Hoyos

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Primera parte. Próxima parada: Campamento Lago Verde » 19

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UNA noche lo despertó un ruido extraño. Al principio pensó que podía ser algún tipo de animal, y se asustó. Pero al irse despejando, se dio cuenta de que el ruido venía del camastro de al lado.

Calamar estaba llorando.

—¿Estás bien? —susurró Stanley.

Calamar miró para el otro lado. Sorbió y aguantó la respiración.

—Sí, solo… Estoy bien —susurró, y volvió a sorber.

Por la mañana Stanley le preguntó si se sentía mejor.

—¿Eres mi madre o qué? —le soltó Calamar.

Stanley levantó un hombro y lo dejó caer.

—Tengo alergia, ¿vale? —dijo Calamar.

—Vale —dijo Stanley.

—Y como vuelvas a abrir la boca, te parto la cara.

Stanley mantenía la boca cerrada casi todo el tiempo. Apenas hablaba con ninguno de los chicos, temiendo decir algo equivocado. Le llamaban Cavernícola y todo eso, pero no podía olvidar que también eran peligrosos. Todos estaban allí por algo. Como diría el señor Sir, aquello no era un campamento de señoritas.

Stanley se sentía aliviado de que no hubiera problemas raciales. Rayos X, Sobaco y Zero eran negros; Calamar, Zigzag y él, blancos. Imán era hispano. En el lago eran todos del mismo color marrón rojizo: el color de la tierra.

Al levantar la vista del hoyo, vio acercarse la camioneta del agua arrastrando su nube de polvo. Todavía le quedaba casi un cuarto de la cantimplora. Se la bebió de un trago y se puso a la cola, detrás de Imán y delante de Zero. El aire estaba denso por el calor, el polvo y el humo del tubo de escape.

El señor Sir llenó las cantimploras.

El camión se alejó. Stanley estaba dentro de su hoyo, con la pala en la mano, cuando oyó decir a Imán:

—¿Alguien quiere pipas?

Imán estaba de pie fuera de su hoyo, con el saco de pipas en la mano. Se metió un puñado en la boca, las masticó y se las tragó, con cáscara y todo.

—¡Aquí! ¡Pasa! —contestó Rayos X.

El saco estaba a la mitad. Imán enrolló la parte de arriba y se lo lanzó a Rayos X.

—¿Cómo las has cogido sin que te viera el señor Sir? —preguntó Sobaco.

—No puedo evitarlo —dijo Imán. Levantó las dos manos, movió los dedos y se echó a reír—. Mis dedos son como imanes.

El saco voló de Rayos X a Sobaco y luego a Calamar.

—Qué gusto comer algo que no sea de lata —dijo Sobaco.

Calamar le pasó el saco a Zigzag.

Stanley sabía que luego le tocaría a él. Ni siquiera lo quería. Desde el momento en que Imán había preguntado: «¿Alguien quiere pipas?», supo que habría problemas. Seguro que el señor Sir volvería. Y, de todas formas, las cáscaras saladas le darían todavía más sed.

—Van para ti, Cavernícola —dijo Zigzag—. Correo aéreo y entrega especial.

No está claro si las pipas se derramaron antes de llegar a Stanley o cuando se le cayó el saco. A él le pareció que Zigzag no lo había enrollado bien antes de lanzarlo, y por eso no fue capaz de cogerlo.

Pero todo pasó muy deprisa. En un momento el saco estaba volando por los aires y, en cuanto Stanley se quiso dar cuenta, el saco se estrelló en el fondo y todas las pipas se esparcieron por el suelo.

—¡Jo, tío! —dijo Imán.

—Lo siento —dijo Stanley mientras intentaba empujar las pipas dentro del saco.

—A mí no me las des así. No quiero comer tierra —dijo Rayos X.

Stanley no sabía qué hacer.

—¡Que viene la camioneta! —gritó Zigzag.

Stanley levantó la vista hacia la nube de polvo que se iba acercando y luego la bajó hacia las pipas. Estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Menuda novedad.

Cogió la pala e intentó cubrir las pipas con la tierra. Luego se dio cuenta de que lo que tenía que haber hecho era empujar uno de sus montones al hoyo. Pero la idea de echar tierra dentro de su hoyo era impensable.

—Hola, señor Sir —dijo Rayos X—. ¿Otra vez de vuelta?

—Parece como si acabara de irse —dijo Sobaco.

—El tiempo vuela cuando uno se lo está pasando bien —dijo Imán.

Stanley continuó removiendo la tierra en su hoyo.

—¿Las señoritas se lo están pasando bien? —preguntó el señor Sir. Iba caminando de uno a otro. Derribó de una patada uno de los montones de Imán y luego avanzó hacia Stanley.

Stanley vio dos pipas en el fondo de su hoyo. Al intentar ocultarlas, desenterró una esquina del saco.

—Hola, Cavernícola, mira qué casualidad —dijo el señor Sir de pie al borde de su hoyo—. Parece que has encontrado algo.

Stanley no sabía qué hacer.

—Sácalo —ordenó el señor Sir—. Vamos a llevárselo a Vigilante. A lo mejor te da el resto del día libre.

—No es nada —murmuró Stanley.

—Déjame decidir eso a mí —dijo el señor Sir.

El chico se agachó y levantó el saco de pipas vacío. Intentó dárselo al señor Sir, pero este no lo quiso coger.

—Anda, cuéntame, Cavernícola —dijo—. ¿Cómo ha llegado mi saco de pipas a tu agujero?

—Lo he robado de su camioneta.

—¿En serio?

—Sí, señor Sir.

—¿Y qué les ha pasado a las pipas?

—Me las he comido.

—Tú solito.

—Sí, señor Sir.

—¡Eh, Cavernícola! —gritó Sobaco—. ¿Por qué no nos has dado unas cuantas?

—Qué cara, tío —dijo Rayos X.

—Creía que eras un amigo —añadió Imán.

El señor Sir miró a los chicos de uno en uno, y otra vez a Stanley.

—A ver qué dice Vigilante de todo esto. Vamos.

Stanley salió de su hoyo y lo siguió hasta el camión. Todavía tenía el saco vacío en la mano.

Se estaba bien en el interior del vehículo, protegido de los rayos del sol. Stanley se sorprendió de poder sentirse a gusto en un momento como aquel, pero así era. Daba gusto sentarse en un asiento cómodo para variar. Y mientras la camioneta avanzaba dando tumbos, fue capaz de disfrutar del aire que soplaba por la ventanilla abierta y le daba en el rostro acalorado y sudoroso.

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