Inocencia robada
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Dagný no tenía un reproductor adecuado para ese tamaño de cintas, así que a Pálmi no le quedó más remedio que comprarse uno. Llamó a Erlendur para informarle de la agresión que había sufrido la noche anterior, pero le habían comunicado que se encontraba en una reunión muy importante y que no podían interrumpirlo. Pálmi había preferido no decir que era urgente por no complicar las cosas. No le parecía que su vida corriera peligro, a pesar de que el agresor había dejado su piso destrozado. Había buscado por todas partes, había abierto el cajón del escritorio, pero no había mirado en la cajita custodiada por Jónas Hallgrímsson.
Después de asegurarse de que la estudiante de literatura lo podía sustituir todo el día, Pálmi entró en una tienda de electrónica y compró un reproductor. Hizo todas sus gestiones en autobús, por lo que perdió una buena cantidad de tiempo. Llegó a casa pasado el mediodía y se preparó para escuchar las cintas. Estaban numeradas del uno al tres. Introdujo la primera en el aparato y apretó el botón de reproducción.
Las cintas no contenían ningún mensaje grabado por Halldór, sino las conversaciones que había mantenido con Daníel unas semanas antes de morir calcinado. Hablaban en voz baja y con pasmosa lentitud. A veces guardaban silencios tan largos, de hasta varios minutos, que Pálmi pensaba que el aparato se había estropeado. Pero siempre reanudaban la charla. Eran dos hombres dialogando unos días antes de que ambos murieran.
HALLDÓR: …y les compraba unos marcos preciosos en el estudio de ese antipático para luego colgarlas en mi casa. Me hacía ilusión recibir una nueva foto cada año. Me hacían revivir recuerdos, he tenido la suerte de haber podido seguir a mis alumnos desde su primer día de colegio hasta el último. Los he visto crecer, prosperar y madurar. Los llamaba «mis florecitas». Cada clase tiene un lugar adjudicado en la pared, y cuido muy bien de todas las fotografías. Las miro continuamente y veo cómo han cambiado con el tiempo. Una simple foto de clase nos dice muchas cosas, Daníel. Muchas cosas. Por ejemplo, ves que los chicos grandes se colocan en la última fila; los niños pequeños, en la del medio y las niñas, siempre en el suelo. Creo que la diferencia entre sexos no puede quedar mejor reflejada que en mis viejas fotos de clase. Después cambió todo, claro. Ahora no hay reglas de ningún tipo. A los alumnos ya no los vuelvo a ver. Desaparecen y llevan su vida. Pero yo guardo su infancia. No se separa de mi lado.
Un viernes por la tarde, hace muchos años, estaba mirando mi bonita colección de fotos mientras me tomaba una copita de brennivín para adormecer al monstruo, como hago de vez en cuando. De pronto, llamaron a la puerta, cosa que no ocurre casi nunca porque no conozco a nadie ni me gusta recibir visitas. De hecho, Helena no viene a verme más que una vez cada dos años. En la entrada había alguien que quería hablar conmigo. Me asomé a la ventana sin hacer ruido, pero no vi a nadie porque me lo tapaba la esquina de la casa. La persona volvió a llamar con insistencia. Los golpes retumbaban tanto que me vi obligado a abrir. En el umbral apareció un hombre recio, guapote, vestido de punta en blanco y con gafas de pasta. Me preguntó si era Halldór, el profesor de primaria. Yo no lo había visto en la vida, así que le aclaré que no le iba a comprar nada. Me dijo que no era ni un vendedor de pescado seco ni testigo de Jehová y le cerré la puerta en las narices. Nunca debí volver a abrirla. Nunca, Daníel. Apenas había vuelto al salón cuando oí chirriar la ranura de la puerta por donde el cartero mete el correo. Siempre chirría al abrirse.
—Es por lo de Hvolsvöllur —dijo el hombre a través de la ranura—. Creo que te convendría abrirme. Será peor para los dos si me haces hablar desde aquí fuera.
Le abrí la puerta enseguida porque no quería que nadie oyera ni media palabra sobre Hvolsvöllur. Entró en el salón, se sentó en un sillón y yo me acomodé en un taburete.
—Te has conseguido un buen nidito —dijo el hombre sin disimular su desprecio. Era un tipo arrogante y de lo más desagradable—. ¿Qué clase de tipejo estás hecho? —preguntó mientras se limpiaba el vaho de las gafas.
No le respondí. No tenía ni idea de quién era ni de qué quería. Ni la más remota idea.
—No me lo podía creer cuando el director nos lo contó. ¡Un profesor que abusaba de los niños! Yo ni sabía que se podía cometer una aberración así. Te echaron, ¿no? Por ser un asqueroso pervertido.
Su tono me sonaba familiar. Le respondí que no podría hacerme nada que otros no me hubieran hecho ya. Luego le dije que no me viniera con amenazas.
—¿Amenazas? En todo caso, no pienso compadecerme de miserables como tú. Deberías oír al director cada vez que habla de ti. Has escogido el trabajo de los sueños de cualquier depravado. Eres un profesor indecente.
Era un hombre muy grosero, Daníel. Yo estaba desconcertado.
—La gente envía a sus hijos al colegio pensando que estarán en buenas manos y resulta que los deja en las garras de un monstruo —añadió.
Sabía hablarme en el tono adecuado. Daba justo en el clavo y estaba al corriente de lo sucedido en Hvolsvöllur. Le pregunté quién era, qué quería de mí y si me había estado espiando, pero él solo se dedicaba a reírse en mi cara. Me dijo que se había informado sobre mi desdichada existencia y que le parecía patética.
—¿Qué hacías con los chicos en las duchas? —me preguntó—. ¿Y a qué huele aquí dentro? —añadió—. ¿De dónde has sacado ese albornoz rojo tan cutre?
Era un maleducado y un grosero. Eso es lo que era. Un grosero. Ya me habían hablado de esa forma antes, y mucho peor, pero con él me sentía indefenso. Lo sabía todo sobre mi vida y, cuanto peor me hablaba, más pequeño me hacía.
