Hoyos

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Segunda parte. El último hoyo » 49

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EN Lago Verde no había lagartos de pintas amarillas. No llegaron a la zona hasta que se secó el lago. Pero la gente del pueblo había oído hablar de los «monstruos de ojos rojos» que vivían en las colinas del desierto.

Una tarde, Sam, el vendedor de cebollas, y su burra Mary Lou se dirigían hacia su barca que estaba anclada cerca de la orilla. Era a finales de noviembre y los melocotoneros habían perdido casi todas las hojas.

—¡Sam! —llamaron.

Sam se giró y vio a tres hombres que corrían hacia él, agitando sus sombreros. Los esperó.

—Buenas tardes, Walter, Bo, Jesse —saludó cuando llegaron sin aliento hasta él.

—Menos mal que te encontramos —dijo Bo—. Vamos a cazar serpientes de cascabel mañana temprano.

—Queremos llevarnos un poco de tu zumo para lagartos —dijo Walter.

—Las serpientes no me asustan un pelo —dijo Jesse—. Pero no me gustaría toparme con uno de esos monstruos de ojos rojos. Una vez vi uno y con eso tengo bastante. Sabía lo de los ojos rojos, claro. Pero no me habían dicho nada de los enormes dientes negros.

—A mí lo que me aterra es la lengua blanca —dijo Bo.

Sam les dio dos botellas a cada uno de jugo de cebolla puro. Les dijo que se bebieran una botella antes de acostarse aquella noche, media por la mañana y la otra media a la hora de comer.

—¿Estás seguro de que funciona? —preguntó Walter.

—Hacemos una cosa —dijo Sam—. Si no funciona, me la traes la semana que viene y te devuelvo el dinero.

Walter miró alrededor confundido, y Bo y Jesse se echaron a reír. Sam también se rio e incluso Mary Lou dejó escapar uno de sus escasos rebuznos.

—Que no se os olvide —les dijo Sam antes de que se marcharan—. Es muy importante que bebáis una botella esta noche. Tiene que entrar en la sangre. A los lagartos no les gusta la sangre de cebolla.

Stanley y Zero iban en el asiento trasero del BMW de la señora Morengo. Llevaban la maleta entre los tíos. Estaba cerrada, y decidieron esperar a que la abriera el padre de Stanley en su taller.

—No sabes lo que hay dentro, ¿verdad? —preguntó la mujer.

—No —dijo Stanley.

—Eso me ha parecido.

El aire acondicionado estaba puesto, pero iban con las ventanillas bajadas también, porque «No os lo toméis a mal, chicos, pero apestáis».

La señora Morengo les explicó que era abogada de patentes.

—Estoy ayudando a tu padre con el nuevo producto que ha inventado. Un día por casualidad mencionó tu situación, así que me puse a investigar un poco. Las zapatillas de Clyde Livingston fueron robadas antes de las tres y cuarto. Encontré a un joven, Derrick Dunne, que me dijo que a las tres y veinte estabas en los servicios pescando tu cuaderno del retrete. Dos chicas recuerdan haberte visto salir del servicio de chicos con un cuaderno mojado.

Stanley se puso rojo. A pesar de todo lo que había vivido, seguía avergonzándole recordar el incidente.

—Así que era imposible que las hubieras robado tú —dijo la señora Morengo.

—Él no las robó. Fui yo —explicó Zero.

—¿Qué? —preguntó la señora Morengo.

—Que yo robé las zapatillas.

La abogada se dio la vuelta para mirarlo sin dejar de conducir.

—No he oído nada —dijo—. Y te aconsejo que te asegures de que no lo vuelva a oír.

—¿Qué ha inventado mi padre? —preguntó Stanley—. ¿Encontró la forma de reciclar zapatillas viejas?

—No, todavía sigue trabajando en eso —explicó la señora Morengo—. Pero ha inventado un producto que elimina el olor de pies. Mira, tengo una muestra en mi maletín. Ojalá tuviera más. Os vendría muy bien a los dos daros un baño con ella.

Abrió el maletín con una mano y les pasó una pequeña botella. Tenía un aroma fresco y fragante. Stanley se la dio a Zero.

—¿Cómo se llama? —preguntó Stanley.

—Todavía no se nos ha ocurrido un nombre —respondió la señora Morengo.

—El olor me recuerda a algo —dijo Zero.

—A melocotones, ¿verdad? —sugirió la señora Morengo—. Es lo que dice todo el mundo.

Al cabo de un rato los dos chicos se durmieron. A sus espaldas el cielo se había oscurecido, y, por primera vez en más de cien años, cayó una gota de lluvia en el lago desierto.

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