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HACE ciento diez años, Lago Verde era el lago más grande de Texas. Estaba lleno de agua fresca y cristalina y brillaba al sol como una esmeralda gigantesca. Era especialmente hermoso en primavera, cuando los melocotoneros plantados a lo largo de la orilla florecían con capullos de color rosado.
En la fiesta nacional del cuatro de julio se celebraba un pícnic en el pueblo. Organizaban juegos, bailaban, cantaban y se bañaban en el lago para refrescarse. Se daban premios al mejor pastel y la mejor mermelada de melocotón.
Todos los años la señorita Katherine Barlow recibía un premio especial por sus estupendos melocotones en conserva con especias. Nadie más se molestaba en preparar melocotones en conserva porque sabían que nunca serían tan deliciosos como los suyos.
Todos los veranos la señorita Katherine recogía montones de melocotones y los conservaba en tarros con canela, clavo, nuez moscada y otras especias que mantenía en secreto. Los melocotones duraban todo el invierno. Probablemente se habrían conservado mucho más tiempo, pero siempre se los comían antes de que llegara la primavera.
Se decía que Lago Verde era «el cielo en la tierra», y que las conservas de melocotón de la señorita Katherine eran «bocado de ángeles».
Katherine Barlow era la única maestra del pueblo. Daba clase en una vieja escuela de una sola habitación. Incluso en aquel entonces, la escuela era vieja. El tejado tenía goteras. Las ventanas no se abrían. La puerta colgaba ladeada de las bisagras retorcidas.
Era una profesora estupenda, llena de conocimiento y llena de vida. Los niños la adoraban.
Por las tardes daba clase a adultos, y muchos de ellos también la adoraban. Era muy guapa. A menudo sus clases se llenaban de jóvenes que mostraban más interés por la profesora que por su educación.
Pero lo único que consiguieron fue educación.
Uno de aquellos chicos era Trucha Walker. Su nombre de verdad era Charles Walker, pero todo el mundo lo llamaba Trucha porque los pies le olían a pescado.
La culpa no era solo suya. Tenía un hongo incurable en los pies. De hecho, era el mismo hongo que ciento diez años después afectaría al famoso jugador de béisbol Clyde Livingston. Pero al menos Clyde Livingston se duchaba todos los días.
—Me doy un baño todos los domingos por la mañana —fanfarroneaba Trucha—, tanto si lo necesito como si no.
La mayoría de los habitantes de Lago Verde suponían que la señorita Katherine se casaría con Trucha Walker. Era hijo del hombre más rico del condado. Su familia era propietaria de casi todos los melocotoneros y de toda la tierra en la orilla este del lago.
Trucha se presentaba a menudo en la escuela, pero nunca prestaba atención. Hablaba durante la clase y era un maleducado con los demás alumnos. Era ruidoso y estúpido.
Muchos hombres no habían recibido una buena educación, pero a la señorita Katherine no le importaba. Sabía que habían pasado casi toda su vida trabajando en las granjas y los ranchos y no habían podido ir mucho tiempo al colegio. Para eso estaba ella allí, para enseñarles.
Pero Trucha no quería aprender. Parecía sentirse orgulloso de su estupidez.
—¿Qué le parecería dar una vuelta en mi nuevo barco este sábado? —le preguntó una tarde después de clase.
—No, gracias —dijo la señorita Katherine.
—Tenemos un barco nuevecito —dijo él—. Ni siquiera hay que remar.
—Ya lo sé respondió la señorita Katherine.
Todo el mundo había visto, y oído, el nuevo barco de los Walker. Hacía un ruido espantoso y echaba un humo horrible sobre el hermoso lago.
Trucha siempre conseguía todo lo que quería. Le parecía mentira que la señorita Katherine lo hubiera rechazado. La señaló con el dedo y dijo:
—¡A Charles Walker nadie le dice que no!
—Me parece que es lo que acabo de hacer —respondió la señorita Barlow.