Inocencia robada
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Einar había localizado a una de las enfermeras. Se llamaba Guðrún. Los diez agentes de su equipo habían elaborado una lista con los nombres de las enfermeras nacidas entre 1930 y 1935. Era el primer sesgo de búsqueda y se había aplicado siguiendo las declaraciones de Sigmar, según las cuales las enfermeras tenían unos treinta y cinco años. La lista recogía un total de cincuenta mujeres y a cada agente le habían asignado la tarea de investigar a cinco de ellas. Guðrún figuraba entre los nombres de Einar.
La anciana vivía en un bloque de pisos del barrio oeste. Todavía trabajaba como enfermera y acababa de volver a casa después de su turno cuando Einar llamó al interfono.
—¿Sí? —respondió la voz metálica del telefonillo.
—¿Guðrún Klemenzdóttir?
—Sí. ¿Quién pregunta?
—Me llamo Einar y soy de la Policía Judicial. ¿Tienes un momento para preguntarte sobre un caso que estamos investigando?
Se hizo un silencio.
—¿Guðrún? ¿Estás ahí?
—Perdona, sí, sube —respondió Guðrún—. Llevo un tiempo esperando vuestra visita.
Le abrió y Einar entró en el impoluto patio de vecinos. Cuando llegó a la planta de Guðrún, vio que la puerta de su piso estaba abierta. Al entrar se encontró a la mujer poniéndose un abrigo frente al armario ropero. Era bajita y regordeta, tenía una cara cordial y el pelo blanco y lacio. A Einar le recordó a una abuelita de cuento infantil.
—Llevaba años pensando en ponerme en contacto con vosotros —admitió—. Preferiría hablar de esto en comisaría en vez de hacerlo en mi casa.
—Por supuesto —convino Einar mientras paseaba la mirada por el apartamento. Todo estaba bastante descuidado. Los muebles estaban viejos y rotos. En el salón, una enorme estantería desordenada ocupaba casi toda la pared. En la alfombra de color mostaza se veía un rastro de huellas que comunicaba la cocina y el salón. El aire estaba cargado. A Einar le pareció que flotaba una mezcla de olor a pescado hervido y tiburón fermentado.
—¿Puedo pedirte que esperes un momento? —le preguntó Guðrún, ya vestida con su grueso abrigo beis y su sombrero negro.
—No faltaba más —respondió Einar, que no se había movido de la entrada.
—Estaba calentando agua del grifo cuando has llamado. ¿A ti no te hace falta nunca calentarla? —le preguntó al policía, que no entendió el comentario.
—Es que, para mí, sale helada —le aclaró—, y más en invierno. Así que la templo un poco en una cazuela cuando tengo sed. ¿Tú no lo haces nunca?
—La verdad es que no —respondió Einar.
Guðrún entró en la cocina y Einar la observó apagar el fuego, retirar la cazuela y verter el agua en un vaso. No se dio ninguna prisa. Al terminar, salió de la cocina.
—Bueno, pues vámonos —anunció—. Ya era hora. La verdad es que ya era hora.
Una vez en el despacho de Erlendur, Guðrún tomó asiento después de haberse quitado el abrigo y el sombrero, haber pedido un café y haberle preguntado al policía si llevaba un cigarrillo.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó la mujer mientras fumaban, uno frente al otro.
—Erlendur Sveinsson.
—¿Y de quién eres hijo, Erlendur?
—Sveinn, mi padre, trabajaba en una fundición de acero. Y Áslaug, mi madre, en una charcutería. Igual los conocías.
—Aquí nos conocemos todos, ya lo sabes. ¿Era empleada en la calle Hafnarstræti, tu madre?
—Sí, trabajó allí casi toda su vida.
—Creo que me acuerdo de ella. Una mujer majísima. Encantadora. Físicamente no os parecéis mucho.
—¿Podríamos centrarnos en la cuestión?
—Éramos dos, Rannveig y yo. Ella murió ya, la pobre. Cuando le diagnosticaron el cáncer de pulmón, solo le quedaban seis meses de vida. Eso sí, fumaba como una chimenea. Murió hace un año. Éramos muy amigas y la iba a ver a menudo al hospital. En su lecho de muerte hablamos de lo que ocurrió y de los chiquillos y antes de morir me expresó su deseo de que le contara a alguien nuestra implicación en el experimento.
Erlendur escuchaba en silencio.
—Rannveig era la única hermana de Sævar Kreutz.
—Un momento, ¿Sævar Kreutz? ¿De qué me suena ese nombre?
—Es el dueño de la farmacéutica Fentíaz. Creo que nadie sabía que tenía una hermana.
