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EN el pueblo de Lago Verde había un doctor, hace ciento diez años. Se llamaba doctor Hawthorn. Cuando la gente se ponía enferma, acudía a él. Pero también acudían a Sam, el hombre de las cebollas.
—¡Cebollas! ¡Cebollas dulces y frescas! —anunciaba Sam mientras recorría con su burra Mary Lou las calles de arena de Lago Verde. Mary Lou arrastraba un carro lleno de cebollas.
El campo de cebollas de Sam estaba en algún lugar al otro lado del lago. Una o dos veces a la semana atravesaba el lago remando y recogía una nueva remesa para llenar la carreta. Sam tenía brazos grandes y fuertes, pero aun así necesitaba casi todo un día para remar hasta allí y otro para volver. Casi siempre dejaba a Mary Lou en un cobertizo que le prestaban los Walker, pero a veces se llevaba a Mary Lou en la barca con él.
Sam decía que Mary Lou tenía casi cincuenta años, lo cual era, y sigue siendo todavía hoy, una edad extraordinaria para un burro.
—Lo único que come son cebollas crudas —decía Sam, mostrando una cebolla blanca entre sus dedos oscuros—. Es la hortaliza mágica de la naturaleza. Si una persona se alimentara solo de cebollas crudas, llegaría a los doscientos años.
Sam no tendría más de veinte, así que nadie estaba muy convencido de que Mary Lou fuera tan vieja como él decía. ¿Cómo lo iba a saber él?
De todas formas, nadie discutía con Sam. Y cada vez que se ponían enfermos, además de acudir al doctor Hawthorn, también acudían a él.
Sam siempre les daba el mismo consejo:
—Coma muchas cebollas.
Decía que las cebollas eran buenas para la digestión, el hígado, el estómago, los pulmones, el corazón y el cerebro.
—Si no me cree, mire a la vieja Mary Lou. No ha estado enferma ni un solo día en toda su vida.
También tenía muchos ungüentos, lociones, jarabes y cremas, todos hechos con zumo de cebollas y las distintas partes de la planta. Este curaba el asma. Ese era bueno para las verrugas y los granos. Y aquel era un excelente remedio para la artritis.
Incluso tenía un ungüento especial que, según él, curaba la calvicie.
—Frótelo sobre la calva de su marido mientras duerme, señora Collingwood, y ya verá cómo pronto tendrá una cabellera tan espesa y larga como la cola de Mary Lou.
Al doctor Hawthorn no le molestaba Sam. La gente de Lago Verde prefería no correr riesgos y usaban la medicina corriente del doctor Hawthorn y las pócimas de cebolla de Sam. Cuando se curaban de sus males, nadie sabía a ciencia cierta, ni siquiera el doctor Hawthorn, cuál de los dos tratamientos había funcionado.
El doctor Hawthorn era casi completamente calvo y, por las mañanas, la cabeza solía olerle a cebollas.
Siempre que Katherine Barlow compraba cebollas, pedía una o dos de más y dejaba que Mary Lou las comiera de su mano.
—¿Ocurre algo? —le preguntó Sam un día mientras ella alimentaba a Mary Lou—. Parece usted preocupada.
—No, es el tiempo —dijo la señorita Katherine—. Se acercan nubes de lluvia.
—A Mary Lou y a mí nos gusta mucho la lluvia —dijo Sam.
—A mí también me gusta —dijo la señorita Katherine, acariciando la tiesa mata de pelo de la cabeza de la burra—. Pero es que el tejado de la escuela tiene goteras.
—Eso lo arreglo yo —dijo Sam.
—¿Y qué va a hacer? —bromeó Katherine—. ¿Rellenar los agujeros con pasta de cebollas?
Sam se echó a reír.
—Soy un manitas —le dijo—. Mi barca la he construido yo mismo. Y si hiciese agua, me vería en graves apuros.
Katherine no puedo dejar de fijarse en sus manos fuertes y firmes.
Hicieron un trato. Él se comprometió a arreglar el tejado de la escuela a cambio de seis tarros de melocotones en conserva.
Sam tardó una semana en reparar el tejado, porque solo podía trabajar por las tardes, cuando se marchaban los niños y antes de que comenzaran las clases nocturnas. A él no le permitían asistir a clases porque era negro, pero le dejaban reparar el edificio.
La señorita Katherine solía quedarse en la escuela corrigiendo deberes y cosas así, mientras Sam trabajaba en el tejado. Ella disfrutaba de la poca conversación que podían mantener, dando voces entre la clase y el tejado. Le sorprendió su interés por la poesía. A veces, cuando él se tomaba un descanso, ella le leía un poema. En más de una ocasión, ella empezaba a leer un poema de Poe o Longfellow y él lo terminaba, de memoria.
Se sintió muy triste cuando el tejado estuvo reparado.
—¿Ocurre algo? —preguntó Sam.
—No, ha hecho usted un trabajo estupendo —dijo ella—. Es solo que… las ventanas no abren. A los niños y a mí nos encantaría disfrutar de la brisa de vez en cuando.
—Eso lo arreglo yo —dijo Sam.
Ella le dio dos tarros más de melocotones y Sam reparó las ventanas.
Ahora que trabajaba en las ventanas era más fácil conversar. Él le habló de su campo de cebollas secreto al otro lado del lago, «donde las cebollas crecen todo el año y el agua corre ladera arriba».
Cuando acabó con las ventanas, ella se quejó de que su pupitre estaba cojo.
—Eso lo arreglo yo —dijo Sam.
La próxima vez que lo vio, ella mencionó que «la puerta no estaba derecha», y así consiguió pasar otra tarde con él mientras reparaba la puerta.
Al final de aquel semestre, Sam el de las cebollas había transformado la destartalada escuela en una joya de edificio, bien construido y recién pintado, del que todo el pueblo se sentía orgulloso. La gente que pasaba por allí se detenía a admirarlo. «Esta es nuestra escuela y al verla se entiende cuánto valoramos la educación aquí en Lago Verde».
La única persona que no estaba contenta era la señorita Katherine. Se había quedado sin cosas para arreglar.
Una tarde, estaba sentada en su mesa, escuchando el repiqueteo de la lluvia sobre el tejado. En la clase no caía agua ninguna, excepto las gotas que brotaban de sus ojos.
—¡Cebollas! ¡Cebollas dulces y cálidas! —anunció Sam en la calle.
Ella corrió hacia él. Quería rodearlo con sus brazos, pero no se atrevió. En vez de eso, se abrazó al cuello de Mary Lou.
—¿Ocurre algo? —le preguntó él.
—Ay, Sam —dijo ella—. Se me está rompiendo el corazón.
—Eso lo arreglo yo —dijo Sam.
Ella se volvió hacia él.
Él la tomó de las dos manos y la besó.
Gracias a la lluvia, no había nadie más en la calle. Pero aunque lo hubiese habido, Katherine y Sam no se habrían dado cuenta. Se hallaban perdidos en su propio mundo.
Pero en aquel momento Hattie Parker salió de la tienda. No la vieron, pero ella sí los vio. Los señaló con un dedo tembloroso y susurró:
—¡Dios os castigará!