Hoyos

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Segunda parte. El último hoyo » 48

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VOLVIERON andando lentamente al campamento. El hombre alto era el fiscal general de Texas, jefe del aparato judicial de ese estado. La abogada de Stanley era la señora Morengo.

Stanley llevaba la maleta. Estaba tan cansado que no podía pensar. Se sentía como si estuviera caminando en un sueño, sin comprender del todo lo que pasaba a su alrededor.

Se detuvieron a la puerta de la oficina. El señor Sir entró para recoger los efectos personales de Stanley. El fiscal general le dijo al señor Peraski que les diera a los chicos algo de comer y de beber.

Vigilante parecía tan confundida como Stanley.

—Si ni siquiera sabes leer —le dijo a Zero.

Zero no dijo nada.

La señora Morengo le puso a Stanley una mano en el hombro y le dijo que aguantase un poco. Vería a sus padres muy pronto.

Era más bajita que él, pero de algún modo daba la sensación de ser muy alta.

El señor Peraski volvió con dos cartones de zumo de naranja y dos bollos redondos. Stanley se bebió el zumo, pero no tenía ganas de comer.

—¡Un momento! —exclamó Vigilante—. Yo no he dicho que robara la maleta. Es su maleta, está claro, pero ha metido dentro lo que robó en mi cabaña.

—Eso no es lo que ha dicho usted antes —dijo la señora Morengo.

—¿Qué hay en la maleta? —le preguntó Vigilante a Stanley—. ¡Dinos que hay dentro, y luego la abriremos para comprobarlo!

Stanley no sabía qué hacer.

—Stanley, como tu abogada, te aconsejo que no la abras —dijo la señora Morengo.

—¡Tiene que abrirla! —dijo Vigilante—. Tengo el derecho de examinar los objetos personales de todos los detenidos. ¿Cómo sé que no lleva escondidas drogas o armas? ¡También robó un coche! ¡Tengo testigos! —Estaba al borde de la histeria.

—Ya no está bajo su jurisdicción —dijo la abogada.

—Todavía no ha sido puesto en libertad oficialmente —dijo Vigilante—. ¡Abre la maleta, Stanley!

Stanley no se movió.

El señor Sir volvió de la oficina con la mochila y la ropa de Stanley.

El fiscal general le dio un papel a la señora Morengo.

—Eres libre —le dijo a Stanley—. Sé que estás deseando salir de aquí, así que puedes quedarte con el mono naranja como recuerdo. O quémalo, como quieras. Buena suerte, Stanley.

Le ofreció la mano para despedirse, pero la señora Morengo se llevó a Stanley a toda prisa.

—Vamos, Stanley, tenemos mucho de qué hablar.

Stanley se volvió hacia Zero. No podía dejarlo allí.

Zero le hizo la señal de okay, con los puños cerrados y los pulgares levantados.

—No puedo dejar a Héctor —dijo Stanley.

—Sugiero que nos vayamos —dijo la abogada con cierta urgencia en su tono.

—Estaré bien —dijo Zero. Miró a un lado, al señor Peraski, y al otro, a Vigilante y al señor Sir.

—No puedo hacer nada por tu amigo —dijo la señora Morengo—. A ti te han liberado por orden del juez.

—Lo van a matar —dijo Stanley.

—Tu amigo no corre ningún peligro —dijo el fiscal general—. Va a haber una investigación sobre todo lo que ha pasado aquí. Por el momento, me hago cargo del campamento.

—Venga, Stanley —dijo la abogada—. Tus padres te esperan.

Stanley no se movió. Su abogada suspiró.

—¿Puedo echar un vistazo al expediente de Zero?

—Por supuesto —dijo el fiscal general—. Señora Walker, traiga el expediente de Héctor.

Ella lo miró sin expresión.

—¿A qué espera?

Vigilante se volvió al señor Peraski.

—Tráeme el expediente de Héctor Zeroni.

El monitor la miró sin moverse.

