Inocencia robada
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—¿Y pensáis que Sævar Kreutz está implicado en el caso?
Sentados en el despacho del director de la Policía Judicial, Erlendur y Sigurður Óli veían cambiar la expresión de su superior a medida que le daban nuevos detalles de la investigación y le explicaban que, a tenor de las declaraciones de Sigmar y Guðrún, todo apuntaba hacia la participación del misterioso Sævar Kreutz. Eran conscientes de que su implicación era altamente improbable, pero esa era la información que había llegado hasta ellos. Si la investigación apuntaba hacia Sævar Kreutz, entonces tenían que hablar con él. Daba la casualidad de que el empresario se encontraba en el país y querían interrogarlo. El director de la Judicial era un hombre gordo que tenía una brecha en los dientes. A Erlendur le recordaba a un cerdito. «Si eres lo que comes —pensaba cada vez que lo veía—, a este hombre le tiene que encantar la carne de cerdo». Erlendur lo llamaba el «reunívoro» porque parecía necesitar las reuniones para vivir. El director se movía inquieto en su silla mientras escuchaba la historia. Las gotas de sudor se acumulaban en su labio superior. Erlendur y Sigurður Óli conocían bien la fotografía del escritorio, donde se veía a su superior estrechando la mano del primer ministro, del que se decía que era uno de los pocos amigos íntimos de Sævar Kreutz.
—Bien, pero este caso no tiene nada que ver con una clase de torpes que tomaban drogas, o se las hacían tomar, hace treinta años. Se trata tan solo de un caso de incendio y homicidio, y me parece que es ahí donde deberíais centrar la investigación. Ante todo, estamos tras la pista del asesino de Halldór y creo que implicar a Sævar Kreutz es buscarle tres pies al gato. No veo qué podría pintar él en todo esto.
—¿Estás seguro? —preguntó Erlendur con prudencia, consciente de las numerosas conexiones que existían entre los miembros de la clase privilegiada islandesa en todos los ámbitos administrativos.
—Os daréis cuenta de lo rebuscado que es. ¿Por qué un hombre como Sævar Kreutz, que, entre otras cosas, apenas guarda vínculos con Islandia, podría estar detrás del homicidio de un profesor jubilado? Contáis con la palabra de un drogadicto y las declaraciones de una anciana que afirma haberles extraído sangre a unos niños clandestinamente. ¿No os parece que está todo cogido con pinzas? Os debo comunicar que he hablado con el primer ministro y está muy preocupado ante el giro que ha dado esta investigación.
—Si tan cogido está con pinzas, ¿por qué se mete el primer ministro?
—Tiene todo el derecho a conocer el desarrollo de la investigación.
—Así que el señor primer ministro ha estado pendiente de la evolución del caso. ¿Desde cuándo? —preguntó Erlendur.
—¿Desde cuándo? —replicó el director de la Judicial, atónito—. ¿Qué demonios importa eso? Le preocupa esta investigación y lo entiendo perfectamente.
—Entonces, ¿podemos suponer que Sævar Kreutz también está al corriente de nuestros progresos? —preguntó Erlendur mirando a Sigurður Óli.
—¿Estás dando a entender que el primer ministro no sabe manejar información confidencial? —preguntó el director, visiblemente enfadado.
—No estoy dando a entender nada —respondió Erlendur—. Tenemos el testimonio de un hombre que dice que los chicos de su clase recibieron en el colegio algún tipo de medicamento que tuvo efectos perjudiciales en su salud, por no decir algo peor. Por otro lado, poseemos los informes policiales y los historiales médicos de lo que les ocurrió a esos niños. Tenemos a una mujer muy válida que dice haber participado en los análisis que se les hicieron a esos mismos chicos y que entregaba las muestras de sangre a la hermana de Sævar Kreutz, dueño de una de las empresas farmacéuticas más grandes, si no la más grande, de Islandia. Considero que hay razones suficientes para hacerle a ese hombre algunas preguntas. No viene mucho por el país y no ha pasado aquí más que unas semanas al año en las últimas dos décadas, pero ahora está en la isla y no podemos desaprovechar esa ocasión. Él mismo nos podrá decir con toda honestidad lo disparatado que es todo esto.