—Aun así, Halldór —continuó—, debo admitir que estas fotos de clase que tienes aquí son muy bonitas. De hecho, da la impresión de que las cuidas muy bien. Les quitas el polvo de la perversión que las ensucia. Los niños te hacen tilín, ¿no? El hombre a quien represento quiere que colabores con él. Me pondré en contacto contigo más adelante, cuando esté preparado. Cumples el perfil que está buscando y te recompensará encargándose de que la gente no sepa el engendro que eres. Sé que vas a estar dispuesto a cooperar.
Le pregunté qué tenía que hacer.
—Una bobada comparada con lo que les haces a los chicos —dijo riéndose—. Sé que no nos vas a decepcionar —añadió.
—¿Qué quieres que haga? —insistí.
—Tienes que darle a tu clase de tontos un nuevo tipo de cápsulas de aceite de hígado de bacalao —respondió aquel hombre malvado.
Silencio.
HALLDÓR: Tengo que contarte toda la historia, Daníel. Y espero que no me pidas que me vaya, como la primera vez que vine. Necesito contártela.
Silencio.
HALLDÓR: Te acuerdas de mí, ¿verdad, Daníel?
Silencio.
HALLDÓR: ¿Esta es vuestra cafetería? Es muy acogedora. Visto desde fuera, el hospital tiene un aspecto terrorífico, con todos esos barrotes y esas paredes que llevan años sin ver una capa de pintura. Es imposible que os encontréis bien aquí.
DANÍEL: Nos atiborran a medicinas que nos hacen la vida más fácil. Nos las dan en todos los formatos, en cápsulas y en inyecciones. No tienes más que llamar a un celador y en un segundo te llenan la boca de pastillas. No podría estar mejor en ningún otro sitio.
HALLDÓR: ¿Has tomado ahora muchas medicinas, Daníel?
DANÍEL: Me acuerdo bien de ti. Halldór. Nos dabas clase. Siempre ibas de traje y corbata, con unos zapatos brillantes muy elegantes. Pero un día fui a tu casa y allí todo daba asco, menos tus camisas. E intentaste follarme.
Silencio.
HALLDÓR: Lo sé, Daníel, perdóname. Ni yo mismo entiendo de qué material estoy hecho. Pero también lo pasábamos bien en el colegio de Víðigerði. Te metí en la función de Navidad. Fuiste el único del grupo de los torpes al que dejaron actuar. Me costó Dios y ayuda. Hiciste de pregonero. Siempre me acordaré de lo guapo que estabas subido a tu caja, recitando tu papel, alto y claro: «Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado».
DANÍEL: ¿Llevas un cigarro?
HALLDÓR: No fumo.
DANÍEL: ¿No llevas ningún cigarro?
HALLDÓR: No.
DANÍEL: Tengo ganas de fumar.
HALLDÓR: No he fumado en toda mi vida.
DANÍEL: Pálmi siempre me trae tabaco.
HALLDÓR: Quería saber qué tal estabas y pedirte perdón. Sé que debería haberlo hecho hace mucho tiempo, pero me amenazaron y no soy un hombre muy valiente, Daníel.
Silencio.
DANÍEL: No me pasa nada que no pueda solucionar yo mismo. No te preocupes por mí. Solo es cuestión de tiempo. Cuestión de tiempo. Tengo que encontrar de nuevo el bien. Recuperar la fe. Me expulsaron del paraíso. ¿La viste? La estrella fugaz. Salió en los periódicos. Era yo. Traicioné a Dios y ya no podía seguir allí. Me echaron a patadas, me lo merecía. Los que nos caemos del paraíso somos como pequeñas estrellas fugaces que surcan el cielo. Brillamos en el firmamento y nos consumimos hasta desaparecer.
Silencio.
DANÍEL: No eras mal profesor.
HALLDÓR: Me gusta oírtelo decir, Daníel, pero me temo que no es verdad.
DANÍEL: Nos leías cuentos.
HALLDÓR: Os leía los cuentos que me gustaban de pequeño. Escuchabais cada palabra que decía.
DANÍEL: Tengo un montón de camisas blancas, como tú. ¿Quieres verlas? Ven conmigo.
Interferencias. Pasos. Ruido de ascensor. Pasos.
HALLDÓR: ¿Esta es tu habitación? Qué acogedora. Y qué camisas tan bonitas.
DANÍEL: Son mi armadura.
HALLDÓR: Lo sé, Daníel. Lo sé. Veo que en esta caja guardas un montón de cromos de actores famosos. ¿Y esto qué es? ¡Anda! La foto de clase. Sales sentado en el suelo, mirándome. Esta foto es de mis favoritas, Daníel. Siento una especial predilección por ella. Qué pena no tener una de Pálmi. Le iba muy bien en el colegio. Yo nunca le di clase. Era alumno de Katrín. ¿Te acuerdas de Katrín? Una mujer maravillosa. Maravillosa. Todavía trabaja. Yo me he retirado. Los niños ya no son los mismos. Son terribles, Daníel. Me escupieron. No sé qué les ha pasado. Los niños han cambiado desde que tú ibas al colegio. Toda esa violencia. Qué calamidad.
DANÍEL: ¿Los has tocado?
HALLDÓR: ¿Qué?
DANÍEL: ¿Has tocado a los niños?
Silencio.
HALLDÓR: No he hecho nada desde que saliste corriendo de mi casa. El monstruo solo se descontroló en Hvolsvöllur. Y luego contigo. ¿Te he hablado del monstruo? ¿Te acuerdas de cuando me preguntaste sobre las cápsulas? Me tenían en sus manos. Sabían lo de Hvolsvöllur. Tenía que daros esas cápsulas, observar vuestra evolución y enviarles unos informes. Tenía que asegurarme de que os las tomabais y de que las enfermeras os sacaban sangre. Todo a cambio del silencio. Yo cumplí con mi parte y ellos cumplieron con la suya.
DANÍEL: «Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado». La función de Navidad. Hacía años que no pensaba en ella. Me lo pasé en grande actuando. Yo hacía de pregonero, subido a una caja pintada de blanco con una túnica blanca y un turbante rosa. Era el primero en salir a escena. Entraba desde el pasillo y atravesaba el aula bordeando las filas de asientos. Me subía a la caja y miré al público: «Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado». San Lucas. Habla de los beduinos, mientras que Mateo se interesa más por los Reyes Magos. ¿Y qué diferencia hay? ¿Has visto? Siempre haciéndonos preguntas. Las dudas, las dudas, las dudas, las dudas. Impío. Impío. ¡Eres un impío! ¡Un pobre impío desdichado! Eso es lo que eres. Eso eres. Eso eres.
