Hoyos

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Primera parte. Próxima parada: Campamento Lago Verde » 9

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STANLEY dejó que el agua fría de la ducha cayera sobre su cuerpo acalorado y dolorido. Fueron cuatro minutos de gloria. Por segundo día consecutivo no usó la pastilla de jabón. Estaba demasiado cansado.

El edificio de las duchas no tenía tejado y las paredes estaban a unos quince centímetros del suelo excepto en las esquinas. No había desagües. El agua corría por debajo de las paredes y se evaporaba enseguida con el sol.

Se puso la ropa naranja limpia. Volvió a la tienda, metió la ropa sucia en el cajón, sacó el bolígrafo y el estuche de escritura y se dirigió a la sala de recreo.

Alguien había pintado algo sobre el cartel de la puerta y ahora decía «Nada de recreo».

En la sala casi todo estaba roto: la televisión, las máquinas automáticas, los muebles. Hasta la gente parecía rota, con los cuerpos agotados tirados de cualquier manera sobre las sillas y los sofás.

Rayos X y Sobaco estaban jugando al billar. La superficie de la mesa le recordó a Stanley a la del lago. Estaba llena de baches y agujeros porque mucha gente había grabado sus iniciales en el fieltro.

En la pared del fondo había un agujero donde habían colocado un ventilador eléctrico. Aire acondicionado barato. Al menos, el ventilador funcionaba.

Stanley cruzó la habitación y se tropezó con una pierna estirada.

—¡Eh! ¡Cuidado! —dijo un bulto anaranjado sentado en la silla.

—Cuidado, tú —murmuró Stanley, demasiado cansado para tomar precauciones.

—¿Qué has dicho? —preguntó el Bulto.

—Nada —dijo Stanley.

El Bulto se levantó. Era casi tan grande como Stanley, pero mucho más duro.

—Has dicho algo —dijo presionando a Stanley con el dedo en el cuello—. ¿Qué has dicho?

La gente se arremolinó a su alrededor.

—Tranquilo —dijo Rayos X, poniendo una mano sobre el hombro de Stanley—. Yo que tú, no me metería con el Cavernícola —advirtió.

—El Cavernícola es guay —dijo Sobaco.

—No quiero pelea —dijo Stanley—. Solo estoy cansado, nada más.

El Bulto gruñó.

Rayos X y Sobaco se llevaron a Stanley hacia un sofá. Calamar se hizo a un lado para dejarle sitio y Stanley se sentó.

—¿Habéis visto al Cavernícola? —dijo Rayos X.

—El Cavernícola es un tío duro —dijo Calamar, dándole un ligero puñetazo a Stanley en el brazo.

Stanley se apoyó contra el desgarrado respaldo de escay. A pesar de la ducha, su cuerpo todavía irradiaba calor.

—No quería empezar una bronca —dijo.

Lo último que le apetecía después de matarse todo el día en el lago era pelearse con un chico llamado Cavernícola. Se alegraba mucho de que Rayos X y Sobaco hubieran acudido en su ayuda.

—Cuéntanos, ¿te ha gustado el primer hoyo? —preguntó Calamar.

Stanley bufó y los otros se rieron.

—Bueno, el primer hoyo es el más duro —comentó Stanley.

—¡Qué va! —dijo Rayos X—. El segundo es mucho peor. Te duele todo incluso antes de empezar. Si crees que estás machacado ahora, espera a mañana por la mañana, ¿a que sí?

—Sí —dijo Calamar.

—Además, ya no es divertido —dijo Rayos X.

—¿Divertido? —preguntó Stanley.

—No me engañes —dijo Rayos X—. Seguro que siempre habías querido cavar un hoyo muy hondo, ¿a que sí? No me digas que no.

Stanley nunca había pensado tal cosa, pero no era tan tonto como para contradecir a Rayos X.

—Todos los niños del mundo quieren cavar un hoyo muy hondo —dijo Rayos X—. Hasta la China, ¿a que sí?

—Sí —dijo Stanley.

—¿Ves lo que te decía? —dijo Rayos X—. Pues eso. Ahora que lo has hecho ya no es divertido. Pero tienes que seguir haciéndolo otra vez, y otra y otra.

—Campamento Diversión y Juegos —dijo Stanley.

—¿Qué hay en el estuche? —preguntó Calamar. Stanley se había olvidado de que lo había traído.

—Mmm…, papel. Iba a escribirle una carta a mi madre.

—¿A tu madre? —se rio Calamar.

—Si no, se va a preocupar.

Calamar puso mala cara.

Stanley miró a su alrededor. Aquel era el único sitio del campamento donde uno podía divertirse, y ¿qué habían hecho? Lo habían destrozado. La pantalla de la televisión estaba rota, como si alguien la hubiera atravesado de una patada. A todas las mesas y sillas parecía faltarles por lo menos una pata. Todo se tambaleaba.

Esperó a que Calamar se fuera a jugar al billar para empezar la carta.

Querida mamá:

Hoy ha sido mi primer día de campamento y ya tengo amigos. Hemos estado todo el día en el lago, así que estoy muy cansado. En cuanto pase el examen de natación, voy a aprender a hacer esquí acuático. Yo.

Se dio cuenta de que alguien estaba mirando por encima de su hombro y dejó de escribir. Se dio la vuelta y vio a Zero, de pie detrás del sofá.

—No quiero que se preocupe por mí —explicó. Zero no dijo nada. Se quedó mirando la carta con expresión seria, casi enfadada.

Stanley la volvió a meter en el estuche.

—¿Los zapatos tenían equis rojas en la parte de atrás? —le preguntó Zero.

Stanley tardó un momento en darse cuenta de que Zero le estaba preguntado por las zapatillas de Clyde Livingston.

—Sí, tenían cruces —contestó. Se preguntó cómo lo sabría Zero. Las zapatillas «Marca X» eran muy populares. Quizá Clyde Livingston había puesto un anuncio en la tele.

Zero se le quedó mirando un momento, con la misma intensidad con que había mirado la carta.

Stanley metió el dedo en un agujero del sofá y empezó a sacar el relleno sin darse cuenta.

—Vamos, Cavernícola, a cenar —dijo Sobaco.

—¿Te vienes, Cavernícola? —preguntó Calamar. Stanley miró a su alrededor y vio que Sobaco y Calamar le estaban hablando a él.

—Sí, claro —dijo. Volvió a meter las cosas en el estuche, se levantó y siguió a los chicos hacia la mesa.

El Bulto no era el Cavernícola. Era él.

Encogió el hombro izquierdo. Siempre sería mejor que llamarse Vomitona.

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