—¿Cómo sabéis que está en el país?
—Llegó hace diez días y no tenemos noticias de que haya salido. No obstante, apenas se sabe nada de sus idas y venidas. Podría pasar un año encerrado en su mansión sin que nadie lo supiera.
—Mostradle la máxima educación —les advirtió el director antes de sorber aire a través de sus dientes.
Erlendur y Sigurður Óli se despidieron de su superior. Era la hora de cenar, demasiado tarde para molestar a Sævar Kreutz. Lo irían a ver al día siguiente. Habían aprovechado la jornada para informarse sobre la procedencia y la historia de Sævar Kreutz. Era de familia alemana. Su antepasado, Karl Kreutz, se había mudado a Islandia desde Hamburgo a comienzos del siglo XIX, había abierto una tienda en Reikiavik y se había hecho representante de barcos pesqueros alemanes que faenaban en los caladeros islandeses. La familia Kreutz amasó una importante fortuna gracias a que Karl era tan previsor como tacaño. Al fallecer, hacia 1870, dejó atrás una empresa floreciente. Tras haber perdido a sus dos hijos mayores en un accidente marítimo, el más joven, Hans Kreutz, tomó el relevo de la compañía y la dirigió con firmeza hasta el siglo XX. Para entonces ya era uno de los mayores navieros de la capital. Entre otras iniciativas, abrió una farmacia, que con los años no haría sino prosperar y, más adelante, un laboratorio farmacéutico en colaboración con la familia Kreutz en Alemania, muy poderosa en el sector. Su hijo, Gunnar, se puso el patronímico de su padre, Hansson, y no el apellido Kreutz, para disgusto de la familia. La pesca no le interesaba tanto como la fabricación de medicamentos, así que concentró todas sus fuerzas en ampliar la empresa, que prácticamente terminó haciéndose con el monopolio del sector en Islandia. Su hijo, Sævar, estudió Farmacia, animado por su padre. Gunnar rompió la relación con sus familiares en Alemania a comienzos de los años cincuenta. La familia Kreutz había servido al nazismo, como los dirigentes de muchas empresas alemanas, y, al terminar la Segunda Guerra Mundial, corrieron rumores de que su empresa había participado en el desarrollo de armas biológicas y la producción de gases tóxicos. Algunos presos que habían sobrevivido a los campos de concentración nazis sostenían que los empleados de la farmacéutica Kreutz habían probado sus medicamentos en ellos. Contra la voluntad de su padre, Sævar recuperó la colaboración con la empresa alemana Kreutz y fundó su propia farmacéutica: Fentíaz. Fundada en 1958, se especializó en la producción y el desarrollo de psicofármacos. En los años sesenta, Sævar sacó un gran provecho de la síntesis de anfetaminas, pero en aquel entonces se desconocían todavía sus efectos. Las anfetaminas eran muy fáciles de conseguir y se consumían con asiduidad como estimulantes. Muchos las llamaban la «medicina de las vacaciones de verano». Hacia 1970, Fentíaz dio un giro hacia otros proyectos sobre los que apenas existía información, pero, al parecer, la empresa colaboraba estrechamente con los laboratorios alemanes de la familia Kreutz en la investigación de la inseminación artificial. Sævar se volvió una persona misteriosa. Rompió la ancestral tradición de los Kreutz de fundar una familia. Nunca se había casado y no tenía hijos. A comienzos de los años noventa se construyó una mansión en Kjalarnes, una fortaleza diseñada por un gabinete de arquitectos alemanes que tardó dos años en concluirla. Sævar también tenía una casa en Hamburgo y otra en el sur de Francia. Según habían podido averiguar, había reducido el número de estancias en Islandia. No se sabía exactamente cuánto tiempo se quedaba en el país. Parecía como si se lo hubiera tragado la tierra. Solo existía una fotografía suya en el archivo fotográfico del periódico nacional de mayor tirada. Era de su juventud, de cuando lo habían elegido hombre de negocios del año en 1967.