Hoyos

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Primera parte. Próxima parada: Campamento Lago Verde » 16

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STANLEY entró en la Nada y oyó la voz de Rayos X desde el otro extremo de la sala.

—¿Ves lo que te digo? —dijo Rayos X—. ¿Tengo razón o tengo razón?

Los otros cuerpos de la habitación eran poco más que sacos de carne y huesos, tirados de cualquier manera sobre las sillas y los sofás rotos. Rayos X estaba lleno de vitalidad, riéndose y gesticulando, moviendo los brazos en todas las direcciones al hablar.

—¡Hey, Cavernícola, colega! —gritó Rayos X. Stanley se acercó—. Oye, Calamar, échate para allá. Hazle sitio al Cavernícola.

Stanley se derrumbó sobre el sofá.

En las duchas, había estado buscando la cámara oculta, pero no había visto nada. Esperaba que Vigilante tampoco.

—¿Qué pasa, tíos? —preguntó Rayos X—. ¿Estáis cansados o qué? —Se echó a reír.

—Eh, cállate ya, ¿vale? —protestó Zigzag—. Que estoy viendo la tele.

Stanley miró a Zigzag, que tenía los ojos clavados en la destrozada pantalla de la televisión.

Vigilante saludó a los chicos en el desayuno a la mañana siguiente y los acompañó a los hoyos. Cuatro cavaban y tres manejaban las carretillas.

—Me alegro de verte, Rayos X —le dijo—. Tu buena vista nos vendrá muy bien.

Stanley pasó más tiempo empujando la carretilla que cavando, porque era muy lento con la pala. Empujaba la tierra y la arrojaba en hoyos que habían cavado otros días. Tenía mucho cuidado de no echar nada en el que había encontrado el tubo dorado.

Todavía podía ver el tubo en su imaginación. Le resultaba tan familiar, y sin embargo era incapaz de identificarlo. Pensó que podría ser la tapa de una pluma de oro, y K B serían las iniciales de algún autor famoso. Pero los únicos autores famosos que recordaba eran Charles Dickens, William Shakespeare y Mark Twain. Además, ni siquiera parecía una tapa.

A la hora del almuerzo Vigilante empezó a perder la paciencia. Les hizo comer deprisa para ponerlos a trabajar enseguida.

—Si no consigues que vayan más rápido —le dijo al señor Sir—, vas a tener que bajar ahí y cavar con ellos.

Después de eso, todos aceleraron el ritmo, especialmente cuando el señor Sir los estaba vigilando. Stanley iba prácticamente corriendo con la carretilla. El señor Sir les recordó que no estaban en un campamento de señoritas.

No dejaron de cavar hasta que todos los demás grupos terminaron.

Más tarde, tirado en una silla con poco relleno, Stanley intentó pensar en una forma de decirle a Vigilante dónde habían encontrado realmente el tubo, sin meter en líos a Rayos X ni a sí mismo. Pero parecía imposible. Incluso consideró escaparse por la noche para cavar él solo en aquel hoyo. Pero después de pasar un día entero cavando, lo último que le apetecía era seguir por la noche también. Además, las palas estaban guardadas bajo llave durante la noche, se supone que para que no las usaran como armas.

El señor Peraski entró en la Nada.

—Stanley —dijo acercándose.

—Se llama Cavernícola —dijo Rayos X.

—Stanley —repitió el señor Peraski.

—Me llamo Cavernícola —dijo Stanley.

—Bueno, pues tengo aquí una carta para un tal Stanley Yelnats —dijo el señor Peraski. Miró en el reverso del sobre—. Y aquí no dice Cavernícola por ninguna parte.

—Gracias —dijo Stanley, cogiéndola. Era de su madre.

—¿De quién es? —preguntó Calamar—. ¿De tu madre?

Stanley se la metió en el enorme bolsillo del pantalón.

—¿No nos la vas a leer? —preguntó Sobaco.

—Dejadle un rato en paz —dijo Rayos X—. Si el Cavernícola no quiere leérnosla, que no la lea. Probablemente es de su novia.

Stanley sonrió.

La leyó más tarde, cuando los demás se fueron a cenar.

Querido Stanley:

Nos encantó recibir noticias tuyas. Al leer tu carta me sentí como una de esas madres que pueden permitirse el lujo de mandar a sus hijos a campamentos de verano. Ya sé que no es lo mismo, pero estoy muy orgullosa de ti por intentar sacarle el máximo partido a una mala situación. ¿Quién sabe? A lo mejor, sale algo bueno de todo esto.

Tu padre cree que está a punto de conseguir un descubrimiento importante en su proyecto de las zapatillas. Eso espero. El casero ha amenazado con echarnos por el olor.

Me da pena pensar en la viejecita que vivía en un zapato. ¡Seguro que olía fatal!

Un abrazo de los dos.

—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó Zero. Stanley dio un respingo. Creía que Zero se había ido a cenar con los demás.

—Nada, solo una cosa que dice mi madre en la carta.

—¿Qué dice?

—Nada.

—Ah, perdona —dijo Zero.

—Mira, mi padre está intentando inventar un método para reciclar viejas zapatillas de deporte. Así que nuestra casa huele un poco mal, porque siempre está cociendo esas zapatillas. Entonces, en la carta, mi madre dice que le da pena pensar en la viejecita que vivía en un zapato, sabes, porque seguro que olía fatal.

Zero se le quedó mirando con expresión vacía.

—¿No conoces la rima?

Zero no dijo nada.

—¿No has oído nunca esa rima de la viejecita que vivía en un zapato?

—No.

Stanley se quedó pasmado.

—¿Cómo es? —preguntó Zero.

—¿Nunca has visto Barrio Sésamo? —preguntó Stanley.

Zero no contestó.

Stanley se fue a cenar. Se habría sentido como un tonto recitando versos infantiles en el Campamento Lago Verde.

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