Hoyos
Primera parte. Próxima parada: Campamento Lago Verde » 18
Página 21 de 56
18
A la mañana siguiente, el señor Sir guio a los chicos hasta otra sección del lago y cada uno cavó su hoyo, de metro y medio de profundidad y metro y medio de diámetro. Stanley se alegraba de alejarse del enorme agujero. Al menos ahora sabía cuánto le tocaba cavar cada día. Y era un alivio no tener otras palas que le pasasen zumbando junto a la cara, o a Vigilante sin quitarle la vista de encima.
Clavó la pala en el suelo, y poco a poco su montón de tierra fue creciendo. Tenía que girarse despacio y con suavidad. Si se movía demasiado rápido, sentía un dolor palpitante justo sobre el cuello, donde Zigzag le había golpeado.
Esa parte de la cabeza, entre el cuello y la oreja, se le había hinchado considerablemente. En el campamento no había espejos, pero se imaginó que parecería un huevo cocido saliéndole del cuello.
El resto del cuerpo apenas le dolía. Se le habían endurecido los músculos y tenía las manos fuertes y encallecidas. Seguía siendo el que cavaba más lento, pero ya no tardaba mucho más que Imán. Menos de media hora después de que Imán regresara al campamento, Stanley escupió en su hoyo.
Después de la ducha metió la ropa sucia en el cajón y sacó su estuche. Se quedó en la tienda a escribir la carta para que Calamar y los demás chicos no se rieran de él.
Queridos mamá y papá:
La vida en el campamento es dura, pero emocionante. Hemos estado haciendo carreras de obstáculos, y tenemos que nadar largas distancias en el lago. Mañana vamos a aprender…
Dejó de escribir cuando Zero entró en la tienda, y luego volvió a ponerse con su carta. No le importaba lo que pensara Zero. Zero no era nadie.
… a hacer escalada en roca. Ya sé que parece peligroso, pero no os preocupéis.
Zero estaba de pie junto a él, observándole mientras escribía.
Stanley volvió la cabeza y sintió un dolor en el cuello.
—No me gusta que me leas la carta por encima del hombro, ¿vale?
Zero no dijo nada.
Tendré cuidado. Aquí no es todo diversión y juegos, pero creo que estoy aprendiendo mucho. Fortalece el carácter. Los otros chicos…
—No sé —dijo Zero.
—¿Qué?
—¿Me enseñas?
Stanley no entendía de qué estaba hablando.
—¿Que te enseñe a qué? ¿A escalar en roca? Zero le lanzó una mirada penetrante.
—¿Qué? —preguntó Stanley. Tenía calor, estaba cansado y dolorido.
—Quiero aprender a leer y escribir —dijo Zero.
Stanley soltó una pequeña carcajada. No se estaba riendo de Zero. Simplemente estaba sorprendido. Él, que había creído que Zero le leía las cartas por encima de su hombro.
—Lo siento —dijo—. No sé cómo se enseña.
Después de pasarse el día entero cavando, no le quedaban fuerzas para enseñar a Zero a leer y escribir. Tenía que guardar sus energías para la gente que contaba.
—No hace falta que me enseñes a escribir —dijo Zero—. Solo a leer. No tengo nadie a quien escribir.
—Lo siento —repitió Stanley.
Los músculos y las manos no eran las únicas partes del cuerpo que se le habían endurecido en las últimas semanas. También se le había encallecido el corazón.
Terminó la carta. Apenas le quedaba en la boca humedad suficiente para cerrar el sobre y estampar el sello. Le parecía que por más agua que bebiera, siempre tendría sed.