Silencio.
HALLDÓR: Escúchame, Daníel. Las cápsulas de las que hablaba aquel hombre contenían una sustancia nociva para los niños. Hace mucho que lo sé. Es más, ya era consciente antes de que Agnar muriera, pero no me atrevía a decir nada. Fue horrible. Nunca he podido superar el hecho de saberme partícipe de la muerte de aquel chico. Y de la de otros. Ninguno de vosotros ha podido tener una vida. Ninguno. He intentado seguiros la pista, y creo que nunca lograsteis recuperaros del efecto de aquellas cápsulas. Son las únicas responsables de lo que os pasó. Os volvisteis unos toxicómanos y perdisteis la salud, tanto física como mental. Tenían consecuencias a largo plazo. ¿Entiendes lo que quiero decir, Daníel? Puede que nunca hubieras desarrollado una enfermedad mental si no te hubieras tomado esas pastillas. Y quién sabe si ahora Agnar no estaría vivo, igual que el resto de tus amigos. Os usaron como conejillos de Indias, Daníel. Me utilizaron.
Largo silencio.
HALLDÓR: ¿Entiendes lo que estoy diciendo, Daníel?
DANÍEL: A veces también sueño cosas raras. Anoche soñé con mamá. ¿Llevas un cigarro?
HALLDÓR: Debía entregar un informe mensual sobre vuestra evolución. Tenía que meterlo en un sobre y dejarlo en un lugar determinado para que fueran a recogerlo. Se lo podría haber entregado a las enfermeras, pero tenía órdenes de no mantener con ellas ningún tipo de comunicación. También me prohibían saber qué ocurría con esos informes. El grosero, que más tarde descubrí que se llamaba Erik, Erik Faxen, me advirtió que me estarían vigilando, de forma que se enteraría si intentaba espiarlo. Pero desobedecí y seguí el recorrido del último sobre. Lo llevé al sitio de siempre. Mi tarea consistía en pedirme un café en el Hotel Borg, sentarme tranquilamente a una mesa concreta y tomarme un par de tazas. Al marcharme, después de pagar, tenía que dejar el sobre en el asiento. Por lo general me iba a casa sin girar la cabeza ni una sola vez. Pero aquel día esperé en la calle y, al cabo de un rato, vi que el grosero salía del hotel con el sobre bajo el brazo. Se subió a un vehículo que había aparcado al sur de la catedral y se marchó. No advirtió mi presencia y no parecía preocuparle que yo pudiera estar observándolo. Me tenía por un inocentón. Apunté la matrícula: R 1605. Llamé al registro de vehículos haciéndome pasar por un agente de seguros. Ya ves que yo también puedo ser un genio. Me dieron su nombre y su dirección. Vivía en una casa muy bonita de la calle Lynghagi. Tenía una mujer guapísima y dos hijos preciosos. Iba a trabajar a las nueve y volvía a las cinco, como cualquier persona. Recuerdo haberme preguntado cómo hacía alguien para llevar esa doble vida, ser un hombre de familia felizmente casado y, a la vez, un chantajista sin corazón que utilizaba a los niños. Pero luego pensé que yo no era mucho mejor. Cogí un taxi, cosa que no hago nunca, y le pedí que me llevara a Lynghagi y esperé fuera hasta que lo vi salir. Me inventé una excusa y le dije al taxista que tenía que seguir a aquel hombre hasta su trabajo. Supongo que me tomó por loco. El grosero trabajaba en una nave industrial de Síðumúli donde, en aquel entonces, se alojaba una pequeña empresa farmacéutica que luego se convirtió en todo un imperio en colaboración con los alemanes. Se llamaba igual que…
DANÍEL: ¡Entonces tú también lo has descubierto! ¡Eres incluso mejor que yo! Aquí no hago más que decirles a todos que las grandes empresas farmacéuticas fabrican enfermos como yo, pero nadie me escucha porque estoy loco. Será que tú también lo estás. Entonces ¿esa empresa fabrica enfermos como yo? ¿Son fabricantes de enfermos? Siempre supe que era una víctima de la producción industrial de enfermos. Lo sabía. Lo sabía. ¡Nos crean en sus cintas transportadoras! Tengo que irme, Halldór. No vuelvas a hablar conmigo.
Interferencias. Pasos. Silencio.
La cinta había llegado al final. Pálmi la sacó de la pletina y metió la indicada con el número dos, que correspondía a otra visita distinta. Pálmi estaba tan absorto escuchando que había perdido la noción del tiempo y del espacio. En el apartamento reinaba un silencio que solo interrumpían los gritos de los niños jugando en la calle. No se daba cuenta de que la puerta de su vieja habitación estaba entreabierta.
HALLDÓR: ¿… no te molesta que encienda este chisme, Daníel? Perdona que lo hiciera a escondidas la semana pasada, pero no sabía cómo te iba a sentar que grabara la conversación. En realidad, no me gusta hacerlo, pero creo que es lo correcto. Y entiendo perfectamente que la otra vez me pidieras que me marchara. Pero, ya ves, aquí estoy de nuevo y no me voy a rendir hasta que te lo haya contado todo. No me quedaré tranquilo hasta que me escuches. Tengo que hablarte de esos hombres.
DANÍEL: El otro día no me encontraba muy bien. Pero hoy estoy mucho mejor. Pálmi vino a verme anteayer. Pobre Pálmi. Viene semana tras semana, año tras año, y no sabe nunca cómo comportarse conmigo. Ya ha cumplido treinta años y vive solo en nuestra antigua casa. No tiene buen aspecto. ¿Lo has visto últimamente? Se está quedando calvo, tiene unas ojeras enormes y su cara de cansancio no es propia de una persona tan joven. Dice que una vez intenté matarlo, pero yo no me acuerdo de nada. A veces me han dejado pasar una temporada con él y no me he portado bien. Ha conocido mi peor faceta. Pero yo cuidaba mucho de él cuando éramos pequeños. Lo llevaba a todos lados en un carrito cochambroso que tenía mamá. Estaba con nosotros hiciéramos lo que hiciéramos. Incluso cuando Kiddi Cuervo perdió el ojo. Qué miedo pasé. Nada me aterraba más que que pudieran hacerle daño a mi hermano. La chica sujetaba un gato muerto y yo no veía más que a Pálmi en lugar del animal.
