Hoyos

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Segunda parte. El último hoyo » 45

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EL haz de la linterna se apartó de los ojos de Stanley y cayó sobre Zero, que estaba sentado sobre las rodillas. Tenía la maleta en el regazo.

El señor Peraski sujetaba la linterna. El señor Sir estaba junto a él con la pistola en la mano y apuntando en la misma dirección. El señor Sir iba descalzo y sin camiseta; solo llevaba los pantalones del pijama.

Vigilante avanzó hacia Zero. También iba con la ropa de dormir, una camiseta muy larga. Pero llevaba puestas las botas.

El señor Peraski era el único que iba completamente vestido. A lo mejor le tocaba hacer guardia aquella noche.

A lo lejos, Stanley vio otras dos linternas que se acercaban hacia ellos en la oscuridad. Se sintió totalmente indefenso dentro del hoyo.

—Chicos, habéis llegado justo en el momento… —empezó a decir Vigilante. Luego, paró de hablar y paró de andar al mismo tiempo. Y retrocedió.

Había un lagarto encima de la maleta. Sus grandes ojos rojos centellearon bajó la luz de la linterna. Tenía la boca abierta, y Stanley vio la lengua blanca moviéndose entre los dientes negros.

Zero estaba inmóvil como una estatua.

Un segundó lagarto avanzó por el lado de la maleta y se detuvo a dos centímetros de su dedo meñique.

Stanley temía tanto mirar como no mirar. Se preguntó si debería intentar salir del hoyo antes de que los lagartos le atacaran, pero no quería llamar la atención.

El segundo lagarto subió por los dedos de Zero hasta la mitad de su brazo.

A Stanley se le ocurrió que probablemente los lagartos ya estarían en la maleta cuando se la había pasado a Zero.

—¡Ahí hay otro! —gritó el señor Peraski. Alumbró la linterna sobre la caja de cereales, tumbada juntó al hoyó de Stanley. Había un lagarto saliendo de ella.

La luz también iluminó el hoyo. Miró hacia abajó y tuvo que contenerse para no gritar. Estaba de pie en medio de un nido de lagartos. Sintió un alarido estallando en su interior.

Veía seis animales: tres en el suelo, dos en su pierna izquierda y uno en su zapatilla derecha.

Intentó quedarse muy quieto. Algo estaba andando por su nuca.

Los otros tres monitores se acercaron a la zona. Stanley oyó decir a uno de ellos: «¿Qué pasa?» y luego susurrar: «¡Dios mío!».

—¿Qué hacemos? —preguntó el señor Peraski.

—Esperar —dijo Vigilante—. No durará mucho.

—Al menos tendremos un cadáver para esa mujer —dijo el señor Peraski.

—Va a hacer un montón de preguntas —opinó el señor Sir—. Y esta vez va a traer al FG.

—Déjala que pregunte —dijo Vigilante—. Mientras tenga la maleta en mis manos, no me importa lo que pase. ¿Sabes cuánto tiempo…? —Se le fue la voz, y volvió a recuperarla—. Cuando era pequeña veía a mis padres cavar hoyos, todos los fines de semana y las vacaciones. Y en cuanto crecí un poco, tuve que cavar también. Incluso el día de Navidad.

Stanley sintió las pequeñas garras clavándose en un lado de su cara. El lagarto estaba subiendo desde su cuello, a través de su barbilla.

—Ya no falta mucho —dijo Vigilante.

Stanley oía los latidos de su corazón. Cada latido le decía que seguía vivo, al menos un segundo más.

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