Hoyos
Segunda parte. El último hoyo » 47
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AMANECIÓ y el corazón de Stanley seguía latiendo. Había ocho lagartos con él en el hoyo. Cada uno tenía exactamente once pintas amarillas.
Vigilante tenía ojeras por falta de sueño, y arrugas en la frente que parecían exageradas por la brillante luz de la mañana. En la piel se le veían manchas y granitos.
—Satan —dijo Zero.
Stanley le miró, sin saber sí había dicho algo o se lo había imaginado él.
—¿Por qué no miras a ver si le puedes quitar la maleta a Zero? —sugirió Vigilante.
—Sí, claro —dijo el señor Sir.
—Es evidente que los lagartos no tienen hambre —dijo Vigilante.
—Pues cógela tú —dijo el señor Sir.
Esperaron.
—Sa-tan li —dijo Zero.
Un rato después, Stanley vio una tarántula caminando sobre la arena, no muy lejos de su Hoyo. Nunca había visto una tarántula, pero no tuvo ninguna duda de que lo era. Por un momento, quedó fascinado por el animal, que avanzaba lentamente sobre sus enormes patas peludas.
—Mira, una tarántula —dijo el señor Sir, también fascinado.
—Nunca había visto una —dijo Vigilante—. Excepto en…
De repente, Stanley sintió un pinchazo en un lado del cuello.
Pero el lagarto no le había mordido. Solo había utilizado su cuello para tomar impulso.
Saltó desde el cuello de Stanley y cayó sobre la tarántula. Lo último que vio Stanley del animal fue una pata peluda saliendo de la boca del lagarto.
—Conque no tienen hambre, ¿eh? —dijo el señor Sir.
Stanley intentó volver a la nieve, pero con el sol era más difícil transportarse hasta allí.
Al ascender el sol los lagartos se retiraron hacia dentro del hoyo, quedándose principalmente en la sombra. Ya no los tenía en la cabeza y los hombros, sino en el estómago, las piernas y los pies.
No veía ninguno encima de Zero, pero creía que bahía dos entre sus piernas, protegidos del sol por la maleta.
—¿Qué tal estás? —le preguntó Stanley en voz baja. No susurró, pero la voz le salió seca y rasposa.
—Se me han dormido las piernas —dijo Zero.
—Voy a intentar salir del hoyo —dijo Stanley.
Al intentar salir, aupándose solo con las manos, sintió una garra clavándose en su tobillo. Con cuidado, volvió a dejarse caer.
—¿Tu apellido es igual que tu nombre pero al revés? —le preguntó Zero.
Stanley lo miró atónito. ¿Había estado pensando en eso toda la noche?
Oyó el ruido de coches acercándose.
El señor Sir y Vigilante también los oyeron.
—¿Serán ellos? —preguntó Vigilante.
—No van a ser las girl scouts vendiendo galletitas.
Oyó cómo los coches se detenían y luego las puertas que se abrían y se cerraban. Un poco después vio que el señor Peraski y dos desconocidos se acercaban hacia ellos. Uno era un hombre alto, vestido con traje y un sombrero vaquero. La otra era una mujer de baja estatura que llevaba un maletín. La mujer tenía que dar tres pasos por cada dos del hombre.
—¿Stanley Yelnats? —llamó, adelantándose a los otros.
—Le sugiero que no se acerque más —dijo el señor Sir.
—No puede impedírmelo —saltó ella, y volvió a mirarle de arriba abajo, notando que solo llevaba el pantalón del pijama—. Te vamos a sacar de aquí, Stanley, no te preocupes —tenía aspecto de hispana, con pelo negro liso y ojos oscuros. Hablaba con un ligero acento mexicano, pronunciando mucho las erres.
—¿Qué demonios? —exclamó el hombre alto al llegar junto a ella. La mujer se volvió hacia él.
—Se lo digo desde ahora, si le ocurre algo, no solo presentaremos una denuncia contra la señora Walker y el Campamento Lago Verde, sino también contra el estado de Texas. Por maltrato a menores. Encarcelamiento ilegal. Tortura.