Silencio.
HALLDÓR: Recuerdo que siempre ibas con Pálmi en el carrito. A veces hablábamos de vosotros en la sala de profesores y comentábamos que era admirable lo mucho que te preocupabas de tu hermano pequeño.
DANÍEL: Pálmi también se ha ocupado de mí y le estoy muy agradecido, pero creo que él no lo sabe. Siempre me ha visto como un enfermo mental antes que como su hermano. Me trae tabaco y a veces se sienta conmigo para hablar, pero a menudo tengo la sensación de que está en las nubes. Yo también, claro, a veces soy una persona difícil, lo he sido a lo largo de todos estos años y soy consciente de ello. Lo sé perfectamente. Lo sé. También cuando venía mamá. A veces no les permitían verme. No me acuerdo muy bien. El pobre Pálmi ha sido testigo de todo mi declive. Pero yo también he visto el suyo. Recuerdo que una vez le pregunté a mamá si era necesario que lo trajera porque yo era consciente de que se sentía incómodo y me tenía miedo. A veces sabía que se quedaba fuera esperando. No quería entrar a verme. Mamá decía que tenía que acostumbrarse a venir a verme porque ella no estaría aquí toda la vida y no quería que se rompieran nuestros lazos. Pero Pálmi no se sentía ni se siente bien viniendo aquí. A veces me recuerda a papá. Físicamente no se parecen en nada, pero los dos son igual de distantes. Papá era un hombre muy cariñoso, aunque no le gustaba relacionarse mucho con la gente, salvo en los momentos en que iba borracho. Pero era bueno con mi madre y ella lo echó mucho de menos cuando murió.
HALLDÓR: Yo nunca tuve padre.
DANÍEL: Pálmi es como papá, solo que no bebe. Seguramente hay muchos como él. Pálmi lo ha pasado mal. Ha tenido una vida horrible.
HALLDÓR: La empresa se llama Fentíaz.
Silencio.
DANÍEL: ¿Qué empresa?
HALLDÓR: La que experimentó con vosotros. Me he estado informando. El nombre se lo pusieron los alemanes y procede de la fenotiazina. Los franceses fabricaron el primer compuesto en 1950 y funcionó muy bien como antipsicótico. Tú mismo lo has probado aquí. La fenotiazina y sus derivados son medicamentos que combaten los síntomas de algunas enfermedades mentales, como las alucinaciones y los delirios. Supongo que habrás sufrido continuos trastornos de ese tipo.
DANÍEL: Cuando tenía ganas de caer en un coma profundo y placentero, me guardaba las pastillas de fenotiazina hasta tener suficientes. Son puro veneno, pero, si no la palmas de sobredosis, son el mejor somnífero del mundo.
HALLDÓR: Saben que lo sé todo sobre ellos. Un día me acerqué al grosero cuando salía de su empresa y lo amenacé con contarlo todo. Se me rio en la cara. Me dijo que, si hubiera tenido las agallas, ya lo habría hecho hace tiempo, que no me atrevería nunca porque no era más que un pobre desgraciado que no había aportado nada al éxito del experimento. Desde entonces los amenacé de vez en cuando, a veces por carta, pero estaba claro que ya no querían saber nada de mí. No les importaba lo más mínimo lo que pudiera ser de vosotros. He visto crecer y prosperar esa empresa y te puedo asegurar, Daníel, que se ha convertido en la mayor farmacéutica del país. Estoy convencido de que toda su riqueza tiene su origen en vuestro grupo de torpes.
Largo silencio.
DANÍEL: Entonces, ¿estás diciendo que esa es la razón por la que he pasado toda mi vida drogado y con una camisa de fuerza en este hospital, como un despojo humano seminconsciente? ¡Qué maravilla! Te presentas aquí después de todos estos años para decirme que no me habría vuelto esquizofrénico si no me hubiera tomado esas cápsulas de aceite de hígado de bacalao azucaradas. Recuerdo que me chiflaban, a mí y a todos los niños. ¿Sabes lo que es vivir atormentado por la ansiedad, sin saber si las voces que oyes son reales o imaginarias? ¿O lo que es tener visiones espeluznantes que te empujan a matar a tu hermano y a tu madre y a quitarte tu propia vida sin tener el valor de llegar hasta el final? ¿O engullir medicinas que te aletargan hasta hacerte sentir que eres un pez dorado dando vueltas en una pecera mientras se te consume el oxígeno y poco a poco se desvanecen tus fuerzas hasta que flotas muerto en la superficie? Preferiría que me serraran las piernas cada día en lugar de soportar lo que he tenido que soportar. Dices que podría haber vivido una vida normal. ¿Tienes idea de cuánto he deseado tener una vida normal? ¿Sabes lo que daría por un solo día normal? Me lo he imaginado en miles de sueños. ¿Quieres saber cómo es? Te lo voy a decir. Para empezar, tengo una familia. Tengo una esposa que se levanta conmigo por las mañanas. Tengo tres hijos. Dos niños y una niña. Voy a sus camas, los despierto y hablo con ellos mientras los ayudo a vestirse. No sé dónde vivimos, pero los tres duermen en la misma habitación, como siempre había querido. En las paredes hay dibujos suyos. Es un día de verano y vamos a la cocina. Hacemos café y los niños desayunan mientras dicen tonterías. Después damos un buen paseo en coche, nos compramos un helado y salimos de la ciudad para hacer una excursión. Jugamos a la orilla de un lago y luego me tumbo con mi mujer para disfrutar del calor del sol mientras oímos a los chicos chapotear en el agua. El niño pequeño se cae, viene llorando porque se ha hecho daño y lo consolamos. De camino a la ciudad paramos en casa de Pálmi, que vive en un bonito barrio de las afueras. Mi hermano y yo pasamos el resto del día juntos con nuestras familias, hablamos de lo que ha salido en las noticias y nos reímos de algún amigo común. Hablamos de las vacaciones del verano pasado y de adónde podríamos ir el que viene. Comemos bien y nuestros hijos juegan juntos. Luego nos despedimos y nos vamos a casa.
