Hoyos

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STANLEY se durmió sin problemas, pero la mañana llegó demasiado pronto. Cuando intentó levantarse, le dolían todos los músculos y articulaciones del cuerpo. Aunque parecía imposible, era muchísimo peor que el día anterior. No eran solo los brazos y la espalda, también le dolían las piernas, los tobillos y la cintura. Lo único que consiguió sacarlo de la cama fue saber que cada segundo que desperdiciara lo acercaría un poco más a la salida del sol. Odiaba el sol.

Durante el desayuno casi no podía levantar la cuchara, y cuando se quiso dar cuenta estaba en el lago, y en la mano, en lugar de la cuchara, sostenía una pala. Encontró una grieta en el suelo y empezó su segundo hoyo.

Apoyó un pie en la hoja a la vez que empujaba sobre el mango con la base del pulgar. Eso le dolía menos que intentar sostener el mango con los dedos llenos de ampollas.

Al cavar, tuvo mucho cuidado de arrojar la tierra lejos del hoyo. Tenía que reservar el espacio alrededor del hoyo para cuando fuera mucho más profundo.

No sabía si sería capaz de hacerlo. Rayos X tenía razón. El segundo hoyo era el más duro. Iba a necesitar un milagro.

Como el sol no había salido todavía, se quitó la gorra para protegerse las manos. En cuanto el sol saliera, tendría que ponérsela en la cabeza. El día anterior se había quemado mucho la frente y el cuello.

Decidió tomárselo paletada a paletada, intentando no pensar en la abrumadora tarea que tenía por delante. Al cabo de una hora más o menos, parecía que los músculos empezaban a relajarse un poco.

Resopló al intentar hincar la pala en la tierra. La gorra se le resbaló bajo los dedos y la pala cayó al suelo.

La dejó allí.

Bebió un sorbo de la cantimplora. Creía que el camión del agua no tardaría en llegar, pero no se la terminó toda, por si acaso se equivocaba. Había aprendido a esperar hasta que aparecía el camión antes de apurar la última gota.

El sol todavía no había salido, pero sus rayos se curvaban sobre el horizonte e iluminaban el cielo.

Se agachó para recoger la gorra y vio una piedra ancha y plana junto a ella. Mientras se la ponía, siguió mirando la piedra.

La cogió. Le pareció distinguir la imagen de un pez fosilizado.

Limpió un poco el polvo y la silueta del pez se percibió con más claridad. El sol se asomó sobre el horizonte y Stanley vio las delgadas líneas que correspondían a cada una de las pequeñas espinas del pez.

Contempló el desierto que se extendía a su alrededor. Aunque todo el mundo llamaba a aquella zona «el lago», era difícil creer que aquella inmensidad baldía hubiera estado llena de agua en otros tiempos.

Luego se acordó de lo que le habían dicho el señor Sir y el señor Peraski. Si desenterraba algo interesante, debería informarles inmediatamente. Si le gustaba a Vigilante, le darían el resto del día libre.

Miró otra vez al pez que tenía en la mano. Había encontrado el milagro que necesitaba.

Continuó cavando, pero muy despacio, mientras esperaba el camión cisterna. No quería llamar la atención sobre su hallazgo, por si alguno de los otros intentaba quitárselo. Tiró la piedra boca abajo junto al montón de tierra, como si no tuviera ningún valor especial. Un poco después vio la nube de polvo cruzando el lago.

El camión se detuvo y los chicos se colocaron en fila india. Stanley se dio cuenta de que siempre se alineaban en el mismo orden, no importaba quién llegara primero. Rayos X estaba siempre a la cabeza. Luego iban Sobaco, Calamar, Zigzag, Imán y Zero.

Stanley se puso a la cola detrás de Zero. Se alegró de ser el último, así nadie descubriría su fósil. Los pantalones tenían bolsillos muy grandes, pero, aun así, la roca abultaba mucho.

El señor Peraski llenó las cantimploras de todos los chicos, hasta que solo quedó Stanley.

—He encontrado algo —dijo Stanley, sacándola del bolsillo. El señor Peraski extendió la mano para coger la cantimplora, pero Stanley le dio la piedra.

—¿Qué es esto?

—Es un fósil —dijo Stanley—. ¿Ve usted el pez?

El señor Peraski lo miró otra vez.

—Mire, se ven todas las espinitas —dijo Stanley.

—Interesante —opinó el señor Peraski—. Dame la cantimplora.

Stanley se la dio. El señor Peraski la llenó y se la devolvió.

—¿Me he ganado el día libre?

—¿Por qué?

—Bueno, usted dijo que si encontraba algo interesante, Vigilante me daría el día libre.

El señor Peraski se echó a reír y le devolvió el fósil.

—Lo siento, Stanley. A Vigilante no le interesan los fósiles.

—Déjame ver —dijo Imán, quitándole la piedra a Stanley.

Stanley siguió mirando al señor Peraski.

—Eh, Zig, mira qué pedrusco.

—¡Guay! —dijo Zigzag.

Stanley vio cómo se iban pasando su fósil.

—No veo nada —dijo Rayos X. Se quitó las gafas, las limpió en la ropa sucia y se las volvió a poner.

—Ahí, mira el pececito —dijo Sobaco.

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