Inocencia robada

Inocencia robada


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HALLDÓR: Dile que guardo un bidón de gasolina en mi apartamento. Que me ate a la silla del despacho, que esparza gasolina por la casa y luego me rocíe a mí hasta que tenga toda la ropa empapada. Que vacíe el bidón por completo y luego me lance una cerilla. Quiero que arda conmigo todo lo que tengo. Que no quede ni una pizca de mis posesiones. No quiero que nadie hurgue en mis cosas después de mi muerte. Soy muy celoso de mi vida privada, ya lo sabes, Daníel. No me da miedo el fuego. El fuego me purificará. Me hará un nuevo hombre.

Silencio.

DANÍEL: Hablaré con él.

Silencio.

HALLDÓR: Te he traído mis camisas.

DANÍEL: Muchas gracias. Pero no creo que las vaya a utilizar mucho. Yo también estoy a punto de partir.

Silencio.

DANÍEL: Ad astra.

La grabación había llegado a su fin. Sentado en la penumbra, Pálmi observó en silencio el reproductor. «Ad astra», pensó. Hacia las estrellas. Daníel ya estaba muerto cuando asesinaron a Halldór, así que no había podido matarlo él. ¿Había conseguido que alguien cumpliera el deseo de su profesor? ¿Quién había sido? ¿A quién conocía Daníel que pudiera haberlo hecho? ¿A Sigmar? Pálmi reflexionó y comprendió que Daníel ya había tomado la decisión de suicidarse en el momento en que tuvo lugar esa conversación.

El apartamento estaba a oscuras y Pálmi encendió la lámpara de la mesa. Seguía sin darse cuenta de que la puerta de su antigua habitación estaba ligeramente entreabierta. Llevaba años sin entrar y hacía tiempo que ni siquiera era consciente de su existencia. Mientras observaba el reproductor y las cintas, le pareció notar una presencia. La sensación era tan fuerte que se levantó de un salto y tiró la silla sin querer. Se asomó por el pasillo y vio que la puerta de su habitación estaba abierta de par en par. Lo sacudió un escalofrío. Dio unos pasos hacia atrás en el salón y percibió un movimiento en el dormitorio. Nadie había abierto esa puerta en años. Atenazado por el pánico, no podía ni emitir un grito. De pronto, cuando estaba a punto de salir corriendo hacia el patio de la escalera, vio aparecer la figura de un hombre corpulento. En el momento en que iba a pedir auxilio, le pareció que aquella silueta le era familiar. Un instante después, Pálmi se dio cuenta de que era Jóhann.

—¡Jóhann! —suspiró, desconcertado—. ¡Jóhann! ¡Jóhann! Por el amor de Dios, ¿qué demonios hacías ahí dentro? ¿Cuándo has entrado? No entiendo nada. ¿Has escuchado las cintas?

—Tranquilo, Pálmi. No tengas miedo. Quería ver la habitación donde Danni había intentado prenderte fuego. Me he tumbado en la cama. He venido al mediodía, pero, como no estabas en casa, he entrado por mi cuenta. Deberías ordenar ese cuarto. Y sí, he escuchado las cintas, pero ya conocía su contenido. Danni me lo había contado todo.

—Pero ¿por qué has entrado así en mi casa? ¿Cómo que ya te lo había contado? ¿Por qué no me lo habías dicho antes?

—Tienes que saber una cosa. Hay algo muy tuyo, Pálmi, y es que nunca miras a los ojos de la gente. Siempre miras hacia el suelo, o hacia un lado, pero nunca a los ojos. No eres el único, y yo lo identifico como un signo de timidez. Te falta confianza en ti mismo. Lo cual es comprensible.

Jóhann se sentó a la mesa del comedor.

—El caso es que, aunque te hubieras dado cuenta, puede que no lo hubieras mencionado nunca. Eres un chico educado, Pálmi. Tal vez demasiado.

Pálmi miraba a Jóhann fijamente mientras lo escuchaba. Nunca le había hablado de una forma tan enigmática.

—¿De qué estás hablando, Jóhann?

—De los ojos.

Jóhann cerró el ojo derecho y se lo apretó varias veces con los dedos. Pálmi no se podía creer lo que estaba viendo. Jóhann se sacó lentamente el ojo de la órbita hasta sostenerlo en la palma de la mano. Lo alzó para enseñárselo a Pálmi y cruzó el salón parar dárselo. Atónito, Pálmi lo cogió y lo observó con detenimiento.

Se acercó a Jóhann y, por primera vez, levantó la mirada hacia sus ojos y la detuvo en su órbita hueca.

—¡Kiddi! —suspiró finalmente—. Tú no te llamas Jóhann. Tú eres Kristján. ¡Kiddi Cuervo!

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