Hoyos

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Primera parte. Próxima parada: Campamento Lago Verde » 4

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CUANDO el policía le quitó las esposas y lo bajó del autobús, Stanley se sintió un poco aturdido. El viaje había durado más de ocho horas.

—Ten cuidado —le dijo el conductor.

Stanley no estaba seguro de si se refería a los escalones o a que tuviera cuidado en el Campamento Lago Verde.

—Gracias por el viaje —contestó Stanley. Tenía la boca seca y le dolía la garganta. Pisó la tierra marchita y dura. Alrededor de las muñecas, donde había llevado las esposas, se había formado una pulsera de sudor.

El terreno era yermo y desolado. Vio unos cuantos edificios con mala pinta y algunas tiendas de campaña. Un poco más lejos había una cabaña entre dos árboles altos. Aquellos árboles eran el único rastro de vegetación a la vista. Ni siquiera había malas hierbas.

El policía llevó a Stanley hacia un edificio pequeño. Delante había un cartel que decía CAMPAMENTO LAGO VERDE, CORRECCIONAL JUVENIL. Y, al lado, otro letrero informaba que iba en contra del Código Penal del estado de Texas entrar al recinto con pistolas, explosivos, armas, drogas o alcohol.

Al leer el cartel, Stanley no pudo evitar pensar: «Vaya, ¡buah!».

El policía condujo a Stanley al interior del edificio, donde recibió con alivio una oleada de aire acondicionado.

Había un hombre sentado con los pies encima de la mesa. Cuando Stanley y el policía entraron, volvió la cabeza, pero por lo demás no se movió. Aunque estaba bajo techo, llevaba gafas de sol y un sombrero vaquero. También tenía en la mano una lata de refresco y, nada más verla, Stanley fue más consciente de la sed que tenía.

Esperó mientras el policía del autobús le daba al hombre unos papeles para firmar.

—Vaya montón de pipas —dijo el policía.

En el suelo, cerca de la mesa, Stanley vio un saco de arpillera lleno de pipas de girasol.

—Dejé de fumar el mes pasado —dijo el hombre del sombrero vaquero. Tenía en el brazo un tatuaje de una serpiente de cascabel, y cuando firmaba los papeles parecía que la serpiente se meneaba—. Antes fumaba un paquete al día. Ahora acabo con un saco de estos a la semana.

El policía se rio.

Debía de haber una nevera pequeña detrás de la mesa, porque el hombre del sombrero sacó otras dos latas de refresco. Por un momento, Stanley imaginó que una sería para él, pero el hombre le dio una al policía e indicó que la otra era para el conductor.

—Nueve horas de ida y ahora otras nueve de vuelta —refunfuñó el policía—. Menudo día.

Stanley imaginó el largo y penoso viaje y sintió un poco de lástima por el policía y el conductor.

El hombre del sombrero vaquero escupió las cáscaras de pipas en una papelera. Luego rodeó la mesa y se acercó a Stanley.

—Me llamo señor Sir —dijo—. Cuando te dirijas a mí, debes llamarme así, ¿está claro?

Stanley vaciló.

—Mmm…, sí, señor Sir —dijo, aunque no creía que aquel fuera su nombre de verdad.

—No estás en un campamento de señoritas —dijo el señor Sir.

Stanley tuvo que quitarse la ropa delante del señor Sir para que comprobara que no llevaba nada escondido. Luego le dieron dos juegos de ropa y una toalla. Cada uno consistía en un mono naranja de manga larga, una camiseta naranja y calcetines amarillos. Stanley no estaba seguro de que los calcetines hubieran sido siempre amarillos.

También le dieron unas zapatillas de deporte blancas, una gorra naranja y una cantimplora de plástico duro que, desgraciadamente, estaba vacía. La gorra llevaba un trozo de tela cosido por detrás, para proteger el cuello.

Stanley se vistió. La ropa olía a detergente.

El señor Sir le dijo que debía utilizar un juego de ropa para trabajar y el otro para el tiempo libre. Se hacía la colada cada tres días. Entonces se lavaba la ropa de faena. La otra pasaba a ser la de trabajo y le daban ropa limpia para vestir en los ratos de descanso.

—Tienes que cavar un hoyo todos los días, incluyendo sábados y domingos. Cada hoyo debe medir un metro y medio de profundidad y un metro y medio de diámetro, tanto en el fondo como en la superficie. La pala te servirá para medirlo. El desayuno es a las cuatro y media.

Stanley debió de poner cara de sorpresa, porque el señor Sir le explicó que empezaban temprano para evitar las horas más calurosas del día.

—Aquí nadie va a ser tu niñera —añadió—. Cuanto más tardes en cavar, más tiempo estarás al sol. Si encuentras algo interesante, debes informarme a mí o a cualquier otro monitor. Cuando termines, el resto del día es todo tuyo.

Stanley afirmó con la cabeza para mostrar que había entendido.

—Esto no es un campamento de señoritas —dijo el señor Sir.

Registró la mochila de Stanley y le permitió quedársela. Luego lo acompañó fuera, bajo el sol cegador.

—Mira bien a tu alrededor —dijo el señor Sir—. ¿Qué ves?

Stanley miró hacia la llanura desértica. El aire parecía sólido por el polvo y el calor.

—No mucho —dijo, y añadió enseguida—: señor Sir.

El señor Sir se rio.

—¿Ves alguna torre de vigilancia?

—No.

—¿Y vallas electrificadas?

—No, señor Sir.

—No hay ninguna valla, ¿verdad?

—No, señor Sir.

—¿Quieres escaparte? —preguntó el señor Sir. Stanley le devolvió la mirada, sin entender qué quería decir.

—Si te quieres escapar, adelante, empieza a correr. Yo no te lo voy a impedir.

Stanley no entendía a qué estaba jugando el señor Sir.

—Veo que estás observando mi pistola. No te preocupes. No te voy a disparar —le dio un golpecito a la culata—. Esto es para los lagartos de pintas amarillas. No malgastaría una bala contigo.

—No me voy a escapar —dijo Stanley.

—Bien pensado —dijo el señor Sir—. De aquí no se escapa nadie. No nos hacen falta vallas. ¿Sabes por qué? Porque no hay ni una gota de agua en cien kilómetros a la redonda. ¿Quieres escaparte? En tres días serás pasto de los buitres.

Stanley vio unos chicos vestidos de naranja que se arrastraban hacia las tiendas cargados con palas.

—¿Tienes sed?

—Sí, señor Sir —respondió Stanley agradecido.

—Pues ya te puedes ir acostumbrando. Vas a tener sed durante los próximos dieciocho meses.

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