Hoyos

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Primera parte. Próxima parada: Campamento Lago Verde » 15

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EL señor Peraski llenó las cantimploras.

Vigilante cogió un tridente de la parte trasera de la camioneta y lo pasó por el montón de tierra de Rayos X, para comprobar si había algo más enterrado allí.

—Después de dejar a Rayos X, quiero que traigas tres carretillas —dijo.

Rayos X se montó en la camioneta. Mientras se alejaba, sacó el cuerpo por la ventanilla y les dijo adiós con la mano.

—Zero, quiero que caves en el hoyo de Rayos X —dijo Vigilante. Parecía saber que Zero era el más rápido—. Sobaco y Calamar, seguid cavando donde estabais, pero vais a tener un ayudante cada uno. Zigzag, ayuda a Sobaco. Imán, ayuda a Calamar. Y tú, Cavernícola, trabajarás con Zero. Vamos a cavar la tierra dos veces. Zero la sacará del agujero y el Cavernícola la echará con cuidado en una carretilla. Zigzag hará lo mismo para Sobaco, e igual Imán y Calamar. No se nos puede escapar nada. Si uno encuentra algo, esa pareja tendrá el resto del día libre, y una ducha doble. Cuando las carretillas estén llenas, llevaréis la tierra lejos de esta zona para que no nos estorbe.

Vigilante se quedó allí todo el día, junto con el señor Peraski y el señor Sir, que apareció al cabo de un rato. De vez en cuando el señor Sir iba a llevarles agua a los otros grupos, pero el resto del tiempo el camión estaba aparcado allí. Vigilante se encargó de que en el Grupo D nadie pasara sed.

Stanley hizo lo que le habían ordenado. Examinaba con cuidado toda la tierra que Zero sacaba del hoyo y la echaba en la carretilla, aunque sabía que no iban a encontrar nada.

Era más fácil que cavar. Cuando la carretilla se llenaba, la empujaba un buen trecho y luego la volcaba.

Vigilante era incapaz de estarse quieta. No dejaba de andar de un lado a otro, mirando por encima de los chicos y pasando su tridente por los montones de tierra.

—Lo estás haciendo muy bien, muy bien —le dijo a Stanley.

Al cabo de un rato les mandó que cambiaran los puestos. Stanley, Zigzag e Imán cogieron las palas y Zero, Sobaco y Calamar echaron la tierra en las carretillas.

Después de comer, Zero volvió a cavar y Stanley regresó a la carretilla.

—No hay prisa —dijo Vigilante varias veces—. Lo principal es que no se nos escape nada.

Los chicos cavaron hasta que cada hoyo medía casi dos metros de profundidad y dos metros de diámetro. Aun así, seguía siendo más fácil cavar un hoyo de dos metros entre dos personas que uno de metro y medio cada uno.

—Vale, ya basta por hoy —dijo Vigilante—. Si he esperado hasta ahora, puedo esperar hasta mañana.

El señor Sir la llevó a su cabaña en la camioneta.

—Me pregunto cómo sabrá nuestros nombres —dijo Stanley de camino al campamento.

—Nos está vigilando todo el rato —dijo Zigzag—. Tiene micrófonos y cámaras escondidos por todas partes. En las tiendas, en la Nada, en las duchas.

—¿En las duchas? —preguntó Stanley. Se preguntó si Zigzag no estaría un poco paranoico.

—Las cámaras son diminutas —dijo Sobaco—. Más pequeñas que la uña del dedo meñique del pie.

Stanley tenía sus dudas. No creía que fabricaran cámaras tan pequeñas. Micrófonos, tal vez. Se dio cuenta de que por eso Rayos X no había querido hablar con él sobre el tubo dorado durante el desayuno. Rayos X tenía miedo de que Vigilante estuviera escuchándolos.

Una cosa estaba clara: no estaban cavando solo para «fortalecer el carácter». Estaban buscando algo.

Y fuera lo que fuese, lo estaban buscando en el sitio equivocado.

Stanley miró hacia el lago, hacia el lugar exacto donde había estado cavando el día anterior cuando encontró el tubo dorado. Y cavó aquel hoyo en su memoria.

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