A la hora de dormir, los niños se acuestan, pero mi mujer y yo nos quedamos despiertos hasta más tarde. Como es verano, nunca se hace de noche. Solo hay una luz más tenue, un poco distinta.
Silencio.
DANÍEL: Un día así. Un día normal.
Silencio.
HALLDÓR: Eso es lo que te arrebataron. Y también te arrebataron a tu madre. Y a Pálmi.
DANÍEL: Tú también, Halldór. Tú también nos lo arrebataste todo. ¿Cómo tuviste el valor? ¿Qué clase de persona eres?
HALLDÓR: Dios santo, Daníel. Si hubiera sabido cómo os iban a afectar las cápsulas, habría hecho algo, pero en aquel momento no lo sabía. Esos hombres me tenían acorralado. Los muy malditos me tenían acorralado por ser lo que soy. Pero he encontrado una solución, Daníel, y me gustaría contártela.
Silencio.
Pálmi continuaba prestando atención, pero ya no se escuchaba nada más. Al parecer, uno de los dos había apagado el aparato. Con el rostro hundido en sus manos, repitió mentalmente las palabras de Daníel una y otra vez hasta sabérselas de memoria. Se odiaba a sí mismo por haber comprendido tan tarde cómo se había sentido su hermano. Había entendido mejor su sufrimiento escuchándolo en una miserable cinta magnética, mucho mejor que en ninguna de las visitas que le había hecho. Ambos hermanos habían deseado lo mismo, cada uno a su modo.
Sacó la última cinta, la introdujo en el aparato y apretó el botón de reproducción. La cinta contenía el tercer y último encuentro entre Halldór y Daníel.
DANÍEL: Mamá era un ratón de biblioteca, leía cualquier libro que cayera en sus manos. Le gustaba leer en voz alta y a veces nos leía a Pálmi y a mí. A mi hermano se le debió de pegar algo, porque ha salido igual que ella. Una vez le pregunté a mamá si, cuando uno se encontraba dinero en casa, se lo podía quedar. Ella se quedó de piedra al oír mi pregunta. Levantó la mirada de su libro y me dijo que eso era una tontería. Aquel día, Kiddi Cuervo se había encontrado mil coronas en la cocina de su casa y había comprado chucherías para todos. Cuando por la tarde lo pasamos a buscar para que viniera a jugar con nosotros, lo habían castigado sin salir. Desde la calle escuchamos la zurra que le estaba dando su padre. «No hay que pegar nunca a los niños —decía mamá—. Hagan lo que hagan». Decía que Kiddi no había sabido que no podía coger ese dinero. No era un mal chico, y sus padres no habían entendido su acto de generosidad.
Silencio.
DANÍEL: Luego me leyó un fragmento de su libro. Era Moby Dick, con el capitán Ahab y la ballena blanca que tanto odiaba. En la borda había pescadores de todos los rincones del mundo, incluso un islandés. ¿Lo sabías?
HALLDÓR: No.
DANÍEL: Le pregunté a mamá qué hacía el islandés en el barco y se limitó a responderme: «Los islandeses pescan ballenas». Después fui a buscar las dos cajas de zapatos donde guardaba mis cromos para mirarlos mientras mamá seguía leyendo. Eran fotos de estrellas de Hollywood, yo las adoraba. Sacaba un fajo tras otro. Me encantaba ir al cine, pero, como nunca teníamos dinero, a menudo intentaba colarme con mis amigos. No era fácil, pero a veces lo conseguíamos. Conocía bien la cara de algunos actores y otras no me sonaban para nada. Pero nunca me olvidaré del cromo en el que me fijé aquella tarde porque fue una casualidad absoluta. Una de esas casualidades que comentabas. Era de un actor con la cara muy delgada cuyo nombre aparecía debajo de la foto: Gregory Peck. Me recordaba a papá. Más tarde me enteré de que había hecho de capitán Ahab.
Silencio.
DANÍEL: Fue la tarde en que llamaron. Pálmi no era más que un bebé y dormía en la habitación de nuestros padres. Yo estaba en mi cuarto. Mamá leía su enorme novela sentada en el salón. Papá estaba en el mar. Yo estaba metido en la cama sin poder pegar ojo, como tantas otras veces. Cuando no podía dormir, solía salir al salón y me sentaba con mamá para escucharla leer. En nuestra casa apenas sonaba el teléfono, así que nos sobresaltamos los dos al oír la llamada. Nos miramos. Mamá se levantó despacio para responder. Era el propietario de la naviera. Papá se había caído por la borda. Estaba en cubierta cuando una ola había roto violentamente contra el barco. El hombre le dio el pésame a mamá prometiéndole que le daría noticias en cuanto tuviera más información.
Mamá se quedó petrificada junto a la mesilla del teléfono y se volvió hacia mí para decirme que me fuera a dormir. No se atrevía a darme la noticia justo antes de irme a la cama. Prefirió esperar al día siguiente. Yo sabía que algo había pasado y me fui a mi habitación. Me tumbé y estuve un rato dando vueltas mirando la oscuridad de la noche a través de la ventana. Al final salí de mi cuarto y volví al salón. La vi sentada a la mesa del comedor con la cara entre las manos y escuché un llanto contenido. Me acerqué a ella y sentí que, de repente, se había quedado terriblemente sola.
Silencio.
