Inocencia robada

Inocencia robada


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—La policía ha dado con Guðrún —anunció la voz al teléfono esa misma noche—. Te dije que debíamos tomar medidas contra ella. Te lo advertí desde el principio.

—No voy a tomar ninguna «medida» contra Guðrún. Y empiezo a cansarme de ese tono. Era amiga de mi hermana, Rannveig, y fue la que más se preocupó por ella en sus últimos días. Antes tomaría «medidas» contra ti que contra ella. Hablas como en una película de serie B. ¡Medidas!

—¿Qué hacemos entonces?

—Guðrún es ya una mujer mayor. Es el único testigo que tienen y me cuesta creer que la vayan a tomar muy en serio. No tienen nada que corrobore su testimonio.

—Puede ser. Por lo que parece, Sigmar no conocía su vínculo con nosotros. En todo caso, no mencionó nada en el interrogatorio. Por suerte, se suicidó en el calabozo. Era el último que quedaba. Hemos eliminado todos los documentos relacionados con el caso. No existe ni el más mínimo registro en ningún sitio. Lo único de lo que no sabemos nada son esas cintas que Halldór decía que tenía, aunque estoy seguro de que iba de farol. No tenía agallas para actuar contra nosotros. No eran más que amenazas vacías.

—La policía no tiene indicios de nada. Además, se ocupan sobre todo de buscar al asesino de Halldór y nosotros no tenemos nada que ver con esa historia. Transmíteles el mensaje de que deberían centrarse en ese homicidio, muy probablemente cometido por Sigmar, en lugar de despistarse con los chismes de una señora mayor.

—Mañana llegan los coreanos.

—Estaba claro que vendrían.

—Luego hay otra cosa.

—¿Sí?

—Ha desaparecido.

—¿Quién?

—Nuestro hombre. Investigaba lo de las cintas, pero no recibí noticias suyas cuando llegó el momento acordado. Le he perdido la pista y no consigo encontrarlo.

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