Hoyos

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Primera parte. Próxima parada: Campamento Lago Verde » 22

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STANLEY fue el primero en terminar. Escupió en el hoyo, se duchó y se cambió de ropa. Como hacía tres días desde la última colada, incluso la ropa limpia estaba sucia y apestosa. Al día siguiente pasaría a usarla para trabajar y lavarían la otra.

No tenía ni idea de por qué Zero habría cavado su hoyo. Zero ni siquiera había comido pipas.

—Será que le gusta cavar hoyos —dijo Sobaco.

—Es un topo —añadió Zigzag—. Le gusta comer tierra.

—Los topos no comen tierra —observó Rayos X—. Los que comen tierra son los gusanos.

—Oye, Zero —preguntó Calamar—, ¿eres un topo o un gusano?

Zero no contestó.

Stanley ni siquiera le había dado las gracias. Pero ahora se sentó en su camastro y esperó a que Zero volviera de las duchas.

—Gracias —dijo cuando Zero entró en la tienda. Zero lo miró y luego se dirigió hacia los cajones, donde depositó la ropa sucia y la toalla.

—¿Por qué me has ayudado? —preguntó Stanley. Zero se volvió hacia él.

—Tú no has robado las pipas —dijo.

—Ya, y tú tampoco —dijo Stanley.

Zero se lo quedó mirando. Sus ojos parecieron expandirse. Daba la sensación de que Zero lo estaba traspasando con la mirada.

—Tú no robaste las zapatillas —dijo.

Stanley no dijo nada.

Zero salió de la tienda y Stanley lo siguió con la mirada. Si había alguien con visión de Rayos X, ese era Zero.

—¡Espera! —lo llamó corriendo detrás de él. Zero se había quedado parado nada más salir y Stanley estuvo a punto de chocarse con él.

—Si quieres, intento enseñarte a leer —se ofreció Stanley—. No sé si sabré enseñar, pero como has cavado parte de mi hoyo, hoy no estoy tan cansado.

Una enorme sonrisa cubrió el rostro de Zero.

Regresaron a la tienda, donde era más probable que no les molestaran. Stanley sacó su estuche y un papel de su, cajón. Se sentaron en el suelo.

—¿Te sabes el alfabeto? —preguntó Stanley.

Por un segundo le pareció ver un relámpago de rebeldía en los ojos de Zero, pero enseguida desapareció.

—Creo que un poco —dijo Zero—. A, B, C, D.

—Sigue —dijo Stanley.

Zero levantó los ojos hacia el techo.

E…

—F —dijo Stanley.

—G —continuó Zero, resoplando—. H…, I…, K, P.

—H, I, J, K, L —dijo Stanley.

—Sí, eso —dijo Zero—. Ya lo había oído antes. Es que no me lo había aprendido bien de memoria.

—No pasa nada —dijo Stanley—. A ver, voy a decirlo entero una vez, solo para refrescarte un poco la memoria, y luego lo intentas tú.

Recitó el alfabeto y Zero lo repitió sin equivocarse una sola vez.

¡No estaba mal, teniendo en cuenta que nunca había visto Barrio Sésamo!

—Bueno, ya lo había oído antes en algún sitio —dijo Zero, intentando actuar como si no tuviera importancia. Pero su enorme sonrisa lo delataba.

El siguiente paso era más difícil. Stanley tenía que pensar un modo de enseñarle a reconocer cada letra. Le dio una hoja de papel y cogió otra para él.

—Vamos a empezar por la A.

Escribió una A mayúscula y Zero la copió en su hoja. Como no tenía rayas, era más difícil, pero no le salió mal, solo un poco grande. Stanley le dijo que tenía que escribir más pequeño o se les iba a acabar el papel enseguida. Zero la escribió más pequeña.

—Bueno, en realidad hay dos formas de escribir cada letra —dijo Stanley, dándose cuenta de que iba a ser más difícil de lo que pensaba—. Esa es una A mayúscula, pero normalmente verás la minúscula. Solo se usan las grandes para la primera letra de cada palabra, pero únicamente si están al comienzo de una frase, o si es un nombre propio, como el nombre de una persona.

Zero asintió como si hubiera entendido, pero Stanley sabía que no se había explicado bien. Escribió una A mayúscula y Stanley la copió.

—Así que hay cincuenta y cuatro —dijo Zero. Stanley no sabía de qué estaba hablando.

—En vez de veintisiete letras, en realidad son cincuenta y cuatro.

Stanley lo miró sorprendido.

—Sí, me imagino que sí. ¿Cómo lo has sabido?

Zero no dijo nada.

—¿Las has sumado?

Zero no dijo nada.

—¿Las has multiplicado?

—Solo es el número de letras que hay —dijo Zero.

Stanley encogió un hombro. Para empezar, no tenía ni idea de cómo sabía Zero que había veintisiete letras en el alfabeto. ¿Las había contado mientras las recitaba?

Hizo que Zero escribiera unas cuantas aes minúsculas y mayúsculas y luego le enseñó la B mayúscula. Se dio cuenta de que aquello iba a ser muy largo.

—Me puedes enseñar diez letras al día —sugirió Zero—. Cinco mayúsculas y cinco minúsculas. Dentro de cinco días me las sabré todas. Menos el último día, que tendremos que hacer catorce, siete mayúsculas y siete minúsculas.

Stanley se le quedó mirando otra vez, sorprendido de que hubiera calculado todo aquello. Zero debió de creer que lo miraba por otra cosa, porque añadió:

—Cavaré un poco de tu hoyo todos los días. Puedo cavar más o menos una hora y luego tú me das una hora de clase. Y como de todas formas soy más rápido que tú, acabaremos los hoyos casi al mismo tiempo. Así no tendré que esperarte.

—Vale —dijo Stanley.

Mientras Zero escribía sus bes, Stanley le preguntó cómo había calculado los días que harían falta.

—¿Multiplicando? ¿Dividiendo?

—Es lo que es, y ya está —dijo Zero.

—Todo un matemático… —se asombró Stanley.

—No soy idiota —dijo Zero—. Ya sé que todos piensan que sí lo soy. Es solo que no me gusta contestar sus preguntas.

Aquella noche, tumbado en su camastro, Stanley reconsideró el trato que había hecho con Zero. Descansar un poco todos los días sería un alivio, pero sabía que a Rayos X no le haría ninguna gracia. Se preguntó si podría haber convencido a Zero de alguna forma para que cavase también parte del hoyo de Rayos X. Pero pensándolo bien, ¿por qué razón? «Yo soy el que está dándole clases a Zero. Necesito un descanso para tener energía para las clases. Me ha tocado a mí cargar con lo de las pipas. Y es conmigo con quien el señor Sir está enfadado».

Cerró los ojos y las imágenes de la caseta de Vigilante flotaron en su cabeza: sus uñas rojas, el señor Sir retorciéndose en el suelo, el neceser de maquillaje de flores.

Abrió los ojos.

De repente se dio cuenta de dónde había visto antes el tubo dorado.

Lo había visto en el cuarto de baño de su madre, y lo había vuelto a ver en la caseta de Vigilante. Era la mitad de una barra de labios.

¿K B?

¿K B?

Dio un respingo en el camastro.

Formó con los labios el nombre Kate Barlow, mientras consideraba si habría pertenecido de verdad a la famosa forajida.

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