Inocencia robada
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Cuando, a la mañana siguiente, Erlendur y Sigurður Óli llegaron a la sede de Fentíaz, un empleado les señaló la puerta del gerente, que los recibió en su espacioso despacho. Tras conocer el motivo de su visita, les comunicó que Sævar no se encontraba en el país y que, a decir verdad, desconocía su paradero. No estaba en contacto directo con Sævar y este se desentendía de la gestión de la empresa. Para saber algo, siempre llamaba a su brazo derecho, Erik Faxen.
—Tenemos información de que Sævar llegó a Islandia hace unos diez días —objetó Erlendur—. ¿Te suena de algo?
—No, yo lo hacía en Alemania. Erik me suele mantener al corriente de sus viajes.
—¿Cómo podemos contactar con ese tal Eiríkur?
—¿Con Erik? Tiene un despacho en el centro, en la calle Lækjargata —respondió el gerente sin mostrar excesivo interés.
—¿A quién debo anunciar? —preguntó un joven y elegante secretario, de no más de veinticinco años, levantando la mirada hacia Erlendur y Sigurður Óli desde su escritorio, en un amplio despacho bien iluminado de la calle Lækjargata.
—Somos de la Policía Judicial —respondió Sigurður Óli—. Nos gustaría hablar con Erik Faxen.
El secretario los miró de arriba abajo con curiosidad y entró en el despacho contiguo para trasladar su petición. Regresó acompañado de un hombre impecablemente vestido, de más de cincuenta años, que los invitó a pasar con una amable sonrisa. Se presentó como Erik Faxen. Con el pelo salpicado de canas, llevaba un traje elegante, unas gafas de diseño, un brazalete de oro y una barba que sin duda recibía cuidados regulares.
Su despacho daba a la calle Lækjargata y, en la acera de enfrente, a la izquierda, se veía el edificio de la Administración General del Estado. Estaba amueblado con suntuosos sillones de cuero y decorado con conocidos cuadros de maestros de la pintura islandesa de la primera mitad del siglo XX. En una pared, una enorme vitrina exponía una colección de estatuillas de porcelana. El suelo era de mármol y no se veía ni una mota de polvo. «Qué buen gusto», pensó Sigurður Óli. «Menuda horterada», pensó Erlendur mirando el interior de la vitrina.
—Me imagino que ya sabrás a qué se debe nuestra visita, ¿no? —anunció Erlendur después de tomar asiento.
—No. ¿A qué? —preguntó Erik sin inmutarse.
—Debemos hablar con Sævar Kreutz. Existen sospechas de que guarda alguna relación con el homicidio de un profesor cometido aquí, en Reikiavik. Dada la escasez de indicios, tratamos de estudiar todas las posibilidades y el nombre de Sævar se ha mencionado durante los interrogatorios. No es más que una investigación rutinaria. Queremos ser rigurosos y que no se nos pueda reprochar la más mínima negligencia. Hemos intentado localizarlo en su domicilio de Kjalarnes, pero no parecía haber nadie en la casa.
—Me parece ridículo —replicó Erik— pensar que Sævar pueda guardar alguna relación con un homicidio cometido en Islandia. Sobre todo, teniendo en cuenta que apenas viene por aquí. Soy su empleado más cercano y su persona de enlace en el país desde hace casi treinta años. En muchas ocasiones, ni siquiera yo sé si se encuentra en la isla. Preguntaré si está aquí y si está dispuesto a hablar con vosotros.
—Nos corre prisa saberlo —precisó Erlendur—. Solo podemos esperar hasta el mediodía. En caso de no encontrarse en Islandia, me temo que tendremos que volar hasta Alemania y colaborar con la Policía Judicial alemana. Es de capital importancia que lo podamos interrogar.
—Veré lo que puedo hacer —informó Erik mientras se ponía en pie—. Os avisaré en cuanto tenga noticias.
Salieron del despacho y, de camino al coche, Erlendur le pidió a Sigurður Óli que se dirigiera a la Oficina de Planificación Urbana para conseguir los planos de la mansión de Sævar. Mientras su compañero se ocupaba de ello, Erlendur llamó a la Asociación de Contratistas y le confirmaron que ningún arquitecto o diseñador islandés había participado en la construcción de la casa.
El teléfono sonó en el abrigo de Erlendur. Era Einar. La policía había recibido un sobre que contenía tres cintas magnéticas con conversaciones mantenidas entre Halldór y Daníel, el joven que se había suicidado en el hospital psiquiátrico. El hermano de Pálmi. No las iban a escuchar hasta que Erlendur y Sigurður Óli regresaran a comisaría.