Hoyos

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Primera parte. Próxima parada: Campamento Lago Verde » 7

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LA pala pesaba mucho en las manos blandas y carnosas de Stanley. Intentó clavarla en la tierra, pero la hoja chocó contra el suelo y rebotó sin dejar ni siquiera una muesca. Las vibraciones subieron por la madera del mango y las muñecas de Stanley. Le temblequearon todos los huesos.

Todavía era de noche. No había ninguna luz, solamente la de la luna y las estrellas, más estrellas de las que Stanley había visto nunca. Cuando el señor Peraski llegó a despertarlos, a Stanley le pareció que apenas acababa de quedarse dormido.

Con toda la fuerza que pudo, volvió a clavar la pala en el fondo seco del lago. Le dolieron las manos del golpe, pero no consiguió levantar ni un grano de arena. A lo mejor le había tocado una pala defectuosa. Miró a Zero, a unos cinco metros de distancia, que estaba levantando una paletada de tierra y echándola a una pila que ya se elevaba casi treinta centímetros.

Para desayunar les habían dado una especie de cereales templados. Lo mejor fue el zumo de naranja. Les dieron un tetrabrik de medio litro a cada uno. Los cereales no sabían tan mal, pero olían igual que su camastro.

Luego llenaron las cantimploras, cogieron las palas y los llevaron caminando hacia el lago. Cada grupo tenía asignada una zona distinta.

Las palas las guardaban en un cobertizo cerca de las duchas. A Stanley le parecían todas iguales, aunque Rayos X tenía una especial que los demás no estaban autorizados a usar. Rayos X decía que era más corta que las otras, pero, si era cierto, sería por menos de un centímetro.

Todas las palas medían un metro y medio, desde la punta de la hoja de acero hasta el final del mango de madera. El hoyo de Stanley tendría que ser tan profundo como su pala y con el mismo diámetro, de forma que la pala cupiese en todas las direcciones. Por eso Rayos X quería la más corta.

El lago estaba tan lleno de hoyos y montones de tierra que a Stanley le recordó unas fotos de la luna que había visto una vez.

—Si encuentras algo interesante o raro —le había dicho el señor Peraski— debes informarme a mí o al señor Sir cuando vengamos con el camión del agua. Si a Vigilante le gusta lo que hayas encontrado, tienes el resto del día libre.

—¿Y qué se supone que debemos buscar? —le preguntó Stanley.

—No estamos buscando nada. Caváis hoyos para fortalecer vuestro carácter. Pero si encontraras algo, a Vigilante le gustaría saberlo.

Stanley miró su pala con desesperación. No estaba defectuosa. El defectuoso era él.

Vio una delgada grieta en el suelo. Colocó la punta de la pala sobre ella y saltó sobre la hoja con los dos pies.

La pala se introdujo unos cuantos centímetros en la tierra compacta.

Sonrió. Por una vez en la vida sus kilos servían para algo.

Se apoyó en el mango, consiguió sacar su primera palada de tierra y la echó a un lado.

«Solo me quedan unos diez millones más», pensó mientras volvía a colocar la pala en la grieta y saltaba una vez más sobre ella.

De esta forma consiguió extraer varias paletadas más, antes de darse cuenta de que estaba arrojando la tierra en el perímetro de su hoyo. Puso la pala en el suelo y marcó el lugar donde debían estar los límites del agujero. Un hoyo de un metro y medio era horriblemente ancho.

Movió la tierra que ya había excavado fuera de las marcas. Tomó un trago de la cantimplora. Un hoyo de un metro y medio sería horriblemente profundo también.

Al cabo de un rato cavar se le fue haciendo más fácil. La tierra era más dura en la superficie, donde el sol había endurecido una corteza de unos veinte centímetros de anchura. Debajo, la tierra estaba más suelta, pero para cuando Stanley consiguió atravesar la corteza, le había salido una ampolla en la mitad del dedo gordo y le dolía sujetar la pala.

El tatarabuelo de Stanley se llamaba Elya Yelnats. Nació en Letonia. Cuando tenía quince años se enamoró de Myra Menke.

(Elya no sabía que era el tatarabuelo de Stanley).

Myra Menke tenía catorce años. En dos meses cumpliría los quince, y su padre había decidido casarla para entonces.

Elya se presentó ante el padre para pedir su mano, al igual que Igor Barkov, el propietario de una granja de cerdos. Igor tenía cincuenta y siete años, la nariz roja y las mejillas regordetas.

—Te doy el cerdo más gordo que tengo a cambio de tu hija —ofreció Igor.

—Y tú, ¿qué ofreces? —le preguntó a Elya el padre de Myra.

