Inocencia robada

Inocencia robada


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De su boca no salía ni una palabra. Era la mañana después de que Kiddi Cuervo le hubiera desvelado a Pálmi su verdadera identidad. Habían intentado incesantemente que el agresor confesara su nombre, para quién trabajaba y quién quería las cintas, pero se negaba a hablar. Pálmi todavía llevaba en el cuello las marcas de sus manos. Kiddi lo había noqueado, sin haberlo querido en realidad, al golpearlo contra la pared del dormitorio. Lo había arrastrado, inconsciente, hasta el coche y lo había llevado a su casa, en Miklabraut. No sabía a qué otro lugar podía ir.

Lo había atado a una silla en un minúsculo trastero sin ventanas que tenía en el sótano y al que solo él podía acceder. Por encima de su cabeza colgaba una bombilla desnuda. No sabía dónde se encontraba. A Kiddi no le sonaba de nada, pero Pálmi recordaba haberlo visto en las inmediaciones de su inmueble. El agresor alternó la mirada entre los dos con los labios fruncidos hasta que explotó de rabia.

—¡No podéis tenerme aquí encerrado, hijos de puta!

—¡Vaya! ¿Es que tienes alguna reunión? ¿Un congreso? ¿Te esperan en algún sitio? ¿Una cena?

El hombre fulminó a Kiddi con la mirada.

—¿Y si se lo enviamos a Erlendur con un pequeño mensaje? —preguntó Pálmi.

Kiddi asintió.

—Tal vez él le saque algo. Por otra parte, en cuanto lo dejemos en manos de la policía se le abrirá una investigación. Se pondrá una denuncia, se celebrará un juicio y lo condenarán a prisión. También puede ser que la policía ya lo conozca y no tenga precisamente buenas referencias de él, en cuyo caso se verá metido en apuros.

—¿Quieres decir que podría evitarse todas esas molestias solo con que nos diera la información que necesitamos? —preguntó Pálmi pasándose la mano por el cuello—. No conozco a este tipo de nada y no tengo ganas de volverlo a ver. Pero puede que a Helena sí le apetezca verlo entre rejas.

—Así que, si nos dice lo que queremos, podrá salir de aquí y nos olvidaremos tranquilamente de todo esto —señaló Kiddi.

El hombre los miraba con la boca entreabierta mientras sopesaba sus opciones en aquel callejón sin salida.

—¿Me soltaríais si os contara todo lo que sé? No es mucho.

—Hay muchas probabilidades de que así sea —respondió Kiddi Cuervo.

Pálmi le dejaba dirigir el interrogatorio.

—¿Te suenan un hombre llamado Sævar Kreutz y otro llamado Erik Faxen?

—Me encargan misiones especiales, casi siempre relacionadas con cobros. Le pegas una paliza al endeudado y, de golpe y porrazo, le sale la pasta por las orejas. Esta misión me la ofreció un tercero. Tenía que buscar unas cintas en casa de una vieja que vivía en Hafnarfjörður. No conozco a esos tíos que decís.

—La vieja de la que hablas se llama Helena —puntualizó Pálmi, mirando al hombre con el ceño fruncido— y es amiga mía. A punto estuviste de matarla.

—Tú eras el siguiente en la lista, pero no tuve tiempo de discutir contigo sobre las cintas porque tu amiguito te me quitó de en medio —explicó el hombre tocándose la nuca.

—¿Fue Sævar Kreutz quien te pidió el favor? —le preguntó Kiddi Cuervo.

—Como te digo, el hombre se limita a llamarme y a colgar. Luego me envía el dinero a mi cuenta bancaria, aunque no sé de dónde procede. Eso sí, lo que dice va a misa.

—¿Lo llamas tú alguna vez?

—No.

—¿Cómo debías ponerte en contacto con él cuando encontraras las cintas?

—Debía llevarlas a un lugar determinado a una hora acordada y marcharme.

—No tenemos tiempo que perder. ¿Quién es ese tercer hombre?

Se hizo un silencio en el trastero.

—Pálmi, ¿cuál era el teléfono de Erlendur, el de la Judicial?

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