—Sævar Kreutz, el que vive en Alemania —murmuró Erlendur para sí mismo—. El que abandonó la empresa familiar para fundar su propia farmacéutica en colaboración con los alemanes. Solo viene por Islandia unas pocas semanas al año. Un hombre de lo más misterioso.
—Rannveig y yo nos conocimos estudiando enfermería y luego trabajamos las dos en el Hospital Nacional durante muchos años. Un día me preguntó si podía hacerle un favor. Me pagaría bien y no tenía que hacer gran cosa, pero debíamos mantenerlo en secreto por una serie de razones. La tarea era muy extraña. Teníamos que ir dos veces cada una al colegio de Víðigerði, alternándonos, durante el curso académico 1967-1968, y sacarle sangre a un grupo de niños que alguien nos enviaría a la consulta. Nadie podía enterarse de nuestra presencia en el centro. Debíamos trabajar rápido y marcharnos sin hablar con nadie. Me pareció interesante y en ningún momento me pregunté qué hacíamos ni para quién trabajábamos. Todo fue como la seda. Los pequeños venían y nos hablaban, pero no podíamos decirles nada salvo lo estrictamente necesario. Les dábamos chocolate para facilitar las cosas. Hacían lo que fuera por una onza de chocolate. Seguramente no les daban mucho en sus casas. Tenían pinta de pobres, las criaturas.
—¿Nunca se te ocurrió pensar que estabas participando en algo que pudiera causarles algún daño?
—Nunca. No en aquel momento. Confiaba plenamente en Rannveig. Era una bonachona, y mi mejor amiga. No tenía ni la más mínima sospecha de que allí se pudiera estar cociendo algo. Evidentemente era una ingenuidad por mi parte. Pero así eran las cosas. Lo más seguro es que me mintiera. Sævar Kreutz le había dicho que quería hacer unos simples análisis de sangre saltándose el protocolo, sin pedir el consentimiento de colegios, padres y autoridades. «Quería acortar el camino», me dijo Rannveig, y yo tampoco le di muchas vueltas.
—¿Qué hacías con las muestras de sangre?
—Se las daba a Rannveig. Al final de curso lo dejamos y todo volvió a su cauce habitual. Excepto que yo no dejaba de pensar en los niños. Sin embargo, Rannveig no parecía querer hablar mucho de ellos, así que dejé de insistir. No volvimos a tocar ese tema hasta hace poco, cuando ya estaba moribunda.
—¿Qué hacía Sævar Kreutz con las muestras?
—Según Rannveig, realizaba una investigación que quería llevar en secreto. Y que no tendría ningún efecto nocivo. Creo que mi amiga no sabía mucho más que yo. Pero el caso es que nunca nos sentimos bien después de haberlo hecho. Luego, en verano, vimos aquellas fotos en los periódicos.
—¿Qué fotos?
—Los reconocimos. Nos decían sus nombres para que pudiéramos identificar las muestras. Todavía me acuerdo de todos. Dos de ellos murieron ese verano. Sus fotos salieron en la prensa, en la sección de necrológicas. A Agnar le dio un infarto. Gísli murió en un accidente mientras trabajaba en una granja. Me pareció una extraña casualidad, justo después de que terminara el curso. Aun así, no me pareció nada especialmente preocupante. Sin embargo, a lo largo de los treinta años que han pasado, he ido viendo el nombre y las fotos de esos niños en los periódicos. El último, hace poco, fue Daníel, que se suicidó en el hospital donde había estado ingresado. Puede que sus muertes tengan explicaciones normales, siempre he albergado esa esperanza, pero me consume por dentro la idea de haber sido partícipe de algo que les causara esas desgracias.
—¿Y no pensaste en venir antes para darnos esta información?
—Se me pasó a menudo por la cabeza, incluso alguna vez ya me había puesto el abrigo y estaba dispuesta a salir. Pero siempre me echaba atrás. Como te digo, lo que les ocurrió a esos niños puede tener una explicación perfectamente lógica. Y Sævar Kreutz no es el tipo de persona a quien se le acusa de algo solo porque sí. Me da que pronto lo descubrirás tú mismo. No tengo nada más que decir. Me voy a mi casa. Si necesitas algo, no dudes en llamarme.
—Un momento, un momento —replicó Erlendur—. Aquí soy yo quien dirige esta investigación y no tú. Me parece que te dejas algunas cosas en el tintero.
—¿Como qué? —preguntó Guðrún.
—Tú lo sabrás mejor que yo.
—¿El qué? ¿Adónde quieres ir a parar?
—¿Cuál es tu relación con Sævar Kreutz?
—¿Relación? Ninguna.
