Hoyos

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Primera parte. Próxima parada: Campamento Lago Verde » 6

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STANLEY se dio una ducha, si es que eso se puede llamar ducha; cenó, si es que se puede llamar cena a lo que comió, y se fue a la cama, si es que se puede llamar cama a un camastro apestoso y áspero.

Debido a la escasez de agua, los campistas solo tenían cuatro minutos para ducharse. Stanley tardó casi todo ese tiempo en acostumbrarse al agua fría. No había llave de agua caliente. Stanley se metía debajo del chorro y salía otra vez dando un respingo, volvía a meterse, y así hasta que el grifo se cerró automáticamente. No consiguió usar la pastilla de jabón, pero casi mejor, porque no habría tenido tiempo de enjuagarse.

La cena era una especie de guiso de carne con verduras. La carne era marrón y las verduras fueron verdes en su día. Sabía todo más o menos igual. Se lo comió y rebañó el plato con la rebanada de pan blanco. Stanley no era de los que se dejaban comida en el plato, supiese como supiese.

—¿Y tú qué hiciste? —le preguntó uno de los campistas.

Al principio Stanley no entendió a qué se refería.

—Te mandarían aquí por algo, ¿no?

—Ah —comprendió—. Robé un par de zapatillas de deporte.

A los otros chicos les pareció gracioso. Stanley no sabía bien por qué. Quizá porque robar un par de zapatos no era nada comparado con los delitos de ellos.

—¿De una tienda o se las quitaste a alguien?

—Mmm…, ninguna de las dos cosas —contestó Stanley—. Eran de Clyde Livingston.

Nadie le creyó.

—¿Pies Dulces? —dijo Rayos X—. ¡Anda ya!

—Ni de broma —añadió Calamar.

Tumbado en la cama, Stanley pensó que la cosa tenía su gracia. Cuando juró que era inocente, nadie le había creído. Y ahora que admitía haber robado las zapatillas, tampoco se lo creían.

Clyde «Pies Dulces» Livingston era un famoso jugador de béisbol. En los últimos tres años había sido el jugador que había robado más bases de la liga. Además era el único en la historia que había conseguido cuatro jugadas triples en un solo partido.

Stanley tenía un póster suyo en la pared de su cuarto. Pero eso era antes. Ahora no sabía dónde estaba. La policía se lo había llevado para usarlo en el juicio como prueba de su culpabilidad.

Clyde Livingston también acudió al juzgado. A pesar de todo, cuando Stanley se enteró de que Pies Dulces iba a estar allí, se emocionó ante la perspectiva de conocer a su héroe.

Clyde Livingston declaró que aquellas eran sus zapatillas y que las había donado para recaudar dinero para un refugio de niños sin hogar. Dijo que no podía imaginarse que alguien pudiera ser tan horrible como para robarles a niños desvalidos.

Para Stanley, aquello fue lo peor. Su héroe pensaba que era un cochino ladrón.

Stanley intentó darse la vuelta en el camastro, y temió que se viniera abajo con su peso. Casi no cabía. Cuando por fin consiguió ponerse boca abajo, olía tan mal que tuvo que darse la vuelta otra vez y dormir boca arriba. Apestaba a leche agria.

Aunque era de noche, el aire seguía siendo caliente. Dos camastros más allá, Sobaco roncaba.

En su colegio, había un chulito llamado Derrick Ultime que solía atormentar a Stanley. Los profesores nunca se tornaron en serio las quejas de Stanley porque Derrick era mucho más bajo que él. A algunos profesores parecía hacerles gracia que un chico menudo como Derrick se metiera con uno tan grande como Stanley.

El día en que lo arrestaron, Derrick había cogido el cuaderno de Stanley y, después de haberle tomado un rato el pelo, lo tiró en el retrete del servicio de chicos. Cuando por fin consiguió sacarlo de allí, Stanley había perdido el autobús y tuvo que volver andando a casa.

Iba caminando con el cuaderno mojado, pensando que tendría que pasar los apuntes a limpio, cuando cayeron del cielo las zapatillas.

—Iba hacia mi casa y las zapatillas cayeron del cielo —le dijo al juez—. Una me dio en la cabeza.

Y además le había hecho daño.

La verdad es que no habían caído exactamente del cielo. Iba caminando debajo de un puente de la autopista cuando un zapato le golpeó en la cabeza. Stanley lo tomó como una especie de señal. Su padre estaba intentando encontrar una forma de reciclar zapatillas viejas, y de repente le caían encima un par de deportivas, aparentemente salidas de la nada, como un regalo de Dios.

Por supuesto, no tenía ni idea de que pertenecían a Clyde Livingston. De hecho, aquellas zapatillas no tenían nada de dulces. El dueño, quienquiera que fuese, tenía serios problemas de olor de pies.

Stanley no pudo evitar pensar que aquellas zapatillas tenían algo especial, que de alguna forma serían la clave del invento de su padre. Era demasiada coincidencia para ser solo un accidente. Stanley sintió que tenía en sus manos los zapatos del destino.

Echó a correr. Al recordarlo, no sabía bien por qué. Quizá tenía prisa por llevarle los zapatos a su padre, o quizá intentaba alejarse lo más rápido posible del día tan humillante y lamentable que había pasado en el colegio.

Un coche patrulla se detuvo a su lado. Un policía le preguntó por qué corría. Luego cogió las zapatillas e hizo una llamada por radio. Poco después, arrestó a Stanley.

Resultó que las zapatillas habían sido robadas de una vitrina en el albergue de los niños sin hogar. Aquella tarde iba a acudir un montón de gente rica, que pagaría cien dólares por el menú que los pobres comían gratis todos los días. Clyde Livingston, que cuando era joven había vivido en el albergue, pronunciaría unas palabras y firmaría autógrafos. Se subastarían sus zapatillas y esperaban venderlas por más de cinco mil dólares. Todo ese dinero sería para ayudar a los que carecían de hogar.

El juicio de Stanley se retrasó varios meses debido a la temporada de béisbol. Sus padres no podían pagar a un abogado. «No te hace falta un abogado», dijo su madre. «Tú simplemente di la verdad».

Stanley dijo la verdad, pero quizá habría sido mejor haber mentido un poquito. Podía haber dicho que había encontrado las zapatillas en la calle. Nadie se creyó que hubieran caído del cielo.

Se dio cuenta de que no había sido cosa del destino. ¡Era su tatarabuelo-desastre-inútil-ladrón-de-cerdos!

El juez dijo que el delito de Stanley era despreciable. «Las zapatillas estaban valoradas en más de cinco mil dólares. Ese dinero se emplearía para proporcionar alimentos y refugio a los niños sin hogar. Y tú se lo robaste, solo para tener un recuerdo».

El juez dijo que había una plaza en el Campamento Lago Verde y sugirió que la disciplina del campamento podría mejorar el carácter de Stanley. O eso, o la cárcel. Sus padres preguntaron si podían averiguar algo más sobre el Campamento Lago Verde antes de decidir, pero el juez les aconsejó que escogieran inmediatamente. «En el Campamento Lago Verde las plazas libres no suelen durar mucho».

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