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Primera parte. Próxima parada: Campamento Lago Verde » 5

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HABÍA seis grandes tiendas grises, cada una con una letra negra: A, B, C, D, E y F. Las cinco primeras tiendas eran para los campistas. Los monitores dormían en la F.

A Stanley le asignaron la tienda D. El señor Peraski sería su monitor.

—Mi nombre es muy fácil de recordar —dijo el señor Peraski mientras le daba la mano a Stanley a la puerta de la tienda—. Dos palabras sencillas: pera, esquí.

El señor Sir volvió a la oficina.

El señor Peraski era más joven que el señor Sir y no daba tanto miedo. Llevaba el pelo rapado tan corto que casi parecía calvo, y una espesa barba negra le cubría la cara. El sol le había abrasado la nariz.

—El señor Sir no es tan malo como parece —dijo el señor Peraski—. Está de mal humor desde que dejó de fumar. De quien tienes que preocuparte es de Vigilante. En realidad solo hay una regla en el Campamento Lago Verde: No molestar a Vigilante.

Stanley asintió con la cabeza, como si hubiera entendido.

—Stanley, quiero que sepas que te respeto —añadió el señor Peraski—. Sé que has cometido errores graves en tu vida. Si no, no estarías aquí. Pero todos cometemos errores. Que hayas hecho cosas malas no significa que seas un mal chico.

Stanley asintió. Le pareció inútil tratar de explicarle al monitor que era inocente. Se imaginaba que todos dirían lo mismo. Y no quería que el señor Peraesquí pensara que tenía mala actitud.

—Voy a ayudarte a cambiar tu vida —dijo su monitor—. Pero tendrás que colaborar. ¿Puedo contar con tu ayuda?

—Sí, señor —dijo Stanley.

El señor Peraski asintió y le dio una palmadita en la espalda.

Dos chicos, cada uno con una pala, se acercaban cruzando el recinto del campamento. El señor Peraski los llamó.

—¡Rex! ¡Alan! Venid aquí y saludad a Stanley. Es el nuevo miembro de nuestro equipo.

Los chicos miraron fatigados a Stanley.

Estaban sudando a chorros y tenían la cara tan sucia que Stanley tardó un momento en darse cuenta de que uno era negro y el otro blanco.

—¿Qué le ha pasado a Vomitona? —preguntó el chico negro.

—Lewis sigue en el hospital —contestó el señor Peraski—. No va a volver.

Les dijo a los chicos que se acercaran y le dieran la mano a Stanley, «como caballeros».

—Hola —farfulló el chico blanco.

—Este es Alan —dijo el señor Peraski.

—No me llamo Alan —protestó el chico—. Soy Calamar. Y este es Rayos X.

—Hola —saludó Rayos X. Sonrió y le dio la mano a Stanley. Llevaba gafas, pero estaban tan sucias que Stanley dudaba que viera algo con ellas.

El señor Peraski le dijo a Alan que fuera a la sala de recreo y trajera a los demás para presentarlos a Stanley. Luego lo llevó dentro de la tienda.

Había siete camastros, separados menos de medio metro entre sí.

—¿Cuál era el camastro de Lewis? —preguntó el señor Peraski.

—Vomitona dormía ahí —dijo Rayos X, dándole una patada al jergón.

—Muy bien, Stanley, este será el tuyo —dijo el señor Peraski.

Stanley miró hacia el camastro y asintió. No le entusiasmaba especialmente dormir en el jergón que había pertenecido a un tal Vomitona.

A un lado de la tienda había siete cajones amontonados en dos pilas. La parte abierta de las cajas miraba hacia fuera. Stanley metió su mochila, su muda de ropa y la toalla en la antigua caja de Vomitona. Era la del suelo en la pila de tres.

Calamar volvió con otros cuatro chicos. El señor Peraski le presentó a los tres primeros como José, Theodore y Ricky. Ellos usaron para sí mismos los nombres Imán, Sobaco y Zigzag.

—Todos tienen motes —explicó Peraski—. Sin embargo, yo prefiero usar los nombres que les pusieron sus padres, los nombres por los que la sociedad los reconocerá cuando regresen a ella como miembros trabajadores y útiles.

—No es solo un mote —le dijo Rayos X al señor Peraski, señalando la montura de sus gafas—. Puedo ver en tu interior, Mami. Tienes un pedazo de corazón muy gordo.

El último chico no tenía nombre de verdad, o no tenía mote. El señor Peraski y Rayos X le llamaban Zero.

—¿Sabes por qué se llama Zero? —preguntó el señor Peraski—. Porque no tiene nada dentro de la cabeza —dijo con una sonrisa y, juguetonamente, sacudió el hombro de Zero.

Zero no dijo nada.

—¡Y este es Mami! —dijo un chico.

El señor Peraski sonrió.

—Si te sientes mejor llamándome Mami, Theodore, adelante —se volvió hacia Stanley—. Si tienes más preguntas, Theodore te ayudará. ¿Has oído, Theodore? Cuento contigo.

Theodore escupió un delgado hilo de saliva entre los dientes y los otros se quejaron de que había que mantener la «casa» limpia.

—Todos habéis sido novatos —continuó el señor Peraski— y sabéis lo que se siente. Confío en todos vosotros para que ayudéis a Stanley.

Stanley miraba al suelo.

El señor Peraski se fue y los chicos también fueron saliendo de la tienda, con las toallas y la muda de ropa. Stanley se sintió aliviado al quedarse solo, pero tenía tanta sed que le pareció que se iba a morir si no bebía algo enseguida.

—Eh, mmm…, Theodore —dijo, yendo detrás de él—. ¿Sabes dónde puedo llenar la cantimplora?

Theodore se dio la vuelta y agarró a Stanley por el cuello de la camisa.

—No me llamo Theodore —dijo—. Soy Sobaco. Y tiró a Stanley al suelo. Stanley lo miró aterrorizado.

—Hay un grifo en la pared de la caseta de las duchas.

—Gracias…, Sobaco —dijo Stanley.

Stanley lo vio alejarse, sin entender en absoluto por qué habría gente que quería llamarse Sobaco.

De algún modo, ahora se sentía mejor al tener que dormir en el camastro del tal Vomitona. Quizá fuera una expresión de respeto.

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