El hombre le sacaba más de una cabeza y podía mirar por encima de ella para hablar con Vigilante.
—¿Cuánto tiempo llevan ahí?
—Toda la noche, como puede usted ver por nuestra ropa. Entraron a hurtadillas en mi cabaña mientras dormía y me robaron la maleta. Los perseguí, salieron corriendo y se cayeron en este nido de lagartos. No sé en qué estarían pensando.
—¡Eso es mentira! —dijo Stanley.
—Stanley, como tu abogada te aconsejo que no digas nada —dijo la mujer—, hasta que tú y yo tengamos la oportunidad de hablar en privado.
Stanley se preguntó por qué habría mentido Vigilante sobre la maleta y a quién pertenecería legal mente. Le gustaría preguntárselo a su abogada, si es que realmente era su abogada.
—Es un milagro que sigan con vida —dijo el hombre alto.
—Sí, desde luego —dijo Vigilante, con un rastro de desagrado en la voz.
—Y será mejor que salgan vivos de esta —advirtió la abogada de Stanley—. Esto no habría pasado si me lo hubiera entregado ayer.
—No habría pasado si no fuese un ladrón —dijo Vigilante—. Le dije que hoy lo dejaríamos marchar, y supongo que intentó llevarse algunos de mis bienes. Ha estado delirando toda la semana.
—¿Por qué no lo dejó marchar ayer, cuando se lo pidió la abogada? —preguntó el hombre alto.
—No tenía la autorización apropiada —dijo Vigilante.
—¡Vine con una orden judicial!
—No estaba autentificada —dijo Vigilante.
—¿Autentificada? Estaba firmada por el juez que le sentenció.
—Necesitaba la confirmación del fiscal general —dijo Vigilante—. ¿Cómo sé yo que la orden es legítima? Los chicos que están bajo mi custodia son peligrosos para la sociedad. ¿Se supone que tengo que dejarlos marchar cada vez que alguien me dé un pedazo de papel?
—Sí —dijo la mujer—. Si es una orden judicial.
—Stanley ha estado hospitalizado estos últimos días —explicó Vigilante—. Sufría de alucinaciones y deliraba. Gritaba y desbarraba. No estaba en condiciones de partir. El hecho de que haya intentado robarme justo el día antes de marcharse prueba…
Stanley intentó salir del hoyo, usando solamente las manos para no molestar demasiado a los lagartos. Al auparse, los lagartos se movieron hacia el fondo, evitando los rayos directos del sol. Subió las piernas de golpe y el último reptil volvió al hoyo de un salto.
—¡Gracias a Dios! —exclamó Vigilante. Avanzó hacia él y se detuvo en seco.
Un lagarto salió de su bolsillo y le bajó por la pierna.
Stanley sintió un mareo y estuvo a punto de desmayarse. Recuperó el equilibrio y se agachó, tomó a Zero del brazo y lo ayudó a levantarse despacio. Zero seguía sujetando la maleta.
Los lagartos que estaban escondidos debajo corrieron a refugiarse en el hoyo.
Stanley y Zero se alejaron caminando con dificultad.
Vigilante corrió hacia ellos. Abrazó a Zero.
—Gracias a Dios que estás vivo —le dijo, intentando quitarle la maleta. Zero tiró de ella.
—Es de Stanley —dijo.
—No causes más problemas —le advirtió Vigilante—. La robasteis de mi cabaña, y os hemos pillado con las manos en la masa. Si os denuncio, Stanley podría volver a prisión. Pero en vista de las circunstancias, estoy dispuesta a…
—Tiene su nombre —dijo Zero.
La abogada de Stanley pasó por delante del hombre para echar un vistazo.
—Mire —dijo Zero—. Stanley Yelnats.
Stanley también miro. Y allí, en grandes letras negras, ponía STANLEY YELNATS.
El hombre alto miró por encima de las cabezas de todos y leyó el nombre en la maleta.
—¿Y dice usted que la robó de su cabaña?
Vigilante la miraba fijamente sin dar crédito a sus ojos.
—Es im… imposss… Es imposss… —Ni siquiera era capaz de decirlo.