Hoyos
Primera parte. Próxima parada: Campamento Lago Verde » 14
Página 17 de 56
14
AQUELLA noche, tendido en su áspero y apestoso camastro, Stanley intentó imaginar qué otra cosa podía haber hecho, pero no se le ocurría nada. Por una vez en su desafortunada vida, había estado en el sitio adecuado en el momento adecuado, y tampoco le había servido de nada.
—¿Lo tienes? —le preguntó a Rayos X la mañana siguiente, durante el desayuno. Rayos X lo miró con los ojos medio cerrados tras los cristales sucios.
—No sé de qué estás hablando —murmuró.
—Ya sabes… —Siguió Stanley.
—¡No, no sé! —gritó Rayos X—. Déjame en paz, ¿vale? No quiero hablar contigo.
Stanley no volvió a abrir la boca.
El señor Sir los llevó caminando hacia el lago, masticando pipas por el camino y escupiendo las cáscaras. Hizo una marca en la tierra con el tacón de su bota para marcar dónde tenía que cavar cada uno.
Stanley saltó sobre la hoja de la pala, atravesando la tierra dura y árida. No tenía ni idea de por qué Rayos X le había contestado así. Si no iba a enseñar el tubo, ¿por qué le había obligado a dárselo? ¿Se iba a quedar con él? El tubo era dorado, pero Stanley no creía que fuera oro de verdad.
Un poco después del amanecer llegó el camión del agua. Stanley apuró hasta la última gota de agua y salió de su hoyo. A aquella hora del día, a veces se veían en la distancia unas colinas o montañas, al otro lado del lago. La visión solo duraba unos momentos y enseguida desaparecían entre la bruma que se formaba por el polvo y el calor.
El camión se detuvo y la nube de arena que levantaba siguió su camino. Rayos X ocupó su lugar a la cabeza de la fila. El señor Peraski le llenó la cantimplora.
—Gracias, Mami —dijo Rayos X. No mencionó el tubo.
El señor Peraski llenó todas las cantimploras y se subió a la cabina de la camioneta. Todavía tenía que llevar agua al Grupo E. Stanley los vio cavando a unos doscientos metros.
—¡Señor Peraski! —gritó Rayos X desde su hoyo—. ¡Espere! ¡Señor Peraski! ¡Creo que he encontrado algo!
Todos los chicos siguieron al señor Peraski hasta el hoyo de Rayos X. Stanley vio el tubo dorado asomando entre la tierra en el extremo de la pala de Rayos X.
El señor Peraski lo examinó, especialmente el extremo plano.
—Creo que a Vigilante le va a gustar mucho.
—¿Le van a dar el día libre? —preguntó Calamar.
—Seguid cavando hasta que se os diga lo contrario —dijo el señor Peraski. Luego sonrió—: Pero yo que tú, Rex, no me esforzaría demasiado.
Stanley siguió con la mirada el recorrido de la nube de polvo hacia la cabaña de troncos.
Los chicos del Grupo E tendrían que esperar. Al poco tiempo regresó la camioneta. El señor Peraski se bajó de la cabina. Una mujer alta y pelirroja salió del asiento del pasajero. Parecía incluso más alta de lo que era, al mirarla desde dentro del hoyo. Llevaba un sombrero vaquero negro y botas negras de vaquero adornadas con turquesas. Tenía las mangas de la camisa remangadas y los brazos cubiertos de pecas, igual que el rostro. Se acercó directamente a Rayos X.
—¿Lo has encontrado aquí?
—Sí, señora.
—Tu excelente trabajo tendrá su recompensa —se giró hacia el señor Peraski—. Lleva a Rayos X en la camioneta al campamento. Que se dé una ducha doble y proporciónale ropa limpia. Pero primero quiero que llenes las cantimploras de todos los demás.
—Las acabo de llenar —dijo el señor Peraski. Vigilante se le quedó mirando fijamente.
—¿Perdón? —dijo en tono suave.
—Las acababa de llenar cuando Rex…
—¿Perdón? —repitió Vigilante—. ¿Acaso te he preguntado cuándo las has llenado?
—No, pero es que…
—¿Perdón?
El señor Peraski se calló. Vigilante le indicó con el dedo que se acercara.
—Hace mucho calor y todavía hará mucho más —dijo—. Estos estupendos muchachos están trabajando duro. ¿No crees que pueden haber bebido un poco ya desde que les has llenado las cantimploras?
El señor Peraski no dijo nada. Vigilante se volvió hacia Stanley.
—Cavernícola, ven aquí, por favor.
Stanley se sorprendió de que supiera su nombre. No la había visto nunca. Hasta que se bajó de la camioneta, ni siquiera había caído en que Vigilante fuera una mujer.
Nervioso, se acercó a ella.
—El señor Peraski y yo hemos tenido una discusión. ¿Has bebido desde que el señor Peraski te ha llenado la cantimplora?
Stanley no quería causarle problemas al señor Peraski.
—Todavía me queda mucha agua.
—Perdón.
Stanley titubeó.
—Sí, he bebido un poco.
—Gracias. ¿Me dejas ver tu cantimplora?
Stanley se la pasó. Tenía las uñas pintadas de rojo oscuro. Agitó despacio la cantimplora, haciendo bailar el agua en el interior del recipiente de plástico.
—¿Oyes los espacios vacíos? —preguntó.
—Sí —contestó el señor Peraski.
—Pues llénala —dijo—. Y la próxima vez que te diga que hagas algo, espero que lo hagas sin cuestionar mi autoridad. Si llenar una cantimplora es demasiada molestia para ti, te daré una pala. Puedes cavar un hoyo y el Cavernícola te llenará la cantimplora —se volvió hacia Stanley—. Llenar cantimploras no sería demasiado para ti, ¿verdad?
—No —contestó Stanley.
—Entonces, ¿qué prefieres? —le preguntó al señor Peraski—. ¿Llenar las cantimploras o cavar?
—Llenar las cantimploras.
—Gracias.