—Un corazón lleno de amor —respondió Elya.

—Preferiría un buen cerdo —respondió el padre de Myra.

Desesperado, Elya fue a ver a madame Zeroni, una vieja egipcia que vivía a las afueras de la ciudad. Se había hecho amigo suyo, aunque ella era mucho mayor que él. Era incluso mayor que Igor Barkov.

A los otros chicos del pueblo les gustaba mucho practicar la lucha libre en el barro. Elya prefería visitar a madame Zeroni y escuchar sus muchas historias.

Madame Zeroni tenía la piel oscura y una boca muy grande. Cuando te miraba, sus ojos parecían expandirse y daba la sensación de que te estaba traspasando con la mirada.

—Elya, ¿qué te pasa? —preguntó antes de que él le dijera que estaba triste. Estaba sentada en una silla de ruedas casera. Le faltaba el pie izquierdo. La pierna terminaba en el tobillo.

—Estoy enamorado de Myra Menke —confesó Elya—. Pero Igor Barkov ha ofrecido su cerdo más gordo a cambio de su mano. No hay nada que hacer.

—Muy bien —contestó madame Zeroni—. Eres demasiado joven para casarte. Tienes toda la vida por delante.

—Pero yo la quiero.

—Myra tiene la cabeza tan vacía como una maceta.

—Pero es guapísima.

—También las macetas son hermosas. ¿Sabe usar el arado? ¿Sabe ordeñar una cabra? No, es demasiado delicada. ¿Es capaz de mantener una conversación inteligente? No, es tonta y necia. ¿Cuidará de ti cuando estés enfermo? No, es una niña mimada y solo quiere que cuiden de ella. Sí, es muy guapa. ¿Y qué? ¡Fffuui!

Madame Zeroni escupió en la tierra.

Le dijo a Elya que debía marcharse a América.

—Como mi hijo. Allí está tu futuro, no con Myra Menke.

Pero Elya no quería oír hablar del asunto. Tenía quince años y lo único que veía era la belleza hueca de Myra.

Madame Zeroni odiaba verlo tan abatido y, en contra de lo que dictaba la sensatez, decidió ayudarlo.

—Resulta que mi cerda parió ayer una nueva camada —dijo—. Hay uno, el más pequeño, a quien no quiere darle de mamar. Te lo doy. De todas formas se iba a morir.

Madame Zeroni llevó a Elya a la parte de atrás de la casa donde tenía los cerdos. Elya cogió el pequeño cerdito, pero no veía de qué le iba a servir. No era mucho más grande que una rata.

—Crecerá —le aseguró madame Zeroni—. ¿Ves aquella montaña al otro lado del bosque?

—Sí —dijo Elya.

—En la cima de la montaña hay un arroyo; el agua corre ladera arriba. Tienes que llevar al cerdito todos los días a la cima de la montaña y dejar que beba del arroyo. Cuando esté bebiendo, tienes que cantarle una canción.

Le enseñó a Elya una canción especial para cantarle al cerdito.

El día del cumpleaños de Myra, tienes que llevar el cerdo a la montaña por última vez. Después, llévaselo directamente al padre de Myra. Será más gordo que todos los gorrinos de Igor.

—Si va a ser tan gordo —preguntó Elya—, ¿cómo lo voy a subir hasta la cima de la montaña?

—El cerdito no pesa tanto ahora, ¿no? —preguntó madame Zeroni.

—Claro que no —contestó Elya.

—¿Y crees que mañana podrás con él?

—Sí.

—Lo subirás a la montaña todos los días. Cada día pesará un poco más, pero tú serás un poco más fuerte. Y cuando le des el cerdo al padre de Myra, quiero que me hagas un último favor.

—Lo que sea —dijo Elya.

—Quiero que me subas a la montaña. Quiero beber del arroyo, y que me cantes la canción. Elya le prometió que lo haría.

Madame Zeroni le advirtió que si no lo hacía, él y todos sus descendientes tendrían mala suerte por toda la eternidad.

En aquel momento, Elya no le dio importancia a la maldición. Era un chico de quince años y la «eternidad» no parecía más allá del próximo martes. Además, madame Zeroni le caía muy bien y estaría encantado de subirla a la montaña. Lo hubiera hecho aquel mismo día, pero todavía no era lo bastante fuerte.

Stanley seguía cavando. Su agujero medía casi un metro de profundidad, pero solo en el centro. Las paredes se inclinaban hacia el borde. El sol acababa de asomarse sobre el horizonte, pero ya sentía los calurosos rayos sobre la cara.

