Inocencia robada

Inocencia robada


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Pálmi tenía un millón de preguntas que hacerle, pero no sabía por cuál empezar. Kiddi Cuervo parecía recién salido de una tumba largamente olvidada, como si hubiera regresado desde las profundidades del pasado, cargado de respuestas para Pálmi. Conocía detalles de la vida de los dos hermanos, de sus antiguos compañeros y de Halldór. Sabía cómo había ocurrido todo y podía confirmar el testimonio de Sigmar. Kiddi había sido testigo de lo que más le importaba a Pálmi en aquel momento. Sin embargo, lo único que salió de su boca fue:

—No lo entiendo.

—Decían que todas las desgracias me ocurrían a mí, pero ahora solo quedo yo, y casi no tengo ni un rasguño.

Se puso el ojo y Pálmi se sintió más cómodo. Nunca se había fijado en que Jóhann, o Kiddi Cuervo, tenía un ojo falso. Tenía razón: Pálmi evitaba mirar a la gente a la cara cuando hablaba con ella. Sin embargo, en aquel momento no podía apartar la mirada de su ojo de cristal.

—Es de muy buena calidad —añadió Kiddi—. No eres el único que no se ha dado cuenta.

—¿Cómo has conseguido esconderte durante todos estos años? —le preguntó Pálmi, una vez superada la inicial sensación de miedo, asombro y suspicacia.

—Te asombrarías de lo fácil que es.

—¿Asesinaste tú a Halldór?

—Asesinato no es la palabra. Fue un suicidio asistido, ya lo has oído. Murió exactamente de la forma en que quiso, y tienes las cintas que lo demuestran.

—¿Odiabas a Halldór por lo que os hizo y por eso lo mataste?

—Lo odiaba, sí, pero también me daba pena, el miserable.

—Estaba enfermo. No hay que hacerles caso a las personas como él y acceder a todo lo que nos piden, y menos a algo tan descabellado como prenderles fuego.

—Era su único deseo, Pálmi, no dejaba de darme las gracias. Le pregunté una y otra vez si de verdad era eso lo que quería y siempre me respondía alegremente que sí. Quería morir y quería hacerlo de esa manera. El fuego era importante para él. Ya lo has oído en la grabación. El fuego purificador. Citó a Jesucristo unos instantes antes de morir: «El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará».

—Lo ataste a la silla.

—Por exigencia suya. No quería tener la posibilidad de huir.

—Pero no tenía la cabeza en su sitio. Lo que lo habría ayudado era una terapia, no un incendio. Es terrible haberle concedido ese deseo.

—Halldór no quería ninguna terapia. Creo que la gente tiene que poder decidir por sí misma sin que nosotros juzguemos si la decisión está bien o mal. Cada uno es dueño de sí mismo.

—Pero ¿cómo pudiste hacerle eso a Halldór?

—Encendí la cerilla, se la puse encima y me fui corriendo. Evidentemente no fue fácil para mí. No soy un maldito asesino. Todavía no, en todo caso. Pero esa era su voluntad y Daníel me había pedido que lo ayudara a cumplirla.

—¿También habrías ayudado a Daníel si te lo hubiera pedido?

—Danni no me pidió nunca nada, Pálmi, así que nunca tuve que posicionarme. Está claro que habría tenido que reflexionar, pero eso también lo había hecho con Halldór. Primero hablé mucho con él, no entré como un ladrón por la noche para prenderle fuego. Tuvimos largas conversaciones, pero nunca mostró la menor duda. Mi intención era facilitarle la vida a Daníel. No arrebatársela.

—Eres el único de tu clase que queda con vida.