HALLDÓR: Os di la medicación del experimento en vuestro último curso de primaria. Unas enfermeras venían con sus jeringuillas para sacaros sangre. Lo hacían en la pequeña consulta médica que había al final del pasillo de la planta baja, justo al lado de mi despacho. Seguro que te acuerdas. Yo nunca las llegué a ver y tenía prohibido comunicarme con ellas. A mí me avisaban de cuándo vendrían y yo tenía que enviarles a los chicos, uno a uno. Cada dos meses se metían a escondidas en el colegio, cuando todos los grupos estaban en clase, y nadie se daba cuenta. Total, nadie tenía razones para entrar en la consulta. Si os salían moratones por los pinchazos, vuestros padres apenas os preguntaban. Cualquier tipo de asistencia médica gratuita era bienvenida. Las enfermeras terminaban en diez minutos y se marchaban sin que nadie se hubiera percatado de su presencia. No había prácticamente ninguna posibilidad de que alguien las viera. Los empleados del colegio seguían unas reglas muy estrictas y cualquier movimiento en los pasillos después de que sonara el timbre estaba mal considerado. Además, estaban preparadas por si alguien se topaba con ellas. Era casi imposible que una misma persona se encontrara dos veces con la misma enfermera. Supongo que por eso eran dos y hacían turnos. A vosotros no os entusiasmaba su visita, pero os daban caramelos, ¿te acuerdas? No os podían dar muchos para que no os llamaran la atención en casa o para que no les dierais envidia al resto de vuestros compañeros, pero sí los suficientes para que estuvierais contentos. El chocolate era el mejor recurso. Antes de salir de la consulta, ya os los habíais comido. Y, a esa edad, los chicos olvidan enseguida. Cuando volvíais a clase, era como si no hubiera pasado nada. De hecho, no había pasado nada fuera de lo común que pudiera levantar las sospechas de vuestros padres. Enfermeras, inyecciones, pruebas de tuberculosis, vacunas. Os hacían de todo. Yo guardaba bajo llave dos tarros de cápsulas de aceite de hígado de bacalao en un cajón de mi mesa. Las repartía yo mismo a la hora del almuerzo, antes de sentarme a leeros un cuento. Las chicas cogían de un tarro y los ocho chicos del otro. Me debía asegurar de que os las tragabais, lo cual no era una tarea muy difícil. Las nuevas cápsulas os gustaban mucho más que las anteriores. Al final del semestre me las exigíais y me pedíais más de una e incluso más de dos. Me costaba tenerlas bajo control. A veces me daba cuenta de que me robabais alguna cuando me ausentaba. El cajón estaba cerrado con llave, pero de poco servía. Acabé por llevarme los tarros cada vez que salía del aula. Debía anotar cualquier cambio que observara en vuestro comportamiento y entregar un informe mensual. Cumplía órdenes a conciencia. No me gustaba lo que hacía, Daníel. Puedes creerme. Pero no tenía más remedio que cumplir sus órdenes. Me habrían delatado y no lo habría podido soportar. Estaba convencido de que era un experimento importante e inocuo. En ningún momento pensé que os podría pasar algo. Nunca pregunté qué contenían las cápsulas. En realidad, no quería saber nada de aquel asunto. Ni lo más mínimo. Como siempre, hice como si no pasara nada. Me convencí a mí mismo de que os daba unas cápsulas normales y corrientes. Siempre he vivido en negación, así que me daba lo mismo hacerlo una vez más.
Silencio.
HALLDÓR: Unos dos meses después de empezar a daros las cápsulas, observé un cambio radical tanto en vuestros resultados como en vuestro comportamiento, y así lo hice constar en mi informe, que igual existe todavía en algún lugar. Aprendíais con mucha más facilidad, mostrabais más interés, se os veía más despiertos, terminabais enseguida los ejercicios y siempre los teníais bien. Sacabais unas notas muchísimo mejores de lo que jamás habría podido esperar. Parecía que aprendíais sin hacer esfuerzo. Unos tontos como Agnar y Óskar se sabían de memoria poemas clásicos islandeses del siglo XIX solo con leérselos una vez en clase. Lo mismo pasaba con los otros chicos. Vuestras capacidades habían mejorado de una forma asombrosa en muy poco tiempo. Os habíais vuelto unos alumnos aplicados dotados de una excelente memoria. Sin embargo, vuestra conducta había empeorado. Tenía que enviaros constantemente al despacho del director, y eso que procuraba hacerlo lo menos posible. Era difícil daros clase, pero, a finales de curso, yo tenía un remedio que casi siempre funcionaba. Solo tenía que prometeros que os daría una pastilla más. Iba en contra de las reglas, pero no me quedaba más remedio. Para que veas, usaba las cápsulas como arma. Era lo más sencillo. Nadie se explicaba el milagro que había ocurrido en el 6.º L. Nadie menos yo. Me habían enviado a casa una caja entera de tarros para que tuviera de sobra hasta que terminara el experimento.
DANÍEL: Aquel año tuvimos trastornos de salud. A Skari le dieron convulsiones y nos reímos de él. Aggi vomitó en su pupitre, en sus libros y en la espalda de Gísli, que se puso hecho una furia.
HALLDÓR: Me acuerdo de que Aggi tenía la mano helada. Me dio bastante miedo.
DANÍEL: Nos metimos en tu casa para buscar las cápsulas. Aggi y yo. Mientras los demás esperaban fuera. Me acuerdo al detalle de todo lo que dijiste e hiciste.
HALLDÓR: Yo tampoco lo olvidaré jamás.
DANÍEL: Cuando terminaron las clases en primavera, no sabíamos dónde conseguir más cápsulas, así que fuimos a tu casa para ver si tenías. Llevábamos unas semanas encontrándonos mal. Teníamos como una especie de gripe que no se nos pasaba. Nos dolía al orinar, teníamos migrañas, hormigueos, náuseas, insomnio. Intentábamos beber más brennivín o acudir a los armarios de las medicinas de nuestros padres, pero lo que en realidad queríamos eran más cápsulas de esas. Te llamamos, pero no estabas en casa y no podíamos esperar hasta que regresaras. «Vamos, entramos y nos llevamos las cápsulas», sugirió Aggi. Encontramos tu dirección en el listín telefónico. Cogimos el autobús, pero no estabas en casa. Íbamos cinco. Los otros tres chicos de clase se iban siempre al pueblo en verano. Como la puerta estaba cerrada con llave, le dimos la vuelta a la casa y encontramos una pequeña ventana abierta en la parte de atrás. Entramos solo nosotros dos y los demás se quedaron vigilando. Éramos los más pequeños. Aggi se subió a mis hombros y se coló por el hueco. ¡La de basura que había dentro! Vimos las fotos de clase en las paredes. «Ve con cuidado para no romper nada», dije. Tu casa apestaba. ¿A qué olía? Nos teníamos que tapar la nariz. Parecía un meadero de gatos.
HALLDÓR: Reconozco que no soy la limpieza personificada.
