Inocencia robada
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Unos meses después, un espléndido día de domingo, Pálmi aparcó su coche frente al inmueble donde vivía Helena. Se habían hecho buenos amigos durante el invierno y quería saludarla y darle algo que llevaba tiempo esperando. Avisada de que iba de camino, la anciana le abrió la puerta y lo dejó entrar en su minúsculo apartamento.
—Por fin te traigo tu cuadro de Kjarval —le anunció mientras sacaba un pequeño paquete.
—Mira que han tardado —comentó Helena—. Les ha costado cuatro meses. Eso sí, veo que se han esmerado mucho. Les ha quedado igualito. ¿Me lo podrías colgar en la pared, cielo?
Pálmi puso el retrato en su sitio y lo miraron unos instantes. La anciana se acercó y lo recolocó.
—Has venido en coche. Te acabas de sacar el carné, ¿no? No paras —reparó Helena.
—Ya era hora —admitió Pálmi.
—¿Qué me cuentas de Kristján? ¿O debería decir Jóhann? —preguntó, mirando a Pálmi.
—Llámalo Kiddi Cuervo. Es lo mejor. Estuvo destrozado durante una temporada y lo pasó muy mal cuando enterramos los cuerpos que Sævar Kreutz había guardado. Fue un mal trago. Metimos todos los cadáveres en la misma tumba. No está señalada, pero sabemos cuál es. Ahora comienza a levantar cabeza y trabaja en el puerto. Dice que la pesadilla lo atormenta cada vez menos. Se está recuperando poco a poco. Estamos mucho en contacto. Me viene a ver a menudo y pasamos el rato charlando. Se pondrá bien.
—¿Y nunca atraparon a ese monstruo de Sævar Kreutz?
—Creen que está en algún lugar de Europa, probablemente en Alemania. Se fugó con Aggi. Unos días después, el vigilante confesó que lo había llevado a un carguero alemán que estaba a punto de zarpar, pero el barco ya había llegado a Hamburgo cuando lo contó todo. Negó estar al corriente de las actividades de Sævar Kreutz. Erik Faxen también afirma no saber nada, ni de ese asunto ni de ningunos experimentos con medicamentos. Pero dudo que se salga con la suya tan fácilmente. Guðrún es la testigo principal del fiscal y, como es evidente, cumplirá condena por lo que hizo. De todos modos, ya sufre su propio castigo. Por lo que me ha dicho Erlendur, está destrozada por todo lo que ocurrió y no deja de llorar. La martiriza el remordimiento de conciencia. Ya veremos qué hace el fiscal. Lo más seguro es que silencie el caso. Hasta ahora, las autoridades han conseguido mantener la clonación en secreto. Esperemos que las cosas sigan así. Sería un desastre si saliera a la luz. El coreano y sus hombres salieron del país después de haber declarado ante la policía. Seguro que ya ha encontrado la vida eterna en otro sitio. Que le aproveche. Un equipo de investigación de la universidad ha examinado la casa de Sævar. El grupo Kreutz ha negado todas las acusaciones y afirma no saber nada de ningún laboratorio de clonación. Hacen sus investigaciones, como tantas otras entidades, pero ni por asomo han comenzado a clonar humanos. Sævar Kreutz ha desaparecido de la faz de la Tierra. No se ha sabido nada de él desde que huyó del país. Eso es todo lo que Erlendur me ha podido contar.
—Estuvo aquí este invierno. Vino un día con Sigurður Óli para informarme sobre las circunstancias de la muerte de Halldór. No me dijeron que tuvieran la intención de perseguir a Kristján. Ya tenía bastante con lo suyo. El caso se registró como un suicidio. Qué buenos tipos. Todo parecía fluir muy bien entre ellos. Como si se hubieran relajado después de haberse sacado los trapos sucios.
Se hizo un breve silencio.
—He arreglado el cuarto de cuando era pequeño —anunció Pálmi—. La habitación de la que te hablé. La he pintado y he dejado la puerta abierta.
—Qué bien.
—Bueno, será mejor que me vaya.
—¿Adónde vas tan deprisa?
—Dagný y yo vamos a dar una vuelta en coche con los chicos. Queremos disfrutar del buen tiempo y salir de la ciudad. Parar en algún sitio, hacer un pícnic, tumbarnos al sol y ver jugar a los niños. Habíamos pensado volver por la tarde y aprovechar que ahora, en verano, hay luz durante la noche.
Pálmi se despidió, salió del inmueble y se subió al coche, donde lo estaba esperando Dagný junto a sus dos hijos. En el asiento trasero, un bebé miraba al cielo desde su silla con sus ojos enormes. Lo llamaban Danni, pero su verdadero nombre era Daníel.
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