—Tiene que ser una de esas casualidades naturales que Halldór le había mencionado a Danni. He leído que, según los griegos, la suerte era un factor determinante en la felicidad del hombre. Las cápsulas de aceite de hígado de bacalao me parecían tan malas que las tiraba o se las daba a otro. Lo hacía siempre. Un día los chicos dijeron que habían cambiado de sabor, pero a mí me gustaban menos todavía y les seguí dando las mías. Menos cuando Halldór nos las metía directamente en la boca con esa cara que ponía al acariciarnos los labios con el dedo. Muchas veces nos reíamos de eso. Aquel año le di a Danni casi todas mis cápsulas y se las tomó junto con las suyas. Tú sabes mejor que nadie cómo acabó. ¿Entiendes lo que quiero decir? Estoy convencido de que, sin saberlo, condicioné el desarrollo de su enfermedad. ¿Tienes idea de cómo me siento? Eso me duele mucho más que lo que le hice a Halldór, te lo puedo asegurar. Aquel año tuve que pasar unos días en el hospital —dijo Kiddi Cuervo señalándose el ojo de cristal—. Cuando me reincorporé al curso, Halldór me dio muchas más cápsulas. También fue Danni quien se las tomó. A tu hermano le encantaban.

—¿Sabes qué contenían?

—Tengo mis sospechas.

—¿Cuándo comprendiste que os habían utilizado para probar sus efectos?

—Nunca me lo confirmó nadie hasta que Halldór apareció de repente en el hospital y le habló a Daníel de aquella empresa. Yo siempre había relacionado esas cápsulas con las desgracias de mis amigos. Sabía que tenían que ver con lo que les había ocurrido. Habían experimentado un cambio radical en un solo curso. Se aprendían en un pispás lo que antes les costaba una eternidad. Siempre habían sido revoltosos, pero parecían mucho más nerviosos, incluso a veces se encontraban mal. Éramos un grupo alegre y estábamos siempre de broma. Aguantaban horas y horas jugando al fútbol. Nuestra clase de torpes sacó las mejores notas del colegio, aunque yo me mantuve en la media, igual que las chicas. Fue un invierno extraño y, sin embargo, a nadie le pareció que estuviera pasando nada raro. Ni siquiera cuando murieron Aggi y Gísli ese verano. Para nosotros eran dos tragedias que no guardaban ninguna relación entre sí. Nunca las achacamos a las cápsulas de aceite de hígado de bacalao. Era absurdo. No teníamos ni idea. Para nosotros, contenían aceite y punto. Como mucho, podíamos llegar a pensar que estaban defectuosas, ¿sabes? Ese tipo de cosas. No teníamos más que doce o trece años, carecíamos de cualquier experiencia en la vida.

»No concluí que las cápsulas debían de contener alguna sustancia tóxica hasta que volví a darle vueltas al cumplir treinta años. Mis amigos se habían suicidado, habían muerto a causa de las drogas o habían terminado en un manicomio. Yo también había bebido brennivín con mis amigos, pero no tanto como ellos. Habían comenzado a drogarse desde muy jóvenes y ya se habían vuelto adictos en la adolescencia. Incluido Danni. Tienes que entender, Pálmi, que no éramos unos alumnos ejemplares. No éramos unos angelitos sino, más bien, el terror del barrio. No sé cómo nos describió Sigmar.

—¿Sabías que la policía lo había interrogado?

—Sí, yo me mantenía en contacto con Sigmar —respondió Kiddi—. Repasábamos juntos lo que tenía que decir. Como comprenderás, no podía contarlo todo, pero sí lo suficiente para que supierais que no eran los niños del colegio quienes habían matado a Halldór.

Kiddi Cuervo guardó un breve silencio antes de continuar.

—Algunos del grupo se dieron a la bebida, incluso desde muy jóvenes, pero a nadie parecía escandalizarle. Poco después de que acabara el colegio, el grupo se disolvió. Los viejos lazos de amistad se rompieron. Unos se mudaron de barrio con sus padres y otros se marcharon al campo. Nos perdimos la pista. A nadie le extraña que alguien termine perdiendo el rumbo de su vida. Siempre hay gente que se vuelve drogadicta, que bebe y que se suicida. Cada cierto tiempo veía alguna foto de mis amigos en la prensa, hasta que solo quedamos tres: Sigmar, Danni y yo. Y cada vez que me preguntaba si podríamos haber sido víctimas de un experimento inmoral, todo me sonaba como una rocambolesca historia de ciencia ficción. ¡Gente probando medicamentos en unos niños que después pierden el control de su vida! ¿No es fuerte?