Cuando se agachó para coger la cantimplora, se sintió mareado de repente y apoyó las manos en las rodillas para no caerse. Por un momento temió que iba a vomitar, pero se le pasó. Bebió hasta la última gota de la cantimplora. Tenía ampollas en todos los dedos y una en el centro de la palma de cada mano.

Los hoyos de los demás eran mucho más profundos que el suyo. No los veía, pero lo sabía por el tamaño de los montones de arena.

Una nube de polvo avanzaba por la llanura y se dio cuenta de que los otros habían dejado de cavar y también la estaban mirando. La nube de tierra se acercó y Stanley vio que era una camioneta roja.

La camioneta se detuvo cerca de donde estaban cavando y los chicos se colocaron en fila detrás de ella, Rayos X el primero y Zero el último. Stanley se puso a la cola detrás de Zero.

El señor Sir llenaba las cantimploras con el agua de un depósito que llevaba en la parte trasera del vehículo. Cuando cogió la cantimplora de Stanley, le dijo:

—Esto no es un campamento de señoritas, ¿verdad?

Stanley encogió un hombro.

El señor Sir siguió a Stanley hasta su hoyo para ver cómo iba.

—Más vale que te pongas en serio —comentó—. O te va a tocar cavar durante las horas más calurosas del día.

Se metió unas cuantas pipas en la boca, las peló hábilmente con los dientes y escupió las cáscaras en el hoyo de Stanley.

Todos los días Elya subía el cerdito a la montaña y le cantaba mientras el animal bebía del arroyo. El cerdito engordaba y Elya se hacía más fuerte.

El día del cumpleaños de Myra, el cerdo de Elya pesaba casi treinta arrobas. Madame Zeroni le había dicho que lo subiera a la montaña también aquel día, pero Elya no quería presentarse ante Myra oliendo a puerco.

En vez de eso, se dio un baño. Era su segundo baño en menos de una semana.

Luego llevó el cerdo a casa de Myra.

Igor Barkov también estaba allí con el suyo.

—Son dos de los mejores ejemplares que he visto en mi vida —declaró el padre de Myra.

También se quedó impresionado con Elya, que parecía haberse vuelto más grande y fuerte en los últimos dos meses.

—Antes pensaba que eras un inútil que lo único que hacía era leer —dijo—. Pero ahora veo que podrías servir para la lucha libre en el barro.

—¿Puedo casarme con su hija?

—Primero hay que pesar los cerdos.

Ay, el pobre Elya debía haber subido el cerdo a la montaña por última vez. Los dos cerdos pesaban exactamente lo mismo.

Las ampollas de Stanley habían reventado y se formaron otras nuevas. Intentó colocar las manos de forma distinta sobre el mango para que no le dolieran. Al final, se quitó la gorra y la usó como un guante, entre el mango y las manos en carne viva. Así le dolía menos, pero cavar era más difícil porque el mango se le resbalaba. El sol le golpeaba la cabeza y el cuello.

Aunque intentó convencerse de lo contrario, se había dado cuenta hacía un rato de que los montones de tierra estaban demasiado cerca de los bordes del hoyo. Estaban fuera de su círculo de metro y medio, pero estaba claro que se iba a quedar sin sitio. Aun así, hizo como si no lo notara, y siguió añadiendo tierra a los montones, que al final tendría que acabar moviendo.

El problema era que cuando la tierra estaba en el suelo era compacta, pero se expandía al excavarla. La altura de los montones era mucho mayor que la profundidad del hoyo.

No había más remedio, ahora o nunca. De mala gana, salió del hoyo y una vez más volvió a hincar la pala en la tierra que había cavado antes.

El padre de Myra se puso a cuatro patas y examinó detalladamente cada cerdo, del rabo al hocico.

—Son los dos mejores cerdos que he visto en mi vida —dijo, por fin—. ¿Cómo voy a decidir? Solo tengo una hija.

—¿Por qué no dejas que decida ella? —sugirió Elya.

—¡Menudo disparate! —exclamó Igor, escupiendo saliva al hablar.

—Myra es una cabeza hueca —dijo su padre—. ¿Cómo va a ser capaz de decidir si yo, su padre, no puedo?

—Ella sabe lo que siente su corazón —dijo Elya. El padre de Myra se frotó la barbilla. Luego se echó a reír y dijo:

—¿Por qué no? —Le dio una palmada en la espalda a Elya—. A mí me da lo mismo. Al fin y al cabo, un cerdo es un cerdo.

Mandó llamar a su hija.

Elya se puso colorado cuando Myra entró en la sala.

—Buenas tardes, Myra —dijo. Ella le miró.

