Hoyos
Segunda parte. El último hoyo » 46
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QUINIENTOS segundos después, su corazón seguía latiendo.
El señor Peraski lanzó un grito. El lagarto que estaba en la caja de cereales había dado un salto hacia él.
El señor Sir disparó.
Stanley sintió las ondas de la detonación en el aire. Los lagartos corrieron en todas direcciones sobre su cuerpo inmóvil. Él no se movió. Un lagarto pasó por encima de sus labios cerrados.
Miró a Zero y sus ojos se encontraron. De algún modo, los dos estaban todavía vivos, al menos un segundo más, un latido más.
El señor Sir encendió un cigarrillo.
—Creía que lo habías dejado —dijo otro de los monitores.
—Sí, bueno, es que a veces las pipas no me quitan el mono —dijo dando una larga calada al cigarro—. Voy a tener pesadillas el resto de mis días.
—Quizá deberíamos darles un tiro y ya está —sugirió el señor Peraski.
—¿A quién? —preguntó un monitor—. ¿A los lagartos o a los chicos?
El señor Peraski lanzó una risotada siniestra.
—Los chicos van a morir de todas maneras —dijo riéndose otra vez—. Al menos tenemos tumbas suficientes para elegir.
—No hay prisa —dijo Vigilante—. Si he esperado tanto tiempo, puedo esperar otras cuantas… —Se le fue la voz.
Stanley notó cómo un reptil entraba y salía de su bolsillo.
—Vamos a seguir con nuestra historia —dijo Vigilante—. Esa mujer va a hacer muchas preguntas. El FG probablemente iniciará una investigación. Así que esto es lo que pasó: Stanley intentó escaparse por la noche, se cayó en un hoyo y los lagartos acabaron con él. Ya está. Ni siquiera les entregaremos el cadáver de Zero. A todos los efectos, Zero no existe. Y como ha dicho Mami, tenemos muchas tumbas donde elegir.
—¿Y por qué se iba a escapar si sabía que lo iban a soltar hoy? —preguntó el señor Peraski.
—¿Quién sabe? Está loco. Por eso no pudimos soltarle ayer. Estaba delirando, y tuvimos que vigilarle para que no se hiciera daño a él mismo o a los demás.
—Eso no le va a gustar —dijo el señor Peraski.
—Ninguna historia que le contemos le va a gustar —dijo Vigilante. Se quedó mirando a Zero y a la maleta—. ¿Por qué no estás muerto ya? —le preguntó.
Stanley solo escuchaba a medias la conversación de los monitores. No sabía quién era «esa mujer», o qué significaba «FG». Ni siquiera se dio cuenta de que eran iniciales. Sonaba como una sola palabra: «efegé». Sus pensamientos estaban concentrados en las pequeñas garras que recorrían su pelo y su piel.
Intentó pensar en otras cosas. No quería morir con las imágenes de Vigilante, el señor Sir y los lagartos grabadas en la mente. Intentó evocar el rostro de su madre.
Su cerebro lo transportó a su infancia. Estaba embutido en un traje de nieve. Su madre y el iban caminando de la mano, guante con guante, cuando los dos se resbalaron en una placa de hielo y cayeron rodando por una ladera cubierta de nieve. Terminaron en el fondo. Recordó que estuvo a punto de llorar, pero en vez de hacerlo se echó a reír. Su madre se rio con él.
Sintió la misma alegría que entonces, mareado tras bajar la colina rodando. Sintió el frío punzante contra la oreja. Veía los copos de nieve en la cara resplandeciente y alegre de su madre.
Ahí quería estar cuando muriese.
—Eh, Cavernícola, ¿sabes qué? —le dijo el señor Sir—. Resulta que eres inocente. Pensé que te gustaría saberlo. Tu abogada vino ayer a recogerte. Fue una pena que no estuvieras aquí.
Aquellas palabras no significaban nada para Stanley, que todavía seguía en medio de la nieve. Su madre y él subieron la colina y volvieron a rodar cuesta abajo, esta vez a propósito. Después tomaron chocolate caliente con galletas.
—Ya son cerca de las cuatro y media —dijo el señor Peraski—. Se estarán despertando.
Vigilante les dijo a los monitores que regresaran a las tiendas. Les ordenó que sirvieran el desayuno a los campistas y se asegurasen de que no hablaban con nadie. Si obedecían las órdenes, no tendrían que cavar más hoyos. Si hablaban, serían castigados severamente.
—¿Con qué tipo de castigo les amenazamos? —preguntó uno de los monitores.
—Déjalos que usen la imaginación —dijo Vigilante.
Stanley vio cómo regresaban a las tiendas, dejando solos a Vigilante y al señor Sir. Sabía que a Vigilante no le importaba si los campistas cavaban o dejaban de cavar. Había encontrado lo que estaba buscando.
Miró a Zero. Tenía un lagarto en el hombro.
Zero estaba absolutamente quieto, menos la mano derecha, con la cual poco a poco formó un puño. Luego estiró el pulgar, dándole a Stanley la señal de okay.
Stanley pensó en lo que había dicho el señor Sir y en los fragmentos de conversación que había escuchado. Intentó encontrarles sentido. El señor Sir había dicho algo sobre una abogada, pero Stanley sabía que sus padres no tenían dinero para pagar una.
Le dolían las piernas de estar tanto tiempo rígido. Permanecer de pie era más cansado que caminar. Poco a poco se permitió apoyarse contra la pared del hoyo.
A los lagartos no pareció importarles.