—Pero ¿por qué esconderte? ¿Por qué un nuevo nombre? ¿Por qué Jóhann?

—Lo medité mucho. Hace unos trece años intenté averiguar qué contenían las cápsulas. Fue casi por casualidad. Fui al Ministerio de Salud y me informé sobre la administración de aceite de hígado de bacalao en los colegios, pues pensaba que el fabricante era el responsable de su contenido. Pero en la empresa no tenían ni idea. En aquel entonces ya hacía unos años que no se daba aceite en los colegios. El director me enseñó todos los documentos de la compañía. No saqué nada en claro. Mi curiosidad les llamó la atención y me daba la sensación de que me vigilaban. Traté de localizar a las enfermeras que venían a sacarnos sangre, pero no lo conseguí. Nada es fácil en esta vida. Las busqué en los hospitales, pero no las vi por ningún sitio. Me echaron del Hospital Nacional después de haberme pasado tres días deambulando por allí. Había llamado la atención todavía más. Después fui al agujero donde vivía Halldór. Noté el olor a muerto que Danni nos había descrito. Ya sabes que se escapó de sus garras por los pelos. El pobre hombre se pudría en soledad. La primera vez no me quiso decir nada, pero le hice tres visitas más y en la última hizo algunas insinuaciones. Me contó algo sobre Hvolsvöllur que no entendí, y que alguien le hacía chantaje. Eso fue todo lo que dijo. Cuando volví a mi casa, me agredieron.

Pálmi escuchaba en silencio, sin despegar la mirada del ojo de cristal.

—Alquilaba un apartamento en un semisótano de la calle Njarðargata. Yo trabajaba en una fábrica de aparejos de pesca. Un día, al llegar a casa, había dos hombres esperándome. Lo habían destrozado todo. No los vi hasta que recuperé la conciencia después del golpe que me dieron nada más abrir la puerta. Me desperté en Keflavík, en un muelle abandonado, y comenzaron a hablarme de casos de desaparición. «En Islandia desaparece mucha gente, y a nadie parece importarle», dijeron. Y se echaron a reír. De hecho, puede que tuvieran razón. Estamos acostumbrados a que la gente se pierda en la niebla, se ahogue en un lago o se caiga por la borda de un barco. Entendí que había intentado remover el pasado y me iban a hacer desaparecer. Me subieron a un arrastrero y me tiraron al mar, al abrigo de la oscuridad. Por el camino hablaban como si fueran expertos en las corrientes de la península de Reykjanes y decían entre carcajadas que iba a llegar hasta Groenlandia. Pero, por alguna razón, no me llevaron muy lejos. No me tiraron atado, lo hicieron todo rápido y mal. Tal vez solo querían meterme miedo. Y lo consiguieron. Cuando salí a flote, ya se habían marchado. Con la ropa puesta, nadé hasta alcanzar la costa y llegué a la base militar estadounidense de Miðnesheiði, donde me encontré con unos soldados que me llevaron al hospital militar. Me recuperé sorprendentemente pronto y desaparecí.

—Pero ¿cómo pudiste vivir oculto en Reikiavik? —preguntó Pálmi—. Por mucho que uno cambie de nombre, siempre hay alguien que lo conoce.

