Hoyos

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ERA un placer caminar bajo la sombra de los dos robles. Stanley se preguntó si los condenados se sentirían así camino de la silla eléctrica, apreciando por última vez todas las cosas buenas de la vida.

Para llegar a la puerta de la cabaña tuvieron que sortear varios hoyos. A Stanley le extrañó ver tantos alrededor de la casa. Se figuraba que Vigilante no querría tener a los campistas cavando tan cerca. Pero algunos estaban pegados a las paredes de la cabaña. Los hoyos estaban muy cerca unos de otros y eran de diferentes formas y tamaños.

El señor Sir llamó a la puerta. Stanley todavía llevaba en la mano el saco vacío.

—¿Sí? —dijo Vigilante al abrir la puerta.

—Ha habido un problemilla en el lago —explicó el señor Sir—. El Cavernícola se lo explicará todo.

Vigilante se quedó mirando al señor Sir un momento y luego volvió la mirada hacia Stanley. Ahora lo único que él sentía era terror.

—Pasad, supongo —dijo Vigilante—. Se está escapando el fresco.

Dentro de la cabaña había aire acondicionado. La televisión estaba encendida. Cogió el mando a distancia y la apagó.

Se sentó en una silla de lona. Estaba descalza y en pantalones cortos. Tenía las piernas tan llenas de pecas como la cara y los brazos.

—A ver, ¿qué es eso que tienes que decirme? Stanley respiró hondo para calmarse.

—Mientras el señor Sir estaba llenando las cantimploras, me he acercado sigilosamente a la camioneta y le he robado su saco de pipas.

—Ya veo —dijo Vigilante. Se volvió hacia el señor Sir—. ¿Por eso lo has traído aquí?

—Sí, pero creo que está mintiendo. Creo que él no ha robado el saco. El Cavernícola está encubriendo a Rayos X o a algún otro. Era un saco de diez kilos, y dice que se las ha comido él solo.

Cogió el saco de la mano de Stanley y se lo alargó a Vigilante.

—Ya veo —repitió ella.

—El saco no estaba lleno —dijo Stanley—. Y se me han caído muchas. Lo puede comprobar en mi hoyo.

—Cavernícola, en aquella habitación hay un maletín pequeño con flores. ¿Me lo puedes traer, por favor? —dijo Vigilante señalando a una puerta.

Stanley miró a la puerta, luego a Vigilante y de nuevo a la puerta. Caminó despacio hacia allí. Daba a una especie de vestidor, con un lavabo y un espejo. Vio el maletín cerca del lavabo; era blanco con rosas rosadas.

Se lo llevó a Vigilante y ella lo colocó en la mesita de cristal. Abrió el broche y levantó la tapa.

Era un neceser de maquillaje. La madre de Stanley tenía uno similar. Vio varios frascos de esmalte de uñas, un quitaesmalte, un par de barras de labios y otros botes y polvos.

Vigilante cogió un pequeño frasco de esmalte rojo oscuro.

—¿Ves esto, Cavernícola?

Stanley asintió.

—Este es mi esmalte especial. ¿Aprecias el suntuoso color rojo? No se compra en las tiendas. Tengo que hacerlo yo misma.

Stanley no tenía ni idea de por qué se lo estaba enseñando a él. No comprendía por qué Vigilante tendría necesidad de usar esmalte de uñas o maquillaje.

—¿Quieres saber cuál es mi ingrediente secreto?

Stanley encogió un hombro. Vigilante abrió el frasco.

—Veneno de serpiente de cascabel —dijo mientras empezaba a aplicar el líquido en las uñas de su mano izquierda—. Es totalmente inofensivo… cuando está seco.

Terminó con la mano izquierda. La sacudió en el aire unos segundos, y comenzó a pintar los dedos de su mano derecha.

—Solo es tóxico cuando está húmedo.

Terminó de pintarse las uñas y se levantó. Alargó la mano y tocó la cara de Stanley con los dedos. Le pasó las uñas afiladas y húmedas muy despacio por la cara. La piel le cosquilleaba.

La uña del dedo meñique apenas le rozó la herida detrás de la oreja. Un agudo pinchazo de dolor le hizo retroceder de un salto.

Vigilante se volvió hacia el señor Sir, que estaba sentado en las piedras de la chimenea.

—¿Así que crees que te ha robado las pipas?

—No, él dice que las ha robado, pero yo creo que…

Ella dio un paso hacia él y le cruzó la cara de una bofetada.

El señor Sir se la quedó mirando fijamente, con tres largas líneas rojas recorriendo su mejilla izquierda. Stanley no sabía si era el rojo de la sangre o del esmalte de uñas.

El veneno tardó un momento en hacer efecto. De repente, el señor Sir dio un grito y se sujetó el rostro con las dos manos. Se dejó caer al suelo, rodando sobre las piedras y la alfombra.

—Me importan un comino las pipas de girasol —dijo Vigilante con suavidad.

El señor Sir gimió.

—De hecho, si te interesa saberlo —continuó—, me gustaba más cuando fumabas.

Por un momento, pareció que el dolor del señor Sir se estaba calmando. Respiró hondo tres o cuatro veces. Y de repente hizo un movimiento violento con la cabeza y soltó un grito agudo, mucho peor que el anterior.

Vigilante se volvió hacia Stanley y dijo:

—Te sugiero que vuelvas a tu hoyo ahora mismo.

Stanley se movió hacia la puerta, pero el señor Sir estaba en medio. Stanley vio que los músculos de su cara se encogían y temblaban. Su cuerpo se retorcía de dolor.

Pasó con cuidado por encima.

—¿Está…?

—¿Perdón? —dijo Vigilante.

Stanley estaba demasiado aterrado para hablar.

—No, no se va a morir —aseguró Vigilante—. Desgraciadamente para ti.

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