Hoyos

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Primera parte. Próxima parada: Campamento Lago Verde » 3

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STANLEY Yelnats era el único pasajero del autobús, sin contar al conductor y al policía. El policía estaba sentado junto al conductor con el asiento vuelto de cara a Stanley. Tenía un rifle sobre las piernas.

Stanley iba unas diez filas más atrás, esposado al reposabrazos. Su mochila estaba en el asiento de al lado. Contenía cepillo y pasta de dientes y un estuche de material de escritura que le había dado su madre. Le había prometido escribir al menos una vez a la semana.

Miró por la ventanilla, aunque no había mucho que ver, aparte de los campos de heno y algodón. Un largo viaje en autobús hacia ninguna parte. No había aire acondicionado y el aire caliente y pesado era casi tan sofocante como las esposas.

Stanley y sus padres habían intentado disimular, fingiendo que solo se iba de campamento por una temporada, como los niños ricos. Cuando Stanley era más pequeño, solía jugar con animalitos de peluche e imaginaba que estaban de campamento. El Campamento Diversión y Juegos, lo llamaba. A veces los ponía a jugar al fútbol con una canica. Otras, celebraban una carrera de obstáculos, o hacían puenting desde la mesa, atados con gomas elásticas rotas. Ahora Stanley intentó imaginar que iba al Campamento Diversión y Juegos. Quizá hiciera algunos amigos. Al menos, podría nadar en el lago.

En casa no tenía amigos. Estaba bastante gordo y los chicos del colegio solían burlarse de él por su corpulencia. A veces incluso sus profesores hacían comentarios crueles sin darse cuenta. En su último día de clase, la profesora de Matemáticas, la señora Bell, estaba explicando las proporciones y, a modo de ejemplo, escogió al chico más pesado y al más ligero de la clase y les hizo pesarse. Stanley pesaba tres veces más que el otro chico. La señora Bell escribió la proporción en la pizarra, 3:1, sin percatarse de la vergüenza que les había hecho pasar a los dos.

Stanley fue arrestado aquel mismo día.

Miró al policía que estaba desplomado en su asiento y se preguntó si estaría dormido. Como llevaba gafas de sol, Stanley no le veía los ojos.

Stanley no era mal chico. Era inocente del delito por el que lo habían condenado. Simplemente estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado.

¡Y todo por su tatarabuelo-desastre-inútil-ladrón-de-cerdos!

Sonrió. Era una broma de familia. Cuando algo salía mal, siempre le echaban la culpa al tatarabuelo.

Se decía que su tatarabuelo le había robado un cerdo a una gitana que tenía una sola pierna, y ella le había echado una maldición a él y a todos sus descendientes. Stanley y sus padres no creían en maldiciones, claro, pero cuando algo salía mal daba gusto poder echarle la culpa a alguien.

Y las cosas salían mal muchas veces. Parecían estar siempre en el sitio equivocado en el momento equivocado.

Miró por la ventanilla hacia la desolada inmensidad, contemplando el sube y baja del cable telefónico. En su mente oía la ronca voz de su padre cantándole suavemente:

«Ojalá, ojalá», suspira el pájaro carpintero,

«la corteza del árbol fuera un poco más tierna»,

mientras el lobo espera, hambriento y solitario,

llorándole a la luuuuuuuuuuuuuna.

«Ojalá, ojalá».

Era una canción que su padre solía cantarle. Tenía una melodía dulce y triste, pero la parte favorita de Stanley era cuando su padre aullaba la palabra «luna».

El autobús cogió un bache y el policía se enderezó, despierto al instante.

El padre de Stanley era inventor. Para ser un inventor con éxito hacen falta tres cosas: inteligencia, perseverancia y un poquito de suerte.

El padre de Stanley era muy listo y tenía un montón de perseverancia. Cuando empezaba un proyecto, trabajaba en él durante años, a veces pasándose varios días seguidos sin dormir. Pero no tenía ni pizca de suerte.

Cada vez que fallaba un experimento, Stanley le oía maldecir a su tatarabuelo.

El padre de Stanley también se llamaba Stanley Yelnats. El nombre completo de su padre era Stanley Yelnats III. Nuestro Stanley es Stanley Yelnats IV.

A todos en la familia siempre les había gustado que «Stanley Yelnats» se escribiera igual de delante atrás que de atrás hacia delante, por eso siempre le ponían Stanley a sus hijos. Stanley era hijo único, como todos los Stanley Yelnats anteriores.

Y había otra cosa más que todos ellos tenían en común. A pesar de su malísima suerte, nunca perdían la esperanza. Y, como decía siempre el padre de Stanley, «del fracaso se aprende».

Pero quizá aquello también fuera parte de la maldición. Si Stanley y su padre no conservaran siempre las esperanzas, no les dolería tanto cada vez que sus esperanzas acababan pisoteadas en el suelo.

«No todos los Stanley Yelnats han sido unos fracasados», decía a menudo la madre de Stanley, cuando su marido o su hijo se sentían tan abatidos que empezaban a creer en la maldición. El primer Stanley Yelnats, el bisabuelo de Stanley, había hecho una fortuna en la bolsa. «No pudo haber tenido tan mala suerte».

En aquellos momentos se le olvidaba mencionar la mala ventura que le acaeció al primer Stanley Yelnats. Perdió toda su fortuna cuando se trasladaba de Nueva York a California. Su diligencia fue asaltada por la forajida Kate «Besos» Barlow.

De no haber sido por eso, la familia de Stanley estaría viviendo en una mansión en la playa de California. En cambio, vivían apiñados en un apartamento pequeñísimo que olía a goma quemada y a pies.

Ojalá, ojalá.

El apartamento olía así de mal porque el padre de Stanley estaba intentando inventar una forma de reciclar zapatillas de deporte. «La primera persona que les encuentre una utilidad a las deportivas viejas», decía, «será un hombre muy rico».

Y precisamente este último proyecto fue el que condujo a la detención de Stanley.

El autobús avanzaba dando tumbos. La carretera ya no estaba pavimentada.

La verdad es que Stanley se quedó impresionado al enterarse de que su bisabuelo había sido asaltado por Kate «Besos» Barlow. Hombre, habría preferido vivir en la playa de California, pero de todas formas era una chulada que una salteadora famosa le hubiera robado a un pariente tuyo.

Kate Barlow no llegó a besar al bisabuelo de Stanley. Eso sí que hubiera sido genial, pero Kate solo besaba a los hombres que mataba. En cambio, le robó y lo dejó abandonado en mitad del desierto.

«Tuvo suerte de haber sobrevivido», indicaba rápidamente la madre de Stanley.

El autobús aminoró la marcha. El policía gruñó estirando los brazos.

—Bienvenido al Campamento Lago Verde —dijo el conductor.

Stanley miró a través de la sucia ventanilla. No veía ningún lago.

Y tampoco había mucho verde.

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