—Eso no suponía ningún problema. No tengo familia. Llevaba años sin ver a mis padres. Lo último que supe de ellos es que eran alcohólicos y aún vivían en el norte. Yo me había mudado con ellos a Akureyri, pero me había marchado enseguida. No guardo un buen recuerdo. Mi madre nunca fue una madre ejemplar. Y mi padre me pegaba con asiduidad, casi con un horario fijo. No conocía a nadie y mis únicos amigos eran Sigmar y Danni. Trabajé en distintos sitios, tanto en el campo como en el mar. Me parecía a Halldór, en el sentido de que era solitario y asocial. Cuando ese tipo de personas llevan una vida discreta, nadie sabe de su existencia. Uno procura dejarse ver lo menos posible. Después de la agresión, viví tres años en Dinamarca. Desaparecí del mapa y empecé a llamarme Jóhann. Me bautizaron como Kristján Jóhann. Al volver a Islandia, me las apañé para conseguir un puesto de celador en el psiquiátrico y así poder cuidar de Danni. Me enclaustré en el hospital. Podía pasar semanas sin ir a casa. Me quedaba a dormir y al día siguiente fingía haber llegado el primero al trabajo. Me parecía un buen plan. Nadie se metía en mi vida y yo no me metía en la de nadie. En Reikiavik viven cien mil personas y la gente piensa que todo el mundo se conoce, como en los viejos tiempos, pero eso ya no es así. La mayoría solo conoce a un ínfimo porcentaje de la población a lo largo de su vida. No sabes quién es el resto de la masa. Me hice con un nuevo nombre y un nuevo número de la seguridad social. Fue coser y cantar. Llevaba tiempo esperando el momento de retomar lo de las cápsulas y, cuando Halldór apareció en el hospital y se las mencionó a Danni, supe que podíamos pillar a esos bastardos.

—¿Fuiste tú quien me ayudó anoche?

—Te he estado espiando estos días porque Halldór dijo que te había enviado las cintas. Yo sabía que existían y que las había utilizado para amenazarlos. Halldór era un tipo muy extraño. Danni me pidió que cuidara de ti. Por la noche vi a ese hombre entrar en tu casa de una forma bastante torpe. Te lo quité de encima.

—¿Quién era?

—Todavía no he podido preguntárselo. Lo tengo encerrado hasta que veamos si nos vale para algo.

—¿Y Sigmar? Sabía lo que estabas haciendo.

—Y vuestra madre también, Pálmi. Sabía quién cuidaba de Danni en el hospital, pero nunca dijo ni preguntó nada. Al fin y al cabo, tú no te acordabas de mí. Sigmar se hallaba en un estado lamentable y yo sabía que los de la policía lo pillarían en cuanto comenzaran a desgranar el pasado. Ensayábamos juntos sus declaraciones. ¿Os contó cómo perdí el ojo? ¿Os habló de aquel clan? Nunca conseguí averiguar quién fue el chico que disparó la flecha.

—¿Le explicaste a Sigmar el contenido de las cintas de Halldór?

—Sí, lo sabía todo.

—Sigmar te vio en el entierro de Daníel. ¿Ese fue el motivo por el que se fue corriendo?

—Te dijo lo que necesitabas oír para despertar tu curiosidad. Lo habíamos hablado.

—Sigmar se ahorcó en su celda.

—Sí, ya me enteré. No me sorprendió, teniendo en cuenta su estado. Sigmar fue el que más duró. Pero ninguno de esos chicos tuvo una vida de verdad. Se la destruyeron. No hay otra forma de describirlo.

—¿Sabías que Daníel pensaba suicidarse?

—Danni estaba ya muy cansado. No tenía ni futuro ni pasado. La última vez que lo vi me dijo que ya no le quedaban fuerzas. Estaba exhausto. Cuando oyó lo que le contó Halldór, le pareció que su vida no tenía ningún sentido. Fue casualidad que se tirara por la ventana en el mismo momento en que Halldór moría. Lamento lo de Danni, claro, pero también lo entiendo a la perfección.

—¿Y ahora qué? ¿Qué hacemos con esas cintas?

—Se las llevamos a tus amigos de la policía, por supuesto. Necesitan información sobre Fentíaz y su dueño, Sævar Kreutz.

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