Inocencia robada

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A primera hora de la mañana siguiente, Erlendur se reunió con sus principales colaboradores, que habían tratado de verificar las declaraciones de Sigmar interrogando a los familiares de los alumnos de 6.º L y comparando sus versiones con antiguos informes policiales y médicos en los casos donde había sido necesario. Repasaron juntos las conclusiones.

Todos conocían la historia de Sigmar. Se había ahorcado en su celda del centro de detención preventiva. Cometía delitos menores y había tenido continuos conflictos con la ley. Sus padres aún vivían, pero llevaban muchos años sin saber nada de él. Lo habían echado de casa a los diecisiete años y lo describían como una persona intratable, un cleptómano y un drogadicto de carácter violento. Tenía cuarenta y dos años.

Agnar Baldursson, a quien llamaban Aggi, había muerto de un infarto. Su madre, divorciada, seguía viva, y su hermano mayor era un carpintero que vivía en Sauðárkrókur, en el norte del país. Su padre vivía en Hveragerði con su actual pareja. Agnar había muerto a los trece años.

Los padres de Óskar Kárason habían fallecido unos años atrás. Su hermano dirigía una próspera empresa de informática, donde también trabajaba su hermana. Ambos le habían contado a la policía que Óskar, a quien llamaban Skari Caramelo en la infancia, había muerto a finales de los años setenta por sobredosis, un hecho confirmado por los médicos. Según el hermano de Óskar, había estado enganchado a las drogas desde su adolescencia y había desarrollado una fuerte drogodependencia. Lo habían juzgado alguna vez por tráfico de estupefacientes y pasó varias temporadas en prisión. Lo hallaron muerto frente al pub Sigtún, en la avenida Suðurlandsbraut. Tenía veintidós años.

Gísli Bjarnason murió en un accidente mientras trabajaba en una granja. Como era habitual en aquella época, conducía un tractor que carecía de cualquier estructura de protección o equipamiento de seguridad. Por lo visto, perdió el control del vehículo, que volcó y le cayó encima. Murió en el acto. Su hermana declaró que sus padres, ambos fallecidos, nunca pudieron superar la pérdida de su único hijo varón y se divorciaron. Su padre había muerto de un infarto el año anterior. Gísli había muerto a los trece años.

De Daníel también conocían ya su historia. Acababa de suicidarse en el psiquiátrico donde había pasado casi toda su vida. Sus padres estaban muertos, pero tenía un hermano pequeño, Pálmi. Le habían diagnosticado esquizofrenia en la adolescencia. Lo habían ingresado en el hospital después de que intentara matar a su hermano. Tenía cuarenta y dos años.

Nadie había tenido noticias de Kristján Einarsson desde hacía trece años. Sus padres vivían en Akureyri. Su padre se había enfrentado a la ley en más de una ocasión y había pasado cinco años en la cárcel por un homicidio cometido en estado de embriaguez. Había agredido a otro hombre con un arma blanca en un club nocturno. De la madre de Kristján, apodado Kiddi Cuervo, se decía que había ejercido la prostitución en su juventud. Sobre la desaparición de Kristján no se tenían datos. Sus padres no habían podido dar ninguna explicación. Su hermana, que vivía en Neskaupstaður, en los fiordos del este, estaba ilocalizable. Kristján no aparecía en los archivos de la policía. Tenía veintinueve años cuando se le había visto por última vez.

Óttar Guðmundsson también había desaparecido, pero había dejado algunas huellas. Pensaban que se había ahogado en el mar. Su cuerpo no apareció, pero encontraron su ropa y sus zapatillas en la orilla, junto al faro de Grótta, en Seltjarnarnes. Sus padres seguían vivos y sus tres hermanos habían descrito a Óttar como un chico sensible y frágil. Aun así, nadie se había esperado que se suicidara. Había estado bajo tratamiento psiquiátrico. Tenía diecinueve años.

Ágúst Kjartansson se había cortado las venas. Lo encontraron unas semanas después en su casa —un cuchitril que alquilaba en un sótano del barrio oeste—, cuando los vecinos se quejaron del mal olor que despedía su apartamento. Sus padres vivían en Reikiavik, pero no habían estado en contacto con Ágúst en los años anteriores a su fallecimiento. Su hermano lo veía con regularidad y lo describía como un toxicómano. Había cometido algunos delitos menores, en su mayor parte relacionados con las drogas. Murió a los veintisiete años.

—Muchas gracias —concluyó Erlendur una vez hubo terminado la lectura de los informes—. Vemos que esos hombres guardan una serie de similitudes que encajan con las declaraciones de Sigmar: consumo de drogas, problemas psiquiátricos, delitos, suicidios. Que ello se deba a que les dieron unos medicamentos cuando iban al colegio es más difícil de afirmar. Personalmente, la idea me parece absurda, más propia de los delirios de un toxicómano que ha tomado demasiadas drogas a lo largo de su vida. Los niños con ese perfil suelen acabar en la delincuencia sin ayuda de nadie. Y luego está lo de Halldór, su profesor. La brutalidad con que lo asesinaron denota furia y sed de venganza. Cabe la posibilidad de que el incendiario fuera Sigmar, pero la verdad es que me cuesta verlo como un asesino. Era una piltrafa.

—Si todo lo que dijo sobre la forma en que murieron sus amigos ha resultado ser cierto, ¿por qué iba a inventarse lo de las cápsulas? —preguntó Einar. Los miembros del equipo conocían a grandes rasgos las extrañas declaraciones de Sigmar—. ¿Tan disparatado parece? ¿No podría ser que alguien hubiera querido probar un nuevo medicamento? ¿Había algún tipo de control en aquella época?

—En ese caso estaríamos hablando de un fabricante de medicamentos —apuntó Sigurður Óli.

—Sí, aunque nada nos dice que hoy exista todavía —objetó Elínborg—. Si queremos estudiar en serio esa posibilidad, suponiendo que una empresa farmacéutica intoxicó a los niños, deberíamos empezar por saber qué fabricantes estaban operativos en aquella época. Por otro lado, si utilizaron a la clase de Sigmar como conejillo de Indias, cabe pensar que se hicieran más experimentos en otros centros. ¿A qué escala se harían esos ensayos?

—También debemos averiguar —añadió Erlendur— por qué eligieron a la clase de Sigmar, unos niños difíciles que residían en viviendas sociales y tenían todo tipo de problemas. Unos torpes que, de la noche a la mañana, se vuelven unos genios. ¿Era ese el verdadero objetivo de los medicamentos o se trató tan solo de un efecto secundario?

—¿Sabemos algo más de las enfermeras que mencionó Sigmar? —preguntó Elínborg.

—Me preguntaba si no deberíamos buscarlas —respondió Einar—. Según he leído en las declaraciones de Sigmar, rondaban los treinta y cinco años. Tal vez habría que empezar localizando a todas las enfermeras que se graduaron entre, pongamos, 1953 y 1963, es decir, a todas aquellas que nacieron entre 1930 y 1935. Necesitaremos un buen número de agentes para abordar semejante tarea.

—Encárgate tú —concluyó Erlendur—. Hay que encontrar a esas mujeres.

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