Inocencia robada

Inocencia robada


39

Página 42 de 51

39

Pálmi se pasó un momento por la Biblioteca Nacional mientras Kiddi Cuervo vigilaba al hombre. No querían liberarlo de inmediato por si se ponía en contacto con Erik Faxen. Al hombre no le iba a quedar más remedio que seguir atado en el trastero. Había tratado de soltarse nada más entrar, pero estaba atado con fuerza. Por la noche se lanzó contra la puerta, lo que ocasionó un estruendo, pero lo único que consiguió fue abrirse una brecha en la cabeza. Se despertó mucho más calmado. Le pidió un cigarrillo a Kiddi, pero este le advirtió que fumar era perjudicial para la salud. Podía causar cáncer y no quería tener mala conciencia.

Pálmi recordaba haber leído hacía un tiempo el nombre de Sævar Kreutz en algún periódico o revista. Consultaba con frecuencia la hemeroteca en busca de fuentes para sus investigaciones y apuntaba todo lo que le parecía interesante para examinarlo más adelante en profundidad. A veces su memoria retenía datos irrelevantes, por ejemplo, el nombre de Sævar Kreutz.

Nada fascinaba más a Pálmi que una biblioteca. La que habían alojado en la antigua Casa de la Cultura era un lugar especialmente querido para él. Podía pasarse días enteros hojeando periódicos y libros, movido tan solo por su curiosidad innata y sus ganas de aprender. Seguramente era el más joven de todos los asiduos. A veces observaba a los demás y pensaba que de mayor se volvería como uno de ellos: un individuo solitario, vestido con un traje raído y unos zapatos rotos, que mira libros viejos con una lupa y apunta Dios sabe qué en una libreta. Aunque puede que ya se hubiera convertido en uno. Le gustaba acomodarse en las grandes sillas de madera tallada, frente a las mesas verdes, y disfrutar del silencio. Cuando se sentía mal, siempre encontraba refugio entre los gruesos muros del antiguo edificio y en el intenso olor a historia que flotaba en el aire. Cada vez que entraba y la puerta se cerraba detrás de él, sentía que quedaba aislado del ruidoso mundo exterior, a una distancia de seguridad, y se sumergía en tiempos remotos. Nunca le había dado miedo el pasado. Hasta ese día.

Enseguida le había gustado el nuevo edificio situado en el campus universitario, que había tomado el relevo y alojaba en la actualidad los fondos de la Biblioteca Nacional. Allí seguía sintiendo la misma seguridad que le transmitía el pasado. En las épocas de mayor trasiego, sobre todo durante los exámenes de Navidad y de primavera, Pálmi reducía el número de visitas. Pero, cuando todo volvía a su cauce habitual, regresaba para volver a zambullirse en sus investigaciones. En comparación con la pequeña Casa de la Cultura, el edificio del campus parecía una enorme mole, pero conservaba el mismo espíritu.

Pálmi comenzó introduciendo el nombre de Sævar Kreutz en la base de datos, que incluía un registro de los títulos de todos los libros y la temática de las revistas. La búsqueda no dio ningún resultado. Tampoco lo encontró entre las biografías de celebridades islandesas. Consultó los periódicos microfilmados y pasó las hojas con rapidez. Recordaba haber leído una extensa entrevista que le habían hecho una vez con ocasión de su nombramiento como hombre de negocios del año 1967, año en que, precisamente, había realizado su experimento con Daníel y sus amigos. Al final la encontró en el periódico Morgunblaðið. Era un artículo a página completa y venía acompañado de una fotografía de Sævar Kreutz. Era tan alto que Pálmi tuvo la impresión de que debía de medir dos metros. Su peinado hacia atrás dejaba en evidencia una amplia frente. Vestido de traje y corbata, miraba a la cámara sin sonreír.

La entrevista dedicaba una larga introducción a sus antepasados y después le preguntaban tanto por la fundación de su empresa como por su gestión y sus beneficios. El artículo estaba escrito en un árido tono financiero. Buscó en otras publicaciones y halló otra entrevista en la revista Vikan. Durante un tiempo, Pálmi había vendido esa revista de casa en casa, subiendo y bajando escaleras, pero nadie se la compraba nunca. La entrevista en Vikan era similar, de carácter impersonal y enmarcada en el ámbito empresarial. «Apenas estamos comenzando a descubrir la naturaleza de algunos medicamentos —comentaba Sævar Kreutz—, y estoy convencido de que, en el futuro, la humanidad encontrará medicinas para todas las enfermedades y será capaz de erradicarlas». Parloteo típico de entrevista. «Continúa en la página 31». Pálmi no tenía el menor interés en seguir leyendo.

Continuó revisando los microfilmes con rapidez, pero no encontró nada provechoso. Cuando estaba a punto de dejarlo, regresó a la página 31 de la Vikan, que contenía un último y breve fragmento de la entrevista a Sævar Kreutz. «La investigación científica progresa a pasos agigantados —afirmaba el empresario— y, cuando miro hacia el futuro, veo un sinfín de posibilidades fascinantes». El periodista le preguntaba por los descubrimientos en farmacia, pero la cuestión no parecía interesarle especialmente. «Algunos de los avances científicos que se han conseguido en el siglo XX son de extrema relevancia para las generaciones venideras —comentaba—. Siempre hay unos más significativos que otros. En retrospectiva, creo que ningún descubrimiento ha tenido mayor trascendencia que el de James Watson y Francis Crick, a quienes sin duda conocerás —añadía, dirigiéndose al periodista—. Supusieron un punto de inflexión en nuestra idea del futuro de la humanidad». La entrevista concluía sin explicar aquellas misteriosas palabras. «Pero ¿qué forma de hacer periodismo es esa? —pensó Pálmi—. ¿Es que todo el mundo sabe quiénes son Watson y Crick?».

«¿Watson y Crick?». Pálmi repetía los nombres en su cabeza. Los había oído en alguna parte. Dos científicos. ¿No fueron los que descubrieron…? Se levantó para coger la Enciclopedia británica y buscar a Crick. Sus sospechas eran ciertas. Leyó concentrado la entrada correspondiente, consultó otras obras especializadas en biología y medicina y devoró toda la información que encontró.

Ir a la siguiente página

Report Page