Hoyos

Hoyos


Segunda parte. El último hoyo » 44

Página 48 de 56

44

STANLEY intentó dormir, pues no sabía cuándo volvería a tener otra ocasión. Oyó las duchas y, más tarde, los sonidos de la cena. Oyó chirriar la puerta de la Nada. Tamborileó con los dedos en la pared del hoyo. Oía los latidos de su corazón.

Dio un sorbo de la cantimplora. Le había dado a Zero los tarros de agua. Cada uno tenía una buena provisión de cebollas.

No estaba seguro de cuánto tiempo pasó en el hoyo, tal vez cinco horas. Se sobresaltó al oír el susurro de Zero diciéndole que se despertara. No se había dado cuenta de que se había quedado dormido. Debían de haber sido apenas cinco minutos. Aunque cuando abrió los ojos le sorprendió lo oscuro que estaba.

Solo brillaba una luz en el campamento, la de la oficina. El cielo estaba nublado, así que se veía muy poco. Una luna muy delgada aparecía y desaparecía entre las nubes.

Guio a Zero sigilosamente hasta el hoyo, que le fue difícil localizar en la oscuridad. Se tropezó con un montoncito de tierra.

—Creo que es este —susurró.

—¿Cómo que crees? —le preguntó Zero.

—Es este —dijo Stanley, aparentando más certidumbre de la que sentía. Se metió dentro. Zero le pasó la pala.

Stanley clavó la pala en la tierra del fondo y apoyó el pie en la hoja. La sintió hundirse bajo su peso. Sacó una paletada y la arrojó a un lado. Luego volvió a hundir la pala.

Zero le observó durante un rato.

—Voy a intentar rellenar los tarros de agua —dijo.

Stanley respiró hondo y exhaló.

—Ten cuidado —le dijo, y continuó cavando.

Estaba tan oscuro que ni siquiera veía el extremo de la pala. Aunque estuviera sacando del suelo oro y diamantes no se habría dado cuenta. Se acercaba cada paletada a la cara, para ver si había algo, antes de arrojarla fuera del hoyo.

Cuanto más hondo era el hoyo, más difícil era sacar la tierra fuera. Antes de empezar a cavar ya medía metro y medio. Decidió concentrarse en ensancharlo.

Era lo más lógico. Si Kate Barlow había enterrado el cofre del tesoro, probablemente no habría sido capaz de cavar mucho más hondo, así que ¿para qué iba a molestarse?

Aunque, claro, probablemente Kate Barlow tenía toda una banda de ladrones que la ayudaban.

—¿Quieres desayunar?

Stanley dio un respingo al escuchar la voz de Zero. No le había oído llegar.

Zero le pasó una caja de cereales. Con cuidado, Stanley vertió los cereales directamente en su boca. No quería meter las manos sucias dentro de la caja. Estuvo a punto de hacer una arcada al notar aquel sabor tan dulce. Eran copos de trigo cubiertos de azúcar, y después de comer solamente cebollas durante más de una semana, le costaba acostumbrarse al sabor. Los pasó con un trago de agua.

Zero le relevó con la pala. Stanley pasaba los dedos por los montones frescos de tierra, por si acaso se le había escapado algo. Ojalá hubieran tenido una linterna. Un diamante no más grande que un guijarro valdría miles de dólares. Pero no habría forma de verlos en aquella oscuridad.

Se bebieron toda el agua que Zero había traído del grifo de las duchas. Stanley dijo que iría a llenar los tarros otra vez, pero Zero insistió en hacerlo él.

—No te ofendas, pero haces mucho ruido al caminar. Eres demasiado grande.

Stanley volvió al hoyo. Al irse ensanchando, las paredes se derrumbaban. Se estaban quedando sin sitio. Si lo querían hacer más grande, primero tendrían que mover algunos de los montones de tierra de alrededor. Se preguntó cuánto tiempo tendrían antes de que el campamento se despertara.

