Hoyos

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LA vuelta a su hoyo era una buena caminata. Stanley miró a los otros chicos a través de la bruma de polvo y aire caliente, las palas subiendo y bajando. El Grupo D era el que estaba más lejos.

Entonces se dio cuenta de que otra vez tendría que quedarse cavando cuando todos los demás hubieran terminado. Esperaba poder acabar antes de que el señor Sir se recuperase. No quería encontrarse a solas con él en medio del lago.

No se va a morir, había dicho Vigilante. Desgraciadamente para ti.

Mientras caminaba por aquel baldío desolado, Stanley pensó en su bisabuelo, no el ladrón de cerdos, sino su hijo, el que fue asaltado por Kate «Besos» Barlow.

Intentó imaginarse cómo se habría sentido cuando «Besos» Barlow lo dejó abandonado en el desierto. Probablemente no sería muy distinto a cómo se sentía él en aquel momento. «Besos» Barlow había dejado a su abuelo solo frente al desierto ardiente y yermo. Vigilante lo había dejado solo a él frente al señor Sir.

De algún modo, su bisabuelo había sobrevivido diecisiete días antes de ser rescatado por una pareja de cazadores de serpientes de cascabel. Cuando lo encontraron, desvariaba.

Al preguntarle cómo había sobrevivido tanto tiempo, dijo que «había encontrado refugio en el pulgar de Dios».

Pasó casi un mes en el hospital. Terminó casándose con una de las enfermeras. Nadie supo jamás a qué se refería con el pulgar de Dios, ni siquiera él mismo.

Stanley oyó un crujido. Se detuvo tal y como estaba, con un pie todavía en el aire.

Debajo de su pie se enroscaba una serpiente de cascabel. Tenía la cola apuntando hacia arriba, agitándola como un sonajero.

Stanley retiró la pierna, se dio la vuelta y echó a correr.

La serpiente no lo persiguió. Había hecho sonar la cola para advertirle que no se acercara.

—Gracias por la advertencia —susurró Stanley con el corazón acelerado.

Las serpientes de cascabel serían mucho más peligrosas si no tuvieran el cascabel.

—¡Eh, Cavernícola! —gritó Sobaco—. Todavía estás vivo.

—¿Qué ha dicho Vigilante? —preguntó Rayos X.

—¿Qué le has contado? —preguntó Imán.

—Le he dicho que yo he robado las pipas —respondió Stanley.

—Bien hecho —dijo Imán.

—¿Y qué ha hecho? —preguntó Zigzag.

Stanley encogió un hombro.

—Nada. Se ha enfadado con el señor Sir por haberla molestado.

No tenía ganas de entrar en detalles. Si no hablaba de ello, a lo mejor es que no había pasado.

Fue hacia su hoyo y se lo encontró casi terminado. Se quedó mirándolo, atónito. No lo entendía.

O quizá sí. Sonrió. Como él había cargado con las culpas de lo de las pipas, a lo mejor los otros chicos habían cavado el hoyo por él.

—Oye, gracias —dijo.

—A mí no me mires —dijo Rayos X.

Confundido, Stanley miró alrededor, de Imán a Sobaco, a Zigzag, a Calamar. Ninguno se quiso apuntar el tanto.

Luego se volvió hacia Zero, que seguía cavando en silencio desde el regreso de Stanley. Su hoyo era el más pequeño de todos.

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