Inocencia robada
35
Página 38 de 51
35
Kiddi Cuervo estaba sentado en la penumbra del apartamento. Recuperado, Pálmi preparó un poco de té y lo sirvió en dos tazas grandes que ambos utilizaron para calentarse las manos.
—Aggi fue el primero —explicó Kiddi—. Era el que guardaba los tarros de Halldór y se pasó con las cápsulas. Estábamos jugando al fútbol, unos días después de que Danni se hubiera escapado de casa de Halldór. Jugábamos los seis contra otros chicos del barrio. Los del equipo contrario estaban todo el rato con la lengua fuera, pero nosotros ni jadeábamos. Aggi era el mejor con diferencia. Era invencible. La gente decía que no recordaba una primavera y un verano como los de aquel año. Brillaba el sol cada día. El campo no era más que un barrizal con cuatro palos clavados que hacían de porterías. Aprendimos a chutar bajo y fuerte para no fallar.
»Cuando dejamos de jugar, nos tumbamos junto a la charca que se formaba siempre en el campo y bebimos agua en la parte donde estaba más clara. Había caído un aguacero por la mañana y la charca había crecido. En medio había una roca enorme que parecía sacada de los cimientos de alguna casa en obras. Asomaba la mitad y a veces cruzábamos la charca para sentarnos encima. Aggi se subió y chapoteó un poco con los pies. “Deberíais contarme las pulsaciones. Tengo un millón por minuto”, dijo Daníel.
»Nos tomamos el pulso. Me encendí un cigarrillo, lo pasé entre los chicos y me encendí otro. Todos habíamos empezado a fumar y a beber aquella primavera. En casa teníamos el brennivín y el tabaco al alcance de la mano y los del grupo habían comenzado muy pronto a consumir tanto una cosa como la otra. Habían empezado probando un poco, pero cada vez parecían necesitar más.
»Daníel nos contó lo sucedido cuando se quedó a solas con Halldór, pero luego se arrepintió de haberlo hecho. Tu hermano tenía la impresión de que no era una persona de la que hubiera que reírse. Le parecía que no estaba bien. Pero él mismo no entendía sus sentimientos hacia Halldór. Le daba asco y pena a la vez. Hubiera preferido olvidarse cuanto antes de lo ocurrido, pero nosotros siempre le recordábamos el día en que había salido corriendo de su casa medio desnudo y queríamos oír la historia una y otra vez. “Puto baboso”, decíamos riéndonos a carcajadas. “Qué desgraciado”, añadía Skari Caramelo. Nadie se había dado cuenta de esa faceta suya cuando nos daba clase.
»Estaba claro que Danni no quería hablar de Halldór. Entonces alguien sugirió que fuéramos al cine. Aggi hizo como que llevaba una ametralladora y disparaba a sus enemigos. “¡Vamos a una de guerra!”, gritó. Después hizo como que le pegaban un tiro y se moría.
»O eso fue lo que pensamos.
»Estábamos seguros de que era una broma.
»Siempre recordamos la muerte de Aggi como si hubiéramos visto una película famosa en la que él era el protagonista y moría como un héroe encima de la roca.
»A veces, la película se proyectaba a cámara lenta y lo veíamos llevarse la mano al pecho, encogerse y fruncir el ceño como si se estuviera muriendo de verdad. Pero era imposible que se estuviera muriendo. Acababa de cumplir trece años. Nadie se muere a esa edad. Por eso, para nosotros solo estaba actuando en una película. Una película muda a cámara lenta.
»Aggi se llevó la mano al pecho, se arrodilló mientras nos miraba como si no entendiera lo que le estaba pasando y se cayó a la charca desde la roca. Nunca habíamos visto una actuación tan desgarradora, así que le aplaudimos y lo vitoreamos mientras él permanecía inmóvil en el agua amarillenta. Al cabo de un rato dejamos de gritar y empezamos a llamarlo, pero Aggi no contestaba, todavía medio hundido en el agua embarrada. Al final, bajamos Danni y yo, le dimos la vuelta y vimos que le pasaba algo grave. Nos miraba con los ojos abiertos, empapados en agua sucia.
»Lo sacamos a la orilla, lo tumbamos en el suelo y nos pusimos a su alrededor. Nadie entendía lo que había pasado. Todos estábamos esperando a que dejara de actuar, se pusiera de pie y se riera de nosotros. Pero lo único que ocurrió es que Aggi siguió allí, petrificado sobre la hierba, mirando fijamente el cielo azul. “¿Está muerto?”, susurró Danni entre sollozos. “¿Cómo puede estar muerto?”.
»Danni y yo fuimos con él en la ambulancia y, mientras esperábamos en el pasillo del hospital, llegó la madre de Aggi. Se negaba a creer lo que había pasado. “¡Pero qué estupidez es esa! ¡Cómo se va a morir un niño de un infarto! ¡No tienes ni idea! —le gritó al médico—. El corazón de Agnar funcionaba perfectamente. ¡No me cuentes cuentos, cretino!”.
»Creo que le hicieron la autopsia, pero nunca conocimos los resultados. Su muerte había sido un absoluto misterio. No había pasado ni una semana desde su entierro cuando nos enteramos de lo de Gísli. Tampoco estaba claro lo que le había ocurrido. Por lo visto, había perdido el control del tractor. El vehículo se había salido de la carretera y le había caído encima. Pensaban que Gísli había muerto en el acto. En aquellos tiempos era muy común que dejaran a los niños conducir tractores que carecían de cualquier equipamiento de seguridad.
»Evidentemente, no le hicieron una autopsia. Si se la hubieran hecho, estoy convencido de que los médicos habrían averiguado que ya estaba muerto cuando el tractor se le cayó encima. Estoy seguro de que murió de la misma manera que Aggi.
—Sævar Kreutz —dijo Pálmi dejando que el nombre resonara en sus oídos—. Sævar Kreutz.
—Lo pillaremos. Nos vamos a meter en su guarida y se lo vamos a sacar todo —aseguró Kiddi Cuervo.