—Una mujer sensata como tú se presenta dos veces en un colegio de Reikiavik con sus jeringuillas sin que nadie la vea. Extrae muestras de sangre a unos niños y les da chocolate sabiendo en todo momento que está haciendo algo de lo que nadie puede enterarse. Su mejor amiga le da unas explicaciones vagas, está bien. Le entrega la sangre de los niños como si tal cosa. Tengo la impresión de que ahí hay algo más. Creo que conocías a Sævar Kreutz.
—Tonterías —respondió Guðrún, sin sonar muy convincente.
—¿Te viste con él alguna vez?
—No tengo nada más que añadir.
—No lo hiciste solo por tu amiga Rannveig, ¿verdad?
—¿Qué estás insinuando?
—Estoy seguro de que conocías a Sævar Kreutz.
Guðrún suspiró y observó a Erlendur en silencio.
—Era un monstruo —murmuró al final, como para sí misma—. Rannveig nos presentó. La acompañé a su casa. Era alto y delgado, muy guapo, un hombre atractivo, pero hasta más tarde no entendí de qué calaña era. Utiliza a la gente y luego la tira cuando ya no la necesita. Rannveig dejó de verlo mucho antes de que muriera. Se había negado durante mucho tiempo a reconocer qué clase de hombre era. Con el tiempo se alejaron el uno del otro hasta que ella ya no quiso saber nada. Aquella tarde me trató como si yo fuera el hada de sus fantasías, me adulaba sin cesar y me hablaba con cariño, como un actor en una película romántica. A mí me gustaba, era una treintañera solterona. No me he casado nunca. Ese día caí rendida a los encantos de Sævar Kreutz, que quiso humillarme enseguida y comenzó de inmediato a hablarme de aquellos análisis de sangre y de lo exasperantes que eran los procedimientos burocráticos. Creo que también fue la primera vez que Rannveig oía la idea. Yo estaba dispuesta a hacer lo que fuera por aquel hombre.
—¿Así que no fue Rannveig quien te habló de aquel misterioso proyecto?
—Esa versión me resulta más fácil. Supongo que me mentí tantas veces a mí misma que terminé por creérmela. Cualquier cosa es mejor que la verdad.
Erlendur le ofreció otro cigarrillo y se lo encendió.
—Lo vi más veces y él seguía mostrándose igual de dulce conmigo. Pero pronto tuve la sensación de que ocultaba algo. Aunque fuera cariñoso, o fingiera serlo, siempre lo notaba distante. Al final de curso, cuanto todo había terminado, desapareció. Lo llamé, e incluso le escribí una carta, pero, de repente, se había convertido en otro hombre, frío y desagradable. Al final fui a su casa, me abrió y me dijo que me olvidara de todo. «Olvida todo esto —me dijo desde la puerta antes de cerrármela en las narices—. Olvida todo esto».
—¿Os acostasteis?
—¿De verdad necesitas saberlo?
—A veces mi trabajo puede ser desagradable.
—Sí, nos acostamos. Me quedé boquiabierta delante de su casa, sin entender nada. Toqué el timbre de nuevo, llamé a la puerta, pero no dio ninguna señal de vida. No lo volví a ver nunca más. Me sentía como si me hubiera violado.
—Por eso no se lo contaste a nadie.
—Sævar Kreutz tiene el don de hacerte querer mantener en silencio que lo has conocido.
Guðrún se levantó y se despidió de Erlendur con un apretón de manos. Cuando estaba a punto de salir por la puerta, se volvió lentamente y dijo, pensativa:
—Rannveig no sabía de qué iba aquella historia. Estoy convencida. Una vez habló conmigo muy agitada. Pensaba que su hermano se había vuelto loco. Decía que se había adentrado en un terreno donde nadie debía meterse. No me quiso dar más explicaciones, pero recuerdo que estaba consternada. Creo que, desde entonces, no volvió a hablar con él.
Guðrún se marchó y, un instante después, Sigurður Óli entró en el despacho de Erlendur, que le hizo un resumen del interrogatorio y le pidió que no le contara nada a nadie. El caso había entrado en una nueva y delicada fase.
—¿Cuáles eran las letras que habíamos visto en el vientre de Sigmar? —preguntó Sigurður Óli sacando su bloc de notas—. E y A. ¿Crees que ese es el nombre que había intentado escribir?
—¿Qué nombre? —preguntó Erlendur.
—Fentíaz.
—O sea, que Sigmar lo había descubierto. Pero ¿cómo?
Erlendur y Sigurður Óli pasaron el resto de la jornada indagando con discreción. Al final del día, ya tenían información más que suficiente sobre Sævar Kreutz y Fentíaz.