Hoyos

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Segunda parte. El último hoyo » 29

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EL tiempo cambió.

Para peor.

El aire adquirió una humedad insoportable. Stanley estaba empapado en sudor. Las gotas se deslizaban por el mango de la pala. Parecía que la temperatura había subido tanto que hasta el mismo aire estaba sudando.

Se oyó retumbar un trueno en el silencio del lago.

La tormenta estaba muy al oeste, más allá de las montañas. Stanley contó más de treinta segundos entre el relámpago y el estallido del trueno. Así de lejos estaba la tormenta. El sonido recorre distancias enormes en un desierto marchito.

Normalmente, Stanley no veía las montañas a aquella hora del día. Solo eran visibles al amanecer, antes de que la bruma invadiera el aire. Ahora, sin embargo, el cielo estaba muy oscuro hacia el oeste y cada vez que brillaba un relámpago, la silueta oscura de las montañas se recortaba brevemente.

—¡Venga, lluvia! —gritó Sobaco—. ¡Ven para acá!

—A lo mejor llueve tanto que se llena todo el lago —dijo Calamar—. Y podemos ir a nadar.

—Cuarenta días y cuarenta noches —dijo Rayos X—. Será mejor que nos pongamos a construir el arca. Y hay que coger dos ejemplares de cada animal, ¿a que sí?

—Sí —dijo Zigzag—. Dos serpientes de cascabel. Dos escorpiones. Dos lagartos de pintas amarillas.

La humedad, o quizá la electricidad del aire, había puesto todavía más extraños los pelos de Zigzag. Sus rizos rubios estaban tiesos como las púas de un erizo.

El horizonte se iluminó con una enorme red de relámpagos. En aquel instante, a Stanley le pareció distinguir una extraña formación rocosa en la cima de una de las montañas. El pico tenía exactamente la forma de un puño gigante, con el pulgar extendido hacia arriba.

Y enseguida desapareció.

Stanley no estaba seguro de haberlo visto siquiera.

Encontré refugio en el pulgar de Dios, se suponía que aquellas fueron las palabras de su bisabuelo después de que Kate Barlow le robara y lo dejara abandonado en el desierto.

Nadie había sabido jamás a qué se refería. Cuando lo dijo estaba delirando.

—Pero ¿cómo pudo sobrevivir tres semanas sin comida ni agua? —le había preguntado Stanley a su padre.

—No lo sé. Yo no estaba allí —contestó él—. Yo no había nacido todavía. Mi padre no había nacido todavía. Mi abuela, tu bisabuela, era enfermera en el hospital donde lo curaron. Él siempre contaba cómo le refrescaba la frente con un paño húmedo. Y dice que por eso se enamoró de ella. Creyó que era un ángel.

—¿Un ángel de verdad?

Su padre no lo sabía.

—¿Y qué pasó cuando se recuperó? ¿Explicó qué había querido decir con el pulgar de Dios, o cómo logró sobrevivir?

—No. Solo le echó la culpa a su padre-desastre-inútil-ladrón-de-cerdos.

La tormenta se alejó hacia el oeste, llevándose cualquier esperanza de lluvia. Pero la imagen del puño y el pulgar permanecieron en la cabeza de Stanley. Aunque, en su imaginación, los relámpagos no brillaban por detrás, sino que brotaban de la misma punta del pulgar, como si fuera el pulgar de Dios.

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