—¡Tráemelo! —le ordenó ella.

El señor Peraski entró en la oficina. Unos cuantos minutos después regresó y anunció que al parecer se había traspapelado.

El fiscal general estaba furioso.

—¿Qué tipo de campamento es este, señora Walker?

Vigilante no dijo nada. Estaba mirando fijamente la maleta. El fiscal general aseguró a la abogada que conseguiría los papeles.

—Discúlpenme un momento mientras hago una llamada a mi oficina —se volvió hacia Vigilante—. Supongo que el teléfono funcionará.

Entró en la oficina, cerrando tras de sí de un portazo. Un poco después apareció y le dijo a Vigilante que quería hablar con ella.

Ella soltó una palabrota y entró.

Stanley le hizo a Zero la señal de okay.

—¿Cavernícola? ¿Eres tú?

Se dio la vuelta y vio a Sobaco y Calamar que salían de la Nada. Calamar metió la cabeza dentro de la sala y gritó:

—¡El Cavernícola y Zero están aquí!

En un momento todos los chicos del Grupo D rodearon a Stanley y a Zero.

—Me alegro de verte, tío —dijo Sobaco, dándole la mano—. Pensábamos que te habrían comido los buitres.

—Stanley ha sido puesto en libertad —anunció el señor Peraski.

—¡Así se hace! —dijo Imán, dándole una palmada en el hombro.

—Y ni siquiera has tenido que pisar una serpiente de cascabel —dijo Calamar.

Incluso Zigzag vino a darle la mano.

—Siento mucho lo de…, bueno, ya sabes.

—No pasa nada —dijo Stanley.

—Tuvimos que sacar el camión a pulso —le dijo Zigzag—. Hicieron falta todos los de los grupos C, D y E. Lo sacamos por el aire.

—Fue chulísimo —dijo Tic.

Rayos X fue el único que no se acercó. Stanley lo vio un momento detrás de los otros, luego volvió a la Nada.

—¿Sabes qué? —dijo Imán, mirando de medio lado al señor Peraski—. Mami dice que ya no tenemos que cavar más hoyos.

—Genial —dijo Stanley.

—¿Me haces un favor? —dijo Calamar.

—Supongo —dijo Stanley, sin que sonara muy convencido.

—Me gustaría que… —Se volvió a la señora Morengo—. Oiga, señora, ¿me presta un boli y un papel?

Ella se lo dio y Calamar escribió un número de teléfono.

—Llama a mi madre de mi parte, ¿vale? Dile… Dile que lo siento mucho. Dile que dice Alan que lo siente mucho.

Stanley le prometió que lo haría.

—Ahora ten cuidado en el mundo real —le dijo Sobaco—. Toda la gente no es tan agradable como nosotros.

Stanley sonrió.

Los chicos se despidieron cuando Vigilante salió de la oficina. El fiscal general venía justo detrás de ella.

Mi oficina está teniendo algunas dificultades para localizar el expediente de Hector Zeroni dijo el fiscal general.

—¿Así que no tiene ninguna autoridad sobre él? —preguntó la señora Morengo.

—Yo no he dicho eso. Aparece en el ordenador. Pero no podemos entrar en su expediente. Es como si se hubiera caído por un hoyo del ciberespacio.

—Un hoyo del ciberespacio —repitió la señora Morengo—. Qué interesante. ¿Y en qué fecha es el cumplimiento de su condena?

—No lo sé.

—¿Cuánto tiempo lleva aquí?

—Como le he dicho, no podemos…

—¿Y cuáles son sus planes respecto a él? ¿Mantenerlo detenido indefinidamente, sin justificación, mientras recorre usted los agujeros negros del ciberespacio?

El fiscal general la miró sorprendido.

—Es evidente que lo encarcelaron por alguna razón.

—¿Sí? ¿Y qué razón es esa?

El fiscal general no respondió.

La abogada de Stanley cogió a Zero de la mano.

—Vamos, Héctor; te vienes con nosotros.

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