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Primera parte. Próxima parada: Campamento Lago Verde » 24

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STANLEY se puso a la cola del desayuno. Todavía estaba medio dormido, pero se despertó de golpe al ver al señor Sir. Tenía la mitad izquierda del rostro hinchada como un melón, y donde Vigilante lo había arañado, tres líneas color púrpura le cruzaban la mejilla.

Los otros chicos de la tienda de Stanley también lo habían visto, pero fueron listos y no dijeron nada. Stanley puso un tetrabrik de zumo y una cuchara de plástico en su bandeja. Bajó la mirada y contuvo la respiración mientras el señor Sir le servía los cereales en el tazón.

Llevó su bandeja a la mesa. Detrás de él, un chico de otra tienda dijo:

—¡Hala! ¿Qué le ha pasado en la cara?

Se oyó un golpe.

Stanley se volvió y vio al señor Sir sujetando la cara del chico contra la cacerola de los cereales.

—¿Le pasa algo a mi cara?

El chico intentó hablar, pero no pudo. El señor Sir lo sujetaba por la garganta.

—¿Alguien nota algo raro en mi cara? —preguntó el señor Sir mientras seguía ahogando al chico.

Nadie dijo nada.

El señor Sir lo soltó. Al caer al suelo, su cabeza rebotó contra la mesa. El señor Sir se puso de pie a su lado y preguntó:

—¿Cómo ves mi cara ahora?

De la boca del chico salió un sonido gutural, y por fin consiguió emitir la palabra:

—Bien.

—Es bastante atractiva, ¿no te parece?

—Sí, señor Sir.

En el lago, los otros chicos le preguntaron a Stanley qué sabía sobre la cara del señor Sir, pero él se encogió de hombros y siguió cavando. Si no hablaba de ello, a lo mejor se desvanecía.

Trabajó tan duro y tan rápido como pudo, sin intentar dosificar las fuerzas. Lo único que quería era salir del lago y alejarse del señor Sir lo antes posible. Además, sabía que tendría un descanso.

—Cuando te venga bien, me lo dices —le había dicho Zero.

La primera vez que llegó la camioneta del agua, la conducía el señor Peraski. La segunda vez, era el señor Sir.

Nadie dijo nada, excepto «Gracias, señor Sir», según les iba llenado las cantimploras. Nadie se atrevía siquiera a mirar su grotesco rostro.

Mientras esperaba, Stanley se pasaba la lengua por el cielo de la boca y el interior de las mejillas. Tenía la boca tan seca y cuarteada como el lago. Los rayos del sol se reflejaban en el espejo retrovisor de la camioneta, y Stanley tuvo que protegerse los ojos con la mano.

—Gracias, señor Sir —dijo Imán cuando recogió la cantimplora de sus manos.

—¿Tienes sed, Cavernícola? —preguntó el señor Sir.

—Sí, señor Sir —dijo Stanley, pasándole la cantimplora.

El señor Sir abrió el grifo y el agua salió del tanque, pero no cayó en el interior de la cantimplora de Stanley. Había colocado la cantimplora justo al lado del chorro de agua.

Stanley vio cómo el agua salpicaba la tierra, y el suelo sediento la absorbía rápidamente. El señor Sir la dejó correr unos treinta segundos, y luego cerró el grifo.

—¿Quieres más? —preguntó.

Stanley no dijo nada.

El señor Sir volvió a abrir el grifo y Stanley vio caer el agua de nuevo en la tierra.

—Toma, ya tienes bastante —y le dio a Stanley su cantimplora vacía.

Stanley se quedó mirando la mancha oscura en el suelo, que se encogía velozmente ante sus ojos.

—Gracias, señor Sir —dijo.

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