—Te llamas Elya, ¿no? —le preguntó.

—Myra —dijo su padre—, Elya e Igor han ofrecido un cerdo cada uno a cambio de tu mano. A mí me da lo mismo. Un cerdo es un cerdo. Así que dejo que elijas tú. ¿Con quién te quieres casar?

Myra parecía confusa.

—¿Quieres que decida yo?

—Sí, mi corazoncito —dijo su padre.

—Vaya, no sé —dijo Myra—. ¿Cuál pesa más?

—Los dos pesan igual —contestó su padre.

—Cáspita —dijo Myra—. Entonces elijo a Elya… No, a Igor. No, Elya. No, Igor. ¡No, ya sé! Voy a pensar un número del uno al diez y me casaré con el que lo adivine. Ya lo tengo.

—Diez —dijo Igor.

Elya no dijo nada.

—Elya —dijo Myra—, ¿qué número dices tú?

Elya no eligió ningún número.

—Cásate con Igor —murmuró—. Te puedes quedar con el cerdo como regalo de boda.

Cuando el camión del agua hizo la segunda ronda, lo conducía el señor Peraski, que también les trajo el almuerzo. Stanley se sentó a comer apoyado contra un montón de tierra. Tenía un sándwich de mortadela, una bolsa de patatas fritas y una galleta de chocolate.

—¿Cómo vas? —le preguntó Imán.

—No muy bien —contestó Stanley.

—Bueno, el primer hoyo es el más duro —dijo Imán.

Stanley respiró hondo. No podía perder tiempo. Los demás le llevaban mucha delantera y el sol cada vez pegaba más fuerte. Y todavía no eran ni las doce.

Pero no sabía si le quedaba energía para levantarse.

Pensó en abandonar. Se preguntó qué le harían. ¿Qué podrían hacerle?

La ropa estaba empapada de sudor. En el colegio había aprendido que sudar es bueno. Así nos mantiene frescos la naturaleza. Entonces, ¿por qué tenía tanto calor?

Apoyándose en la pala, consiguió levantarse.

—¿Dónde se supone que vamos al servicio? —le preguntó a Imán.

Imán hizo un gesto con el brazo señalando la gran llanura a su alrededor.

—Escoge un hoyo, el que más te guste.

Stanley caminaba con dificultad y estuvo a punto de tropezar con un montón de tierra. A sus espaldas oyó la voz de Imán:

—Pero antes asegúrate de que no viva nada dentro.

Al salir de casa de Myra, Elya vagó sin rumbo por el pueblo hasta llegar al puerto. Se sentó en el borde de un muelle y se quedó mirando el agua fría y oscura. No entendía cómo Myra era incapaz de decidir entre Igor y él. Creía que ella le quería. Pero aunque no lo quisiera, ¿no veía que Igor era un miserable?

Madame Zeroni tenía razón. Tenía la cabeza tan vacía como una maceta.

Un grupo de hombres se estaba reuniendo en otro muelle, y Elya se acercó a ver qué pasaba. Había un cartel que decía:

SE NECESITAN MARINEROS

PASAJE GRATIS A AMÉRICA

No tenía ninguna experiencia en el mar, pero el capitán del barco lo admitió a bordo. Se dio cuenta de que Elya era un hombre fuerte. No todo el mundo era capaz de subir a cuestas un cerdo enorme hasta la cima de una montaña.

Cuando el barco había salido de la bahía y se hallaba en alta mar cruzando el Atlántico, Elya se acordó de su promesa de subir a madame Zeroni a la montaña. Se sintió fatal.

No le tenía miedo a la maldición. Pensó que era una tontería. Pero se sintió mal porque sabía que madame Zeroni quería beber del arroyo antes de morir.

Zero era el chico más menudo del Grupo D, pero fue el primero en terminar de cavar.

—¿Has acabado? —preguntó Stanley con envidia.

Zero no dijo nada.

Stanley fue hasta el hoyo de Zero y vio cómo lo medía con la pala. La boca era un círculo perfecto, con paredes lisas y verticales. No había quitado ni un solo grano de arena de más.

Zero se aupó fuera del hoyo. Ni siquiera sonrió. Miró hacia su cilindro perfecto, escupió dentro, se dio la vuelta y echó a andar hacia el campamento.

—Zero es un tío raro —dijo Zigzag.

Stanley se habría reído, pero no tenía fuerzas. Zigzag era el «tío más raro» que Stanley había visto en su vida. Tenía el cuello largo y delgado y la cabeza grande y redonda con pelo rubio y de punta. La cabeza subía y bajaba sobre el cuello, como si estuviera encima de un muelle.