DANÍEL: Procuramos no dejar huellas. Queríamos dejarlo todo como estaba. Solo buscábamos con la mirada. Recorrimos el interior sin tocar nada, pero no había ni rastro de los tarros de cápsulas. Luego movimos algunas cajas y husmeamos en los cajones, pero no encontramos nada. Estábamos seguros de que te enfadarías si te enterabas de que alguien había entrado en tu casa. Al llegar a tu dormitorio me invadió una extraña sensación. No daba crédito. No te conocíamos. Nos habías dado clase todos aquellos años, pero no sabíamos nada de ti. Nunca nos habías hablado de ti. Y ahí estábamos, dos ladrones invadiendo tu casa, viendo cosas que nos costaba asociar contigo: mal olor, suciedad, revistas porno, botellas de brennivín amontonadas, restos de comida en la cocina. Me parecía haber entrado en la caverna de un dragón. No quería seguir ahí ni un minuto más. No quería saber más cosas de ti. Solo pensaba en irme. Aggi encontró por fin los tarros. Había mirado debajo tu cama y había encontrado dos llenos.
HALLDÓR: Entonces llegué a casa y te quedaste atrapado.
DANÍEL: Skari dio un grito por la ranura del correo para avisarnos de que venías. Fuimos corriendo a la ventana de la cocina. Aggi pasó primero, pero se le quedó enganchado el cinturón y tardó un montón en soltarse. Cuando me subí a la mesa de la cocina, escuché la llave girar en la cerradura de la entrada y me quedé helado, sin saber si debía correr el riesgo de salir por la ventana o bajar y esconderme en algún sitio.
HALLDÓR: Era viernes y yo llegaba a casa con mi provisión de alcohol.
DANÍEL: Me metí debajo de la cama con la esperanza de que mis amigos encontrarían una forma de ayudarme, pero, cuanto más tiempo pasaba, más improbable lo veía. Mi única opción era intentar salir sin que me vieras. Escuchaba tus movimientos. Estabas haciendo algo en la cocina. Por el olor, estabas preparándote unas gachas de avena, y canturreabas. En realidad, no te tenía miedo a ti, sino a estar molestando a alguien que prefería estar solo y no quería recibir visitas. Lo que más me atemorizaba era tu reacción si te dabas cuenta de que alguien había entrado en tu casa. Respetábamos tu soledad.
Silencio.
DANÍEL: Dejé de oír ruidos en la cocina. Pensé que igual estabas en tu despacho. De fondo se oía esa música clásica insoportable que ponían todo el día en la radio. Decidí salir de la cama para asomarme por la cocina. Primero me moví a rastras, por si tenía que volver a mi escondite, pero luego me levanté. El armario ropero estaba medio abierto y vi el traje que te ponías para dar clase. Los cuatro estantes estaban llenos de camisas blancas planchadas y dobladas. Me despisté y me acerqué para tocarlas. Eran suaves como la seda y eran lo único limpio que había visto desde que había entrado. Entonces apareciste junto a la puerta. «¿Sabes por qué tengo tantas camisas blancas, Daníel?», escuché detrás de mí. Nunca me he llevado un susto más grande en mi vida. Pensaba que me moría allí mismo.
HALLDÓR: Perdóname.
DANÍEL: Llevabas un albornoz rojo y sujetabas un vaso y una botella de brennivín. «¿No te parecen bonitas?», me preguntaste. No podía escapar. No parecías muy sorprendido de verme. Me explicaste que te cambiabas de camisa cada día. «Las lavo yo mismo —dijiste—, las plancho, las doblo con cuidado y las guardo aquí. Me transmiten paz y serenidad, no sabría explicarte por qué», añadiste. Yo estaba delante del armario sin saber qué hacer. Estaba aterrorizado. Dijiste que seguro que tenía que ver con tu infancia. «Yo nunca tuve una infancia como vosotros. Me dais mucha envidia, mucha más de la que os podéis imaginar. Me robaron la niñez», dijiste.
HALLDÓR: Me he devanado los sesos toda mi vida preguntándome por qué. He llegado a la conclusión más sencilla, que quizá sea la más lógica. Fue una cuestión de azar. De mala suerte. Esa tiene que ser la respuesta. Yo no hice nada. Nunca he hecho nada. No podía hacer nada. Solo ocurrió porque fui concebido en aquel momento y no en otro, en aquel útero y no en otro.
DANÍEL: De ahí tu teoría sobre las casualidades.
HALLDÓR: ¿Por qué un hombre se vuelve rico y otro se vuelve pobre, Daníel? ¿Por qué un niño muere por enfermedad y otro no? ¿Por qué se cae uno por la borda y no su compañero de camarote? Maldita mala suerte. En eso pienso todos los días. En el azar. Es lo único que decide la dicha del hombre, créeme. El azar del demonio. En qué lugar del mundo nos conciben y en qué momento. Importa muy poco lo que hagamos. Muy poco. ¿Me concedieron a mí una pizca de buena suerte? ¿Tuve yo suerte? No, Daníel, no puedo decir que tuviera suerte. Si lo dijera, estaría mintiendo.
DANÍEL: Me dijiste que nos observabas a mí y a mis amigos cuando jugábamos al fútbol o perseguíamos a las chicas mientras nos reíamos en alto. Me confesaste que, cuando pensabas en tu niñez, no acudía a tu cabeza el recuerdo de la más mínima risa. «Ni una sola, maldita y condenada vez tuve motivos para sonreír», fueron tus palabras.
HALLDÓR: Y nunca lo hice. Nunca, Daníel. Nunca. ¿Qué tipo de vida es esa?
DANÍEL: «No quería entrar, solo quería saber si estabas y me he quedado encerrado», te dije. Te pregunté si podía irme a mi casa. Estaba aterrorizado. «¿No te apetece hablar con el viejo Halldór?», me preguntaste, dándome un abrazo. Luego me llevaste de la mano hasta el salón, atravesando la cocina, y me sentaste en un sillón. Al pasar por la entrada, noté que me agarrabas con más fuerza. «¿Es que no somos amigos, Daníel?», me preguntaste mientras me enseñabas tus fotos de clase. Te sentías bien rodeado de ellas. «Mira qué caritas —dijiste—. Le devuelven a uno la fe en la vida». Tu foto favorita era la de nuestra clase, en la que yo te miraba desde el suelo. «Casi me parece estar viendo a tu padre», dijiste.
