Einar Hjörleifsson titulados Vestan hafs og austan, publicados por Ísafold en 1901. La encuadernación estaba en mal estado, como era habitual en los libros antiguos que le remitían. Las hojas, amarillas, rotas y arrugadas en los bordes, se mantenían sujetas por unos hilos endebles. La cubierta estaba desgastada y muy deteriorada. El libro venía acompañado de un mensaje donde se preguntaba por el precio y si a Pálmi no le importaría enviar el pago a la dirección indicada. El remitente era un granjero de Þingeyjarsýsla.
El segundo sobre, procedente de Ísafjörður, contenía un mensaje similar. Quien lo enviaba había encontrado recientemente un librito de salmos entre las cosas de su madre, ya difunta. La cubierta, levemente combada, se encontraba en buen estado, y en la primera página se leía: «Róshildur Jónasdóttir se ha ganado este libro». La obra estaba impresa en letras góticas y la página del título decía: Cincuenta Salmos de la Pasión, compuestos por Hallgrímur Pétursson, 29.ª edición, Reikiavik, 1858. Pálmi se quedó absorto observándolo, como cada vez que caía en sus manos un libro antiguo e interesante.
Por último, abrió el tercer sobre. Contenía tres pequeñas cintas magnéticas y una nota.
Pálmi, espero que esto te ayude a encontrar a los malnacidos que destruyeron la vida de mis chicos.
Bajo el mensaje se leía el nombre de Halldór.
Estupefacto, Pálmi detuvo la mirada en el sobre antes de leer y releer el mensaje. Cogió las cintas y las observó con detenimiento. Cada cara duraba quince minutos, lo que hacía un total de una hora y media. Consultó el matasellos. Halldór las había enviado el día en que lo asesinaron. Había registrado un mensaje. Pálmi recordó que, según Helena, su agresor buscaba unas cintas, que con toda probabilidad eran las tres que tenía en las manos en ese momento.
Pálmi no tenía un reproductor y no quería molestar a Dagný a esas horas para preguntarle si ella tenía uno. Todavía no quería comunicárselo a Erlendur. Tal vez Halldór se las había enviado a él porque no quería que llegaran a la policía. Esperaría hasta la mañana siguiente para escucharlas. Al final, se metió en la cama y trató de dormir, pero no podía conciliar el sueño. Se levantó y dio vueltas en la oscuridad de su apartamento mientras escuchaba el aullido del viento en la calle. Cogió las cintas de la mesa del salón, las metió en un cajón del escritorio y lo cerró con llave. Se preparó un té y se lo tomó mientras contemplaba por la ventana el vendaval que azotaba las ramas heladas de los árboles del jardín comunitario. Puso un disco de Gerry Mulligan en el tocadiscos: When I was a young man, I never was a young man. Sacó las cintas del cajón y las guardó en una caja junto con los cuatro volúmenes de las obras completas de Jónas Hallgrímsson comentadas. Pálmi se volvió a tumbar y se durmió enseguida, después de oír el reloj del salón dar las cuatro. Tardó en comenzar a soñar. Estaba en el psiquiátrico con Daníel, junto a la ventana abierta, y miraba los escalones de cemento que accedían al sótano. Su hermano le ordenaba que saltara con él, pero Pálmi se resistía. Entonces Daníel lo cogió del cuello y apretó con todas sus fuerzas mientras le gritaba.
—¿DÓNDE ESTÁN LAS CINTAS? ¿DÓNDE ESTÁN LAS CINTAS?
La luz de la linterna iluminaba la cara de Pálmi, que no podía abrir los ojos, cegado por la luz. Alguien lo estaba agarrando del cuello mientras gritaba: «¿Dónde están las cintas?». Le apretaba tanto que casi no podía respirar. Tardó en comprender lo que estaba sucediendo mientras el hombre seguía apuntándolo con la linterna y le repetía la pregunta una y otra vez. Pálmi no le veía la cara. Alguien había entrado en su casa con la intención de matarlo si no le entregaba lo que andaba buscando. Al principio no sabía ni de qué cintas le estaba hablando.
—¡LAS CINTAS! —volvió a gritar el hombre todo lo alto que podía permitirse en aquel apartamento de paredes de papel.
Aunque hubiera querido, Pálmi no habría podido decir ni una palabra. Jadeando y con los ojos hinchados, miraba fijamente al hombre que tenía delante. De pronto vio acercarse a una segunda persona. Solo distinguía su silueta tras el brillo de la linterna. La figura aumentaba poco a poco de tamaño a la espalda de su agresor y se detuvo un instante antes de actuar. El agresor no sabía qué pasaba cuando alguien lo agarró de repente y lo alejó de Pálmi de un golpe. La linterna se cayó al suelo. En la penumbra, Pálmi vio que su defensor golpeaba la cabeza del intruso contra la pared y lo sacaba a rastras de la habitación. Después lo bajó en silencio por el patio de las escaleras y desapareció en la oscuridad de la noche invernal.