El segundo en terminar fue Sobaco. También escupió en su hoyo antes de volver al campamento. Uno a uno, Stanley vio a todos los chicos escupir en sus respectivos hoyos y regresar a las tiendas.

Stanley siguió cavando. Su hoyo le llegaba casi hasta el hombro, aunque era difícil decir dónde estaba el nivel del suelo exactamente porque los montones de arena lo rodeaban por todas partes. Cuanto más hondo cavaba, más difícil era sacar la arena fuera. Se dio cuenta de que iba a tener que volver a mover los montones.

La gorra tenía manchas de la sangre de sus manos. Le pareció que estaba cavando su propia tumba.

En América, Elya aprendió a hablar inglés. Se enamoró de una mujer llamada Sarah Miller. Sabía arar, ordeñar una cabra y, lo más importante, pensar por sí misma. Sarah y Elya solían quedarse levantados hasta muy tarde hablando y riéndose juntos.

No tuvieron una vida fácil. Elya trabajaba duro, pero la mala suerte lo perseguía por dondequiera que iba. Siempre parecía estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Se acordó de que madame Zeroni le había dicho que tenía un hijo en América. Elya lo buscó por todas partes. Se acercaba a completos desconocidos y les preguntaba si conocían a alguien llamado Zeroni.

Pero nadie lo conocía. Elya no estaba seguro de qué haría si lo llegaba a encontrar algún día. ¿Subirle a una montaña y cantarle la nana del cerdito a él?

Cuando cayó un rayo en su granero por tercera vez, le contó a Sarah la historia de la promesa incumplida a madame Zeroni.

—Soy peor que un ladrón de cerdos —le dijo a Sarah—. Deberías dejarme y encontrar a alguien que no esté marcado por una maldición.

—No pienso dejarte —dijo Sarah—. Pero quiero que hagas una cosa por mí.

—Lo que sea —dijo Elya. Sarah sonrió.

—Cántame la nana del cerdito.

Él se la cantó.

—Es preciosa. ¿Qué quiere decir? —preguntó ella con los ojos brillantes.

Elya intentó traducirla del letón al inglés, pero no era lo mismo.

—En letón rima —dijo él.

—Ya me he dado cuenta —dijo Sarah.

Un año después tuvieron un hijo. Sarah le puso Stanley porque había notado que «Stanley» era «Yelnats» al revés.

Sarah cambió las palabras de la nana del cerdito para que rimara, y todas las noches se la cantaba al pequeño Stanley.

«Ojalá, ojalá», suspira el pájaro carpintero,

«la corteza del árbol fuera un poco más tierna»,

mientras el lobo espera, hambriento y solitario,

llorándole a la luuuuuuuuuuuuuna.

«Ojalá, ojalá».

El hoyo de Stanley era tan profundo como su pala, pero el fondo no era lo bastante ancho. Con la cara contraída en un gesto de dolor, hincó la pala y levantó la tierra arrojándola a un montón.

Colocó la pala en el fondo del agujero y, para su sorpresa, cabía. La giró y solo tuvo que quitar un poco más de tierra aquí y allá para que quedase plana en todas las direcciones.

Oyó el camión del agua acercándose y se sintió extrañamente orgulloso de poder mostrarle al señor Sir o al señor Peraski que había cavado su primer hoyo.

Apoyó las manos en el borde e intentó auparse. No pudo. Los brazos eran demasiado débiles para levantar su corpachón.

Se ayudó con las piernas, pero no le quedaba fuerza alguna. Atrapado en su propio hoyo. Casi tenía gracia, pero no estaba de humor para reírse.

—¡Stanley! —Oyó al señor Peraski.

Usando la pala hizo dos agujeros en la pared del hoyo para meter los pies a modo de escalones.

Al salir vio al señor Peraski caminando hacia él.

—Tenía miedo de que te hubieras desmayado —dijo el señor Peraski—. No habrías sido el primero.

—Ya he terminado —dijo Stanley poniéndose la gorra manchada de sangre.

—¡Muy bien! —dijo el señor Peraski levantando la mano para chocar los cinco. Pero Stanley lo ignoró. No tenía energía.

El señor Peraski bajó la mano y miró el hoyo de Stanley.

—Bien hecho —dijo—. ¿Quieres que te lleve en la camioneta?

—No, iré andando —contestó Stanley.

El señor Peraski se subió a la camioneta sin llenar la cantimplora de Stanley. Stanley esperó a que se fuera y volvió a contemplar su hoyo. Sabía que no había por qué, pero de todas formas se sintió orgulloso.

Acumuló los últimos restos de saliva que le quedaban y escupió.

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