HALLDÓR: No quería ser grosero. Perdóname.
DANÍEL: Seguiste bebiendo. Dijiste que mi padre nunca te había caído bien, que te parecía un pobre desgraciado. «Sin embargo, tu madre es una mujer de armas tomar. Una mujer valiente que no se deja pisotear».
HALLDÓR: Tuviste suerte de tener una madre como ella. Una madre que cuidaba bien de ti. Y de tu hermano. Es muy bueno que tengas un hermano. Que tuvieras una familia a la que acudir y que te esperaba en casa. Yo he estado solo toda mi vida. No tengo claro que haya sido mi elección. No lo sé. Prefiero creer en el azar.
Silencio.
DANÍEL: No parecías sorprendido de verme en tu casa y dijiste que ya te habías imaginado que buscaríamos más cápsulas.
HALLDÓR: Esas cápsulas del demonio.
DANÍEL: Querías que me quedara a charlar contigo. Dijiste que no socializabas mucho, que preferías recluirte en tu agujero para pensar en el azar y beber brennivín. Me dijiste que era terrible estar solo y que debía encontrar una mujer guapa con la que vivir y tener hijos y darles un bonito hogar que estuviera limpio, ordenado y oliera bien. Luego hablamos de tu madre y de tu padre.
HALLDÓR: ¡De mamá y papá! Yo nunca tuve ni un padre ni una madre, Daníel. Mi padre… no he sabido nunca quién fue en realidad. Puede que fuera aquel hombre al que fui a ver una vez. El viejo Svavar. Quería saber qué pensaba de mí, y si nos parecíamos. Pero probablemente tenía hijos de sobra. Me echó. Y no nos parecíamos en nada. Seguro que tú entiendes bien esa necesidad de tener un padre, Daníel. Es poderosa. La más poderosa que hay. Tenemos derecho a buscar refugio en un padre fuerte.
DANÍEL: ¿Y tu madre?
HALLDÓR: Es mejor que no oigas la historia de mi madre, Daníel. Que no oigas ni una palabra. No se preocupaba mucho por mí. Aunque te puedo contar una de las veces en que fue buena conmigo. Es un recuerdo al que acudo cuando el horror se me hace insoportable. Yo tendría unos siete años. Era la época de la siega. Aquel verano vivíamos en casa de un buen granjero. Amontonábamos el heno en almiares y me mandaron a la granja para ir a buscar pan y café. Era un día de sol, una cálida brisa me acariciaba el rostro y me sentía feliz. Pensaba en las cosas buenas que tenía. Cuando volví, mi madre se sentó conmigo junto a un almiar y almorzamos en silencio. De pronto, me abrazó y me apretó contra ella, aunque me soltó enseguida. Eso fue todo. Un gesto de calor humano que no he olvidado desde entonces. Ahora ya no sé si pasó de verdad o son imaginaciones más, pero me parece que ocurrió así.
DANÍEL: Luego te dije que me tenía que ir. Mamá se iba a preocupar por mí. «Perdona por haber entrado en tu casa —dije—. No lo volveré a hacer». «¿Te parece que soy mal profesor? —me preguntaste—. ¿Os he tratado mal alguna vez? ¿Os he pegado o gritado? ¿He sido mal profesor?». Dijiste que nos habías leído todos tus cuentos favoritos. A veces nos cogías y nos sentabas en tus rodillas. «El director del colegio ha recibido algunas quejas», dijiste. Te había llamado a su despacho para decirte que las chicas tenían envidia de los chicos. Lo dejaste de hacer. Dijiste que debías andar con cuidado.
HALLDÓR: Luego me sobrepasé.
DANÍEL: De pronto, tu voz adquirió un tono siniestro. Me hablaste de tus camisas. Me constaste que, antes de acostarte, te ponías una de esas bonitas camisas blancas, suaves e impolutas que tenías en medio de aquella pocilga. Dormías a pierna suelta con la camisa puesta. «Son mi armadura», dijiste. Entonces me agarraste del brazo. Te olía el aliento a alcohol. Me dijiste que, no contentos con haber matado lo que eras y lo que podías haber llegado a ser, aquellos hombres te habían metido dentro un monstruo contra el que luchabas cada día. Pero, en ocasiones, no lo podías controlar. Te vencía.
HALLDÓR: A veces, en clase, se metía en mi cabeza. Le dejaba ganar y le permitía quedarse. Se adueñaba de mis pensamientos. A veces estabas sobre sus rodillas, Daníel. Y te decía: «Escucha el silencio».
DANÍEL: Intentaste quitarme la ropa.
HALLDÓR: Perdóname, Daníel.
DANÍEL: Me escapé.
Silencio.
HALLDÓR: Tengo que pedirte un favor, Daníel. Es un favor terrible, pero tú eres el único que me lo puede hacer. He vivido en un tormento todos estos años. A veces, cuando me acuesto por las noches, me gustaría no volver a levantarme. Soy escoria. Nunca debí haber venido a este mundo. Me concibieron en un establo, que es muy diferente de haber nacido en uno. Y así ha sido toda mi vida. El resultado de una simple lotería. Nunca he tenido a nadie, no he tenido amigos, salvo los niños del colegio, y hasta ellos se han vuelto en mi contra. Nunca he podido imaginarme fundando una familia, a diferencia de ti, Daníel. Quizá me hubiera ayudado, no lo sé. No le he dado muchas vueltas. Perdóname por la propuesta que te voy a hacer, pero creo que eres un amigo lo bastante bueno como para que me tomes en serio. Quiero que me mates.
Largo silencio.
HALLDÓR: No debería ser difícil. Total, llevo décadas muerto. Soy demasiado generoso llamando vida a esto que he ido arrastrando, más por hábito que por ganas. Fui concebido en la vergüenza, estoy hecho de vergüenza y vivo en la vergüenza. No tengo escapatoria. Ya no tengo fuerzas. Quiero morir. Pero soy incapaz de suicidarme. Ya lo he intentado. Por eso te pido que me ayudes.
Largo silencio.
HALLDÓR: ¿Daníel?
Silencio.
DANÍEL: Sé de un hombre que podría hacerlo. Yo no puedo, como comprenderás. Pero conozco a alguien.