—¿Cómo va? —le preguntó Zero al volver con el agua.

Stanley encogió un hombro. Clavó la pala en la pared del hoyo, rebanando una capa más. Y al hacerlo, sintió que la pala rebotaba en algo duro.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Zero.

Stanley no lo sabía. Movió la pala de arriba abajo en la pared del hoyo. Y cuando la tierra empezó a desmoronarse, el objeto duro sobresalió aún más.

Estaba a medio metro del fondo. Lo tocó con las manos.

—¿Qué es eso? —preguntó Zero.

Solo tocaba una esquina. La mayor parte estaba todavía enterrada. Tenía al tacto suave y fresco del metal.

—Creo que he encontrado el cofre del tesoro —dijo. En la voz se traslucía más sorpresa que emoción.

—¿En serio? —preguntó Zero.

—Creo que sí —dijo Stanley.

El hoyo era lo bastante ancho para sujetar la pala en posición horizontal y cavar de lado. Sabía que tenía que tener mucho cuidado. No quería que toda la pared se viniera abajo, junto con el enorme montón de tierra que estaba justo encima.

Arañó la pared hasta que se vio un lado entero del objeto, que parecía una caja. Lo recorrió con los dedos. Parecía tener unos veinte centímetros de alto y casi sesenta centímetros de ancho. No sabía cuánto mediría de largo. Intentó sacarlo, pero ni se movió.

Temió que la única manera de sacarlo fuera empezando a cavar desde la superficie hacia abajo. No tenían tiempo para eso.

—Voy a intentar hacer un hoyo por debajo —dijo—. A lo mejor puedo coger la caja por abajo y sacarla de un tirón.

—Venga, inténtalo —dijo Zero.

Stanley clavó con fuerza la pala en la parte inferior de la pared y poco a poco cavó un túnel debajo del objeto metálico. Confió en que no cediera.

De vez en cuando paraba, se agachaba, e intentaba tocar el otro extremo de la caja. Pero incluso con el túnel tan largo como su brazo, no era capaz de llegar al final.

Intentó otra vez sacarla de un tirón, pero estaba firmemente encajada. Tenía miedo de tirar demasiado fuerte y causar un derrumbamiento. Sabía que, cuando llegara el momento de sacarla, tendría que hacerlo rápido, antes de que la tierra que tenía encima la sepultara.

El túnel fue haciéndose más hondo, más ancho y más precario. Stanley tocó una cerradura a un lado de la caja, y luego un asa de cuero. Resultó que no era una caja.

—Creo que podría ser una especie de maleta de metal —le dijo a Zero.

—¿Puedes sacarla haciendo palanca con la pala? —sugirió Zero.

—Me temo que la pared del hoyo. Se va a derrumbar.

—Yo creo que podrías intentarlo de todas formas dijo Zero. Stanley dio un sorbo de agua.

—Venga, voy a probar.

Metió la punta de la pala entre la tierra y la parte superior de la maleta de metal e intentó moverla hacia los lados Para soltarla. Le habría gustado ver lo que estaba haciendo.

Movió, el extremo del mango, de un lado a otro, de arriba abajo, hasta que sintió la maleta ceder. Y luego la tierra caer encima de ella.

Pero no fue un derrumbamiento excesivo. Al agacharse vio que solo se había caído parte de la tierra que tenía encima.

Cavó con las manos hasta encontrar el asa de cuero, y tiró de la maleta hacia arriba.

—¡La tengo! —exclamó.

Pesaba macho. Se la pasó a Zero.

—¡Lo has conseguido! —dijo Zero, cogiéndola de sus manos.

—No, lo hemos conseguido los dos —dijo Stanley.

Reunió las fuerzas que le quedaban e intentó auparse fuera del hoyo. De repente, una luz cegadora le iluminó la cara.

—Gracias, chicos —dijo—. Habéis sido de gran ayuda.

Ir a la siguiente página

Report Page