Hoyos
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STANLEY estaba otra vez en el lago, con la pala en la mano. Rayos X tenía razón: el tercer hoyo era el más duro. Y el cuarto. Y el quinto. Y el sexto, y el…
Clavó la pala en la tierra.
Al poco tiempo perdió la cuenta de qué día de la semana era y cuántos hoyos había cavado. Le parecía todo un enorme hoyo que iba a tardar un año y medio en cavar. Calculó que habría perdido unos dos kilos y medio. A ese ritmo, en un año y medio estaría en una forma física estupenda, o muerto.
Clavó la pala en la tierra.
No podía ser que siempre hiciera tanto calor, pensó. Seguramente en diciembre refrescaría algo. A lo mejor entonces se congelaban.
Clavó la pala en la tierra.
La piel se le había endurecido. Ya no le dolía tanto sujetar la pala.
Mientras bebía de la cantimplora, levantó la vista al cielo. Por la mañana había aparecido una nube. Era la primera que recordaba desde su llegada al Campamento Lago Verde.
Habían estado mirándola todo el día, esperando que se colocara delante del sol. De vez en cuando se acercaba, pero solo les estaba tomando el pelo.
Su hoyo le llegaba a la cintura. Clavó la pala en la tierra. Cuando estaba arrojando la arena fuera, le pareció que algo brillante caía en el montón. Fuese lo que fuese, enseguida desapareció enterrado.
Stanley se quedó mirando un momento, sin estar seguro de haberlo visto. Incluso si era algo, ¿para qué le iba a servir? Había prometido darle a Rayos X cualquier cosa que encontrara. No merecía la pena el esfuerzo de salir del hoyo para comprobarlo.
Miró hacia la nube. Estaba tan cerca del sol que había que entrecerrar los ojos.
Volvió a clavar la pala en la tierra, sacó una paletada, y la levantó para lanzarla al montón, pero en lugar de arrojarla encima, la echó a un lado. La curiosidad había podido más que él.
Salió del hoyo y metió los dedos entre la arena. Sintió algo duro y metálico. Lo sacó. Era un tubo dorado, más o menos del tamaño del dedo índice de su mano derecha. El tubo estaba abierto por un extremo y cerrado por el otro.
Lo limpió con unas cuantas gotas de su preciosa agua.
Parecía que había algún tipo de diseño en el extremo cerrado y plano. Vertió unas cuantas gotas más y lo frotó en el interior del bolsillo del pantalón.
Volvió a examinar el diseño grabado en el fondo plano del tubo. Se veía el contorno de un corazón, con las letras K B inscritas en él.

Intentó pensar algo para no tener que dárselo a Rayos X. Podría quedárselo, pero eso no le serviría para nada. Quería su día libre.
Miró el enorme montón de tierra cerca de donde Rayos X estaba cavando. Probablemente estaba a punto de terminar. Si le daban el resto del día libre, no le iba a servir de mucho. Primero tendría que enseñarle el tubo al señor Sir o al señor Peraski, y ellos tendrían que mostrárselo a Vigilante. Para entonces, Rayos X podía haber terminado de todas maneras.
Stanley consideró la posibilidad de intentar llevarle el tubo en secreto directamente a Vigilante. Podría explicarle la situación, Vigilante se inventaría una excusa para darle el día libre y que Rayos X no sospechara nada.
Dirigió la mirada a través del lago hacia la cabaña de troncos bajo los dos robles. El lugar le daba miedo. Llevaba en el Campamento Lago Verde casi dos semanas y todavía no había visto a Vigilante. Mejor. No le importaría nada pasar todo el año y medio sin encontrarse con él.
Además, no sabía si a Vigilante le parecería «interesante» el tubo. Lo volvió a examinar. Le resultaba familiar. Creía haber visto algo similar en algún sitio, pero no se acordaba bien dónde.
—¿Qué tienes ahí, Cavernícola? —preguntó Zigzag. La mano grande de Stanley se cerró alrededor del tubo.
—Nada, solo… —Era inútil disimular—. Creo que a lo mejor he encontrado algo.
—¿Otro fósil?
—No, no estoy seguro de lo que es.
—Déjame ver —dijo Zigzag.
En lugar de enseñárselo a Zigzag, Stanley se lo llevó a Rayos X. Zigzag le siguió.
Rayos X miró el tubo, se frotó las gafas sucias en la sucia camisa y volvió a mirarlo. Uno a uno, los demás dejaron las palas y se acercaron a ver qué pasaba.
—Parece un cartucho viejo —dijo Calamar.
—Sí, probablemente sea eso —dijo Stanley. Decidió no mencionar la inscripción. Quizá los demás no se dieran cuenta. Le extrañaría mucho que Rayos X pudiera verla.
—No, es demasiado largo y delgado para ser un cartucho vacío —dijo Imán.
—Probablemente es solo un pedazo de chatarra —dijo Stanley.
—Bueno, se lo enseñaré a Mami, a ver qué le parece —dijo Rayos X—. Quién sabe, a lo mejor me dan el día libre.
—Tu hoyo está casi acabado —dijo Stanley.
—¿Y qué?
Stanley encogió un hombro.
—Que podrías esperar hasta mañana para enseñárselo a Mami. Podrías hacer como si lo hubieras encontrado por la mañana temprano. Así te darían todo el día libre, en vez de solo una hora o así.
Rayos X sonrió.
—Bien pensado, Cavernícola.
Se metió el tubo en el enorme bolsillo de la pernera derecha de sus sucios pantalones anaranjados.
Stanley regresó a su hoyo.
Cuando llegó el camión del agua, Stanley se colocó en su lugar, el último de la fila; pero Rayos X le dijo que se colocara detrás de Imán, delante de Zero